La noche en que aprendí a escuchar

—¡Mamá, otra vez llegas tarde! —La voz de Lucía, mi hija mayor, retumbó en el pasillo nada más abrir la puerta del piso. El frío de la calle madrileña se coló tras de mí, pero fue su reproche lo que me heló por dentro.

—Lo siento, cariño, el jefe se empeñó en que terminara el informe antes de irme… —Intenté quitarme el abrigo mientras sujetaba la bolsa del supermercado con una mano y el bolso con la otra. Mi madre, sentada en el sofá con la tele encendida en La 1, me miró de reojo. Sus ojos cansados decían más que cualquier palabra.

—¿Y la cena? —preguntó mi hijo pequeño, Pablo, desde la mesa del comedor, donde los deberes seguían sin terminar. Mi madre suspiró y se levantó despacio, con ese andar lento que le ha dejado la artrosis.

—Ya está todo listo, pero estos niños no paran —dijo ella, forzando una sonrisa. Yo sentí cómo la culpa me apretaba el pecho. Otra vez llegaba tarde. Otra vez mi madre, con sus años y sus achaques, había tenido que hacerse cargo de todo.

Me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla. Olía a colonia Nenuco y a sopa recién hecha. —Gracias, mamá. No sé qué haría sin ti.

Ella me miró con ternura y cansancio. —Hija, tienes que parar un poco. No puedes con todo.

Me mordí el labio. ¿Cómo explicarle que no hay opción? El alquiler del piso en Carabanchel sube cada año, los gastos no paran de crecer y mi ex apenas pasa la pensión. En Madrid la vida es cara y los sueldos no dan para tanto.

Durante la cena, Lucía apenas probó bocado. Pablo jugaba con el tenedor y mi madre miraba su plato en silencio. El ambiente estaba cargado de palabras no dichas.

—¿Por qué siempre tienes que trabajar tanto? —soltó Lucía de repente—. Nunca vienes a los partidos del cole ni a las reuniones de padres. Todas las madres van menos tú.

Sentí un nudo en la garganta. —Cariño, lo hago por vosotros. Para que no os falte de nada.

—Pero nos faltas tú —susurró ella, bajando la mirada.

La frase me golpeó como una bofetada. Miré a mi madre buscando apoyo, pero ella solo asintió en silencio. Pablo dejó el tenedor y se acercó a abrazarme.

—Mamá, ¿puedes leerme el cuento hoy? —preguntó con voz bajita.

Miré el reloj: las diez menos cuarto. Aún tenía que preparar la ropa del día siguiente y revisar unos papeles del trabajo. Pero algo dentro de mí se rompió.

—Claro que sí, campeón —le respondí, intentando sonreír.

Esa noche, mientras leía el cuento de dragones y princesas a Pablo y Lucía escuchaba desde su cama fingiendo que no le interesaba, sentí cómo el peso del día se deshacía poco a poco. Cuando terminé, Lucía se acercó y me abrazó fuerte.

—Te echo de menos, mamá —susurró entre lágrimas.

La abracé tan fuerte como pude. —Yo también os echo de menos. Prometo intentar estar más presente.

Mi madre apareció en la puerta y nos miró con los ojos brillantes. —A veces nos olvidamos de lo importante que es simplemente estar juntos —dijo con voz suave.

Esa noche no dormí bien. Di vueltas pensando en todo lo que había dejado pasar por las prisas y las obligaciones. ¿De qué sirve correr tanto si al final lo que más quieren mis hijos es mi tiempo? ¿Cuántas veces más dejaré que el trabajo me robe momentos que no volverán?

Quizá no pueda cambiarlo todo de golpe, pero puedo empezar por escuchar más y preocuparme menos por lo que no llego a hacer. Porque al final del día, lo único que queda es el amor que damos y recibimos.

¿Y tú? ¿Cuántas veces has sentido que te pierdes lo esencial por las prisas del día a día?