¿Casarme a los 50 y vivir con mi suegra? Mi mayor dilema tras una vida de decepciones

—¿De verdad crees que esto es vida, Carmen? —me preguntó mi hija Lucía mientras recogíamos los platos de la cena—. ¿Vas a volver a casarte solo para acabar cuidando de otra señora?

La pregunta me atravesó como un cuchillo. Llevaba semanas dándole vueltas a lo mismo, pero escuchar a mi hija decirlo en voz alta lo hacía más real, más doloroso. Miré el reloj: las once y media de la noche. Luis aún no había vuelto de llevar a su madre al médico. Otra vez.

Hace diez años que me divorcié de Antonio, después de descubrir que llevaba años engañándome con una compañera del trabajo. Me quedé sola con Lucía, que entonces tenía quince años, y un piso hipotecado en Vallecas. Juré no volver a confiar en ningún hombre. Pero la vida es caprichosa y, cuando menos lo esperaba, apareció Luis: amable, atento, con una sonrisa que parecía prometerme un futuro distinto.

Al principio todo fue fácil. Citas en el Retiro, paseos por el Rastro los domingos, cenas improvisadas en mi casa. Pero pronto supe que Luis tenía una sombra: su madre, Rosario. Una mujer de 78 años, viuda desde hacía poco, que no concebía la vida sin su hijo cerca. «En esta familia siempre nos cuidamos unos a otros», repetía ella cada vez que podía.

Cuando Luis me propuso matrimonio hace un mes, lo hizo en la terraza de un bar en Malasaña. Yo llevaba un vestido azul y él tenía esa mirada nerviosa que solo le he visto cuando habla de su madre.

—Carmen, quiero pasar el resto de mi vida contigo —dijo, sacando un anillo sencillo—. Pero hay algo que debes saber: mamá vendría a vivir con nosotros. No puedo dejarla sola.

Sentí cómo se me helaba la sangre. No era solo la convivencia; era la sensación de perder mi independencia, de volver a ser «la mujer de» o peor aún, «la nuera de». Recordé los años en los que mi exsuegra se metía en todo: desde cómo cocinaba hasta cómo educaba a Lucía.

Esa noche no dormí. Pensé en las tardes tranquilas leyendo en el sofá, en mis plantas en la terraza, en las conversaciones íntimas con Luis… ¿Sería posible mantener todo eso con Rosario rondando por la casa?

Las semanas siguientes fueron una montaña rusa. Rosario empezó a llamarme «hija» y a preguntarme si sabía hacer cocido como Dios manda. Un día apareció en mi casa con una bolsa llena de tuppers y me dijo:

—Luisito necesita comer bien, Carmen. Ya sabes cómo es él…

Luis intentaba mediar:

—Mamá solo quiere ayudar…

Pero yo sentía que cada día perdía un poco más de mi espacio.

Lucía, que ahora tiene 25 años y vive conmigo mientras termina el máster, fue la única que se atrevió a decirme lo que yo no quería escuchar:

—Mamá, ¿de verdad quieres esto? ¿No te mereces ser feliz sin cargar con otra familia?

Una tarde, mientras preparaba café para Rosario (que había venido «de visita» pero ya llevaba tres horas sentada en mi cocina), escuché cómo le decía a Luis:

—Esta casa necesita una mano femenina de verdad. Carmen es buena chica, pero le falta experiencia.

Sentí rabia y tristeza. ¿Otra vez iba a dejarme arrastrar por las expectativas ajenas? ¿Por qué las mujeres tenemos que renunciar siempre a nuestra paz para cuidar de otros?

Esa noche enfrenté a Luis:

—Luis, necesito saber si esto es lo que quieres tú o lo que quiere tu madre.

Él bajó la mirada.

—No puedo dejarla sola, Carmen. Es mi madre…

—¿Y yo? ¿No merezco también ser cuidada? —le pregunté con la voz temblorosa.

El silencio fue tan pesado como una losa.

Durante días apenas hablamos. Rosario seguía viniendo, trayendo comida y consejos no pedidos. Lucía empezó a salir más para evitar el ambiente tenso.

Una mañana recibí una llamada de mi hermana Pilar desde Sevilla:

—Carmen, ¿qué te pasa? Te noto apagada.

Le conté todo entre lágrimas. Pilar fue tajante:

—Tienes derecho a ser feliz. No eres egoísta por querer tu espacio.

Esa frase me dio fuerzas. Empecé a imaginarme una vida distinta: sola o acompañada, pero libre. Sin tener que pedir permiso para leer hasta tarde o para poner música alta los sábados.

El domingo siguiente invité a Luis a desayunar fuera. Le miré a los ojos y le dije:

—Te quiero, pero no puedo vivir con tu madre. No puedo volver a perderme en otra familia ajena.

Luis lloró. Yo también. Nos abrazamos largo rato sabiendo que quizá era el final.

Ahora escribo esto desde mi salón, con Lucía leyendo en el sofá y el sol entrando por la ventana. Siento tristeza pero también alivio. ¿Por qué las mujeres tenemos que elegir siempre entre el amor y nuestra libertad? ¿No merecemos ambas cosas?

¿Vosotras qué haríais? ¿Os atreveríais a empezar de nuevo aunque eso signifique decepcionar a alguien? Espero vuestros comentarios.