El mejor esposo es el que no está: Diario de una soledad

—¿Por qué no contestas, Camila? ¿Otra vez te quedaste dormida frente al televisor?— La voz de mi madre retumbó en el teléfono, áspera, como si pudiera atravesar la distancia entre su casa en Puebla y la mía en Ciudad de México. No contesté. Solo apreté el celular contra el pecho y miré el techo, esperando que el silencio me tragara.

Hace seis años que no creo en milagros. Seis años desde que Ernesto, mi esposo, cerró la puerta con ese portazo que todavía resuena en mis huesos. Seis años de inviernos fríos, primaveras sin flores, veranos pegajosos y otoños llenos de hojas secas y recuerdos. Mi hija, Mariana, se casó hace un año y se fue a Monterrey con su esposo, un ingeniero serio que apenas me saluda por teléfono. Mariana llama poco; sus conversaciones se reducen a un «Mamá, todo bien» antes de colgar. Nadie pregunta si yo estoy bien.

A veces me pregunto si la soledad tiene olor. En mi departamento huele a café recalentado y a ropa limpia que nunca se estrena. Me levanto temprano para ir a la escuela secundaria donde enseño literatura, pero los alumnos ya no me escuchan como antes. Sus ojos están pegados a los celulares, sus mentes en otro mundo. Yo les hablo de Sor Juana y de Benedetti, pero ellos solo quieren saber cuándo será el próximo puente.

Una tarde, mientras corregía exámenes en la sala, escuché un golpe en la puerta. Era mi vecina, Doña Rosa, con su eterno delantal floreado y su voz de trueno:

—Camila, ¿no quieres venir a tomar un café? Hace mucho que no te veo sonreír.

No supe qué responderle. ¿Cómo decirle que la sonrisa se me perdió entre las sábanas vacías y las tazas sin lavar? Pero acepté. En su cocina olía a pan dulce y a vida compartida. Hablamos de todo y de nada: del precio del gas, del nieto travieso de Rosa, de las novelas turcas que ella ve cada noche. Por un momento sentí que el mundo era menos hostil.

Pero al regresar a mi departamento, el silencio volvió a abrazarme como una vieja amiga. Me senté frente al espejo y me miré largo rato. Las arrugas alrededor de mis ojos cuentan historias que nadie escucha. Me pregunté si alguna vez volvería a sentirme amada.

Esa noche soñé con Ernesto. En el sueño, él regresaba con una maleta llena de promesas rotas. Me decía: «Perdóname, Camila». Pero yo no podía hablar; la voz se me atoraba en la garganta como un grito ahogado. Desperté sudando, con el corazón desbocado.

En la escuela, la directora me llamó a su oficina:

—Camila, he notado que últimamente estás distraída. ¿Todo está bien en casa?

Mentí. Dije que sí, que solo era el cansancio. Pero ella me miró con esos ojos de madre preocupada y supo que algo no estaba bien.

Un día recibí una llamada inesperada. Era Mariana.

—Mamá… —su voz temblaba— ¿puedes venir a Monterrey? Creo que necesito hablar contigo.

El corazón me dio un vuelco. Compré el boleto de autobús esa misma tarde y pasé la noche entera imaginando mil escenarios: ¿Estaría embarazada? ¿Tendría problemas con su esposo? ¿Me necesitaría realmente?

El viaje fue largo y polvoriento. Al llegar, Mariana me abrazó fuerte, como cuando era niña y tenía miedo a las tormentas.

—Mamá… —dijo entre lágrimas— No soy feliz aquí. Me siento sola. Siento que nadie me escucha.

La miré sorprendida. Era mi propia historia repetida en los labios de mi hija.

—Mariana —le dije—, la soledad es como una sombra: siempre está ahí, pero podemos aprender a bailar con ella.

Pasamos la noche hablando. Le conté cosas que nunca le había dicho: cómo lloraba en silencio después del divorcio, cómo me dolía su ausencia más que la de Ernesto, cómo aprendí a sobrevivir entre silencios y rutinas.

—¿Y cómo lo lograste, mamá?

No supe qué responderle. Tal vez nunca lo logré del todo.

Regresé a Ciudad de México con una sensación extraña: una mezcla de alivio y tristeza. Mariana prometió llamarme más seguido; yo prometí visitarla pronto.

Los días siguieron iguales: trabajo, café frío, libros apilados en la mesa del comedor. Pero algo había cambiado dentro de mí. Empecé a salir más seguido con Doña Rosa; incluso acepté ir a clases de baile en el centro comunitario. Al principio me sentía ridícula moviendo los pies torpemente junto a señoras mucho mayores que yo, pero después empecé a reírme de mis propios errores.

Una tarde lluviosa recibí una carta de Ernesto. Decía que estaba arrepentido, que extrañaba nuestra vida juntos, que quería verme para hablar. Mi corazón latió fuerte; por un instante pensé en decirle que sí, que volviera. Pero luego recordé todas las noches en vela, todas las palabras no dichas, todos los silencios compartidos.

Le respondí con una carta breve:

«Ernesto,
Gracias por tu carta. Yo también he pensado mucho en lo nuestro. Pero he aprendido a vivir sola y a encontrarme en mi propia compañía. Te deseo lo mejor.
Camila»

Lloré al enviar esa carta, pero sentí una paz nueva dentro de mí.

Hoy escribo este diario sentada junto a la ventana mientras cae la lluvia sobre la ciudad inmensa y ruidosa. A veces la soledad duele como una herida abierta; otras veces es un refugio donde puedo escucharme a mí misma sin miedo.

Me pregunto si alguna vez dejará de doler la ausencia o si aprenderemos a convivir con ella como se convive con una cicatriz: sabiendo que está ahí pero sin dejar que nos defina por completo.

¿Y ustedes? ¿Han sentido alguna vez ese vacío? ¿Cómo han aprendido a vivir con él?