Dormida en el suelo con los hijos del jefe: una noche que lo cambió todo
—¡Clara! ¿Dónde demonios estás? —La voz de Carmen, mi jefa, retumbó por el pasillo como un trueno en plena tormenta de agosto.
Me encogí aún más en el rincón del salón, abrazando a Lucía y Mateo, los pequeños de la casa. Sus cuerpos tibios y confiados se apretaban contra mí, ajenos al caos que se avecinaba. Había pasado toda la tarde corriendo de un lado a otro: plancha, lavadora, deberes, baño, cena… y ahora, cuando por fin los niños se habían dormido, yo no tenía fuerzas ni para levantarme del suelo. El reloj marcaba la una y media de la madrugada.
—¡Clara! —repitió Carmen, ahora más cerca—. ¿Pero qué haces ahí tirada? ¡Y con los niños!
Me incorporé como pude, sintiendo el dolor punzante en la espalda y las piernas entumecidas. Lucía gimió y se aferró a mi camiseta.
—Perdón, señora… Solo quería que se durmieran tranquilos. No quería molestar…
Carmen me miró con una mezcla de sorpresa y fastidio. Detrás de ella apareció Javier, su marido, con cara de pocos amigos. Por un momento pensé que me iban a echar esa misma noche.
—¿Y tú crees que este es tu sitio? —espetó Javier—. ¿En el suelo como un perro?
Sentí cómo se me encogía el alma. No era la primera vez que me sentía invisible en esa casa. Desde que llegué de Ecuador hacía dos años, mi vida se había reducido a limpiar, cuidar y callar. Mi madre siempre decía: “Hija, aguanta. Aquí nadie regala nada”. Pero a veces el cansancio podía más que la esperanza.
—No quería molestar —repetí bajito.
Carmen suspiró y se agachó para recoger a Lucía.
—Mira, Clara… No sé qué te pasa últimamente, pero no podemos permitirnos estos despistes. Mañana hablamos.
Se marcharon con los niños y me quedé sola en el salón, temblando de rabia y vergüenza. ¿De verdad era tan grave? ¿Tan humillante dormir junto a los niños para que no lloraran? En mi casa, allá en Quito, dormir todos juntos era lo más normal del mundo. Aquí todo era distinto: las paredes eran más gruesas, pero los corazones… a veces parecían de piedra.
Me arrastré hasta mi cuarto diminuto —más bien un trastero reconvertido— y me tumbé sin quitarme la ropa. Las lágrimas me quemaban los ojos. Pensé en mis propios hijos, allá lejos con mi madre, y sentí una punzada de culpa por no estar con ellos. ¿Valía la pena tanto sacrificio?
A la mañana siguiente, Carmen me llamó a la cocina. Su tono era más suave.
—Clara, anoche… Me quedé pensando. No sabía que estabas tan cansada. Javier y yo hemos decidido contratar a alguien más para ayudarte por las tardes. Y… bueno, queremos que tengas dos días libres al mes para que descanses.
No supe qué decir. Por primera vez desde que llegué a España, alguien reconocía mi esfuerzo. Me eché a llorar sin poder evitarlo.
—Gracias… De verdad…
Carmen me puso una mano en el hombro.
—No tienes que darme las gracias, Clara. Eres parte de esta casa.
No sé si lo decía en serio o solo era para tranquilizarme, pero esa noche dormí mejor que nunca. A veces basta un gesto pequeño para devolvernos la fe en nosotros mismos.
Ahora, cada vez que veo a Lucía y Mateo correr hacia mí con los brazos abiertos, me pregunto: ¿Cuántas Claras habrá en España durmiendo en el suelo por los hijos de otros? ¿Cuándo aprenderemos todos a mirar más allá de las apariencias y ver el corazón de quien tenemos delante?