La venganza de Carolina: Sobrevivir para renacer

—¡No me toques, cabrón! —escupí con rabia, aunque apenas podía moverme. El sabor metálico de la sangre me llenaba la boca y el frío del suelo de aquel viejo almacén me calaba hasta los huesos. Oía las risas de El Tuerto y Salazar, esos desgraciados que creían que podían destrozar mi vida y salir impunes. Rafael, mi marido, yacía a unos metros, inmóvil, con la cara ensangrentada.

—¿Has visto, Rafael? —se burló El Tuerto, agachándose a mi lado—. Ahora sí que no te queda nada.

El coyote Salazar le puso la bota en el cuello a Rafael, impidiéndole moverse. Yo solo podía mirar a mi marido, con los ojos llenos de lágrimas y rabia. Sentí cómo la vida se me escapaba, pero juré en ese instante que si salía viva de allí, no dejaría que estos monstruos siguieran respirando el mismo aire que yo.

No recuerdo cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, estaba sola. El silencio era tan denso que dolía. Me dolía todo el cuerpo, pero el alma me dolía más. Me arrastré como pude hasta la puerta del almacén, rezando por no encontrarme con nadie más. Afuera, la noche madrileña era fría y oscura. Nadie en el barrio de Vallecas parecía haber oído nada. Nadie quería meterse en líos.

Me refugié en casa de mi hermana Lucía. Cuando me vio llegar, destrozada y cubierta de sangre, se le cayó el alma a los pies.

—¡Dios mío, Carolina! ¿Qué te han hecho? —me abrazó fuerte, llorando conmigo.

Durante semanas no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía las caras de esos hombres. Mi madre venía cada día a cuidarme, pero yo apenas hablaba. En España, la familia es sagrada, pero también lo es el silencio ante el horror. Nadie quería hablar de lo que había pasado. «Mejor olvidar», decían algunos vecinos.

Pero yo no podía olvidar. Ni perdonar.

Empecé a investigar por mi cuenta. Sabía que la policía no haría nada; El Tuerto tenía contactos en todas partes y Salazar era hijo de un concejal del ayuntamiento. En este país, si tienes padrinos, no hay justicia para los demás.

Me corté el pelo, cambié mi forma de vestir y aprendí a moverme sin llamar la atención. Lucía me ayudó a conseguir información: dónde vivían, a qué bares iban, quiénes eran sus amigos. Cada paso que daba era un paso más cerca de recuperar mi dignidad.

El primero fue Salazar. Lo encontré una noche en un bar del centro, rodeado de amigos y presumiendo de coche nuevo. Esperé fuera hasta que salió solo para fumar. Me acerqué por detrás y le susurré al oído:

—¿Te acuerdas de mí?

Se giró, pálido como un muerto. Antes de que pudiera reaccionar, le clavé la navaja en la pierna. Cayó al suelo gritando como un cerdo. Nadie vino a ayudarle; en Madrid nadie quiere problemas ajenos.

El Tuerto fue más difícil. Se escondía en una casa de campo cerca de Toledo. Fui hasta allí una noche de tormenta. Entré por la ventana del baño y lo encontré dormido en el sofá. Le até las manos y le obligué a mirarme a los ojos.

—Esto es por todo lo que me quitaste —le dije antes de dejarle una marca que nunca olvidaría.

No los maté. No quería convertirme en lo mismo que ellos. Pero me aseguré de que nunca pudieran volver a hacer daño a nadie más.

Cuando todo terminó, volví a casa con Lucía y mi madre. No era la misma persona; algo dentro de mí se había roto para siempre. Pero también había algo nuevo: una fuerza que no sabía que tenía.

A veces me pregunto si hice lo correcto. ¿Puede una persona encontrar paz después de tanta oscuridad? ¿Y vosotros qué haríais si os arrebataran todo? Espero vuestras respuestas.