La cena de la señora Miyuki en el corazón de Madrid

—¿Por qué nadie se sienta con ella? —me pregunté mientras recogía las copas vacías de la mesa 7, intentando no tropezar con los tacones de las señoras ni con los trajes ajustados de los caballeros. La señora Miyuki, como la llamábamos entre el personal, estaba allí otra vez, sola, en la mesa más apartada del restaurante más caro de Madrid. Nadie sabía mucho de ella, salvo que era japonesa, millonaria y que siempre pedía lo mismo: sopa miso, sashimi y una copa de vino tinto español.

—Mira, Lucía, esa mujer da mal rollo —me susurró Carmen, la jefa de sala—. Lleva viniendo semanas y nunca habla con nadie. ¿No te da pena?

Yo asentí, pero no dije nada. En realidad, sentía una mezcla rara de curiosidad y respeto. En mi casa siempre me enseñaron que los mayores merecen atención, aunque sean extraños. Y allí estaba ella, rodeada de parejas celebrando aniversarios, familias discutiendo por política y empresarios cerrando tratos a golpe de risas falsas. Nadie parecía notar su presencia. Nadie salvo yo.

Esa noche, mientras el pianista tocaba una versión lenta de «Bésame mucho», vi cómo la señora Miyuki dejaba caer los palillos y se quedaba mirando su reflejo en la copa. Sus ojos brillaban, pero no por la luz del candelabro. Era otra cosa. Algo más profundo.

Me acerqué despacio, con el corazón latiendo a mil por hora. No sé qué me impulsó a hacerlo, pero sentí que debía romper ese silencio.

—¿Le traigo algo más? —pregunté en español, como siempre.

Ella negó con la cabeza y sonrió levemente. Pero entonces, recordé las clases de japonés que había tomado en la universidad por pura curiosidad. Me armé de valor y susurré:

—Sumimasen… ¿Daijōbu desu ka? (Disculpe… ¿Está bien?)

La señora Miyuki levantó la vista, sorprendida. Por un momento pensé que me había pasado de lista, pero sus ojos se llenaron de lágrimas y asintió despacio.

—Arigatou… Nadie me ha hablado en mi idioma desde que llegué a España —dijo con voz temblorosa.

Me senté a su lado sin pedir permiso. Sentí que lo necesitaba. Ella empezó a contarme su historia: había llegado a Madrid para estar cerca de su nieta, que estudiaba danza en el Conservatorio. Pero su familia estaba demasiado ocupada para verla. «Aquí todo es rápido, todo es ruido», me confesó. «En Japón, la familia es el centro; aquí siento que soy invisible».

Me dolió escucharla. Pensé en mi abuela, en las sobremesas eternas los domingos en casa, en los chistes malos de mi padre y en cómo aquí también hay soledad aunque estemos rodeados de gente.

—¿Sabe? —le dije— En España decimos que donde caben dos, caben tres. Si quiere, mañana le invito a cenar en mi casa. Mi madre hace una tortilla de patatas que cura cualquier pena.

La señora Miyuki sonrió por primera vez esa noche. Me apretó la mano con fuerza y murmuró algo en japonés que no entendí del todo, pero sentí que era un gracias desde el alma.

Esa noche, al cerrar el restaurante, Carmen me preguntó qué había pasado.

—Nada —le respondí—. Solo escuché a alguien que necesitaba ser escuchado.

Al día siguiente, la señora Miyuki vino a cenar a mi casa. Mi madre le enseñó a hacer croquetas y ella nos preparó onigiris. Nos reímos hasta llorar y mi padre brindó por las familias elegidas.

A veces pienso en cuántas personas solas pasan desapercibidas entre nosotros. ¿Cuántas historias nos perdemos por no atrevernos a preguntar? ¿Y si todos nos animáramos a romper el hielo alguna vez?