Huí de mi madre tóxica y caí en una trampa sin amor: ¿puedo aún luchar por mí misma?

—¿Por qué nunca puedes hacer nada bien, Clara? —La voz de mi madre retumbaba en la cocina, mezclándose con el olor a lentejas quemadas. Tenía catorce años y las manos me temblaban mientras recogía los platos rotos del suelo. Mi madre, Mercedes, era una fuerza de la naturaleza: impredecible, hiriente, capaz de hacerme sentir diminuta con una sola mirada.

Años después, esa voz seguía persiguiéndome en sueños. Cuando cumplí veintidós, creí que la única salida era huir. Empaqué mis cosas en silencio una madrugada de noviembre y salí de aquel piso en Vallecas sin mirar atrás. Pensé que la libertad me esperaría al otro lado de la puerta. No sabía que la libertad puede ser también una ilusión.

Luis apareció en mi vida como un salvavidas. Era amigo de mi prima Marta y parecía tan diferente a todo lo que conocía: tranquilo, educado, con un trabajo estable en una gestoría del centro de Madrid. Me ofreció su piso cuando supo que no tenía dónde ir. Al principio, su compañía era un bálsamo para mis heridas. Me sentía agradecida, incluso afortunada. Cuando me pidió matrimonio tras un año juntos, acepté casi por inercia, como quien acepta un trabajo porque no tiene otra opción.

Pero el amor nunca llegó. Luis era correcto, sí, pero distante. No compartíamos risas ni confidencias; solo rutinas y silencios incómodos en la mesa del comedor. Yo intentaba convencerme de que eso era suficiente, que al menos ya no tenía que soportar los gritos de mi madre ni sus reproches venenosos.

Una noche, después de cenar, me atreví a romper el silencio:

—Luis, ¿tú eres feliz conmigo?

Él levantó la vista del móvil y me miró como si le hablara en otro idioma.

—No sé… Supongo que sí. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque yo no lo soy —dije casi en un susurro.

Luis frunció el ceño y volvió a mirar su pantalla. No hubo discusión ni lágrimas. Solo ese vacío sordo que se instala cuando dos personas dejan de buscarse.

Empecé a sentirme invisible en mi propia casa. Mis amigas del instituto se habían ido a estudiar fuera o tenían ya sus propias familias. Mi prima Marta me llamaba de vez en cuando, pero yo siempre fingía estar ocupada. Me daba vergüenza admitir que había cambiado una cárcel por otra.

Un domingo por la tarde, mientras doblaba ropa en silencio, recibí un mensaje inesperado de mi madre: “¿Vas a venir a verme algún día o ya te has olvidado de que tienes madre?” Sentí una punzada en el pecho. No respondí. Me senté en la cama y lloré como no lo hacía desde niña.

Al día siguiente, fui a trabajar con los ojos hinchados. Trabajo como administrativa en una clínica dental; nada glamuroso, pero al menos me permite pagar las facturas y tener algo de independencia económica. Mi compañera Carmen notó enseguida que algo iba mal.

—Clara, ¿te pasa algo? —me preguntó mientras archivábamos historiales.

No pude evitarlo y le conté todo: mi infancia con Mercedes, mi huida, mi matrimonio sin amor.

—Tienes derecho a ser feliz —me dijo Carmen con una firmeza que me sorprendió—. No tienes por qué quedarte donde no te quieren ni te valoran.

Sus palabras me acompañaron durante días. Empecé a preguntarme si realmente tenía derecho a buscar algo mejor o si estaba condenada a repetir los mismos errores una y otra vez.

Una tarde, mientras paseaba por el Retiro para despejarme, vi a una pareja mayor sentada en un banco, riendo juntos como adolescentes. Sentí una mezcla de envidia y esperanza. ¿Sería posible para mí encontrar algo así? ¿O ya era demasiado tarde?

Esa noche, al llegar a casa, encontré a Luis viendo la televisión. Me senté a su lado y respiré hondo.

—Luis, creo que necesito tiempo para mí —le dije—. No quiero seguir viviendo así, sintiéndome sola estando contigo.

Él no protestó ni intentó convencerme de lo contrario. Solo asintió con resignación.

Esa misma semana busqué un pequeño estudio en Lavapiés y empecé a hacer cajas otra vez. Esta vez no sentí miedo, sino una extraña mezcla de vértigo y alivio.

Mi madre me llamó varias veces durante esos días. Al final contesté:

—Mamá, necesito distancia para poder ser yo misma. No quiero seguir viviendo bajo tus reglas ni tus reproches.

Ella colgó enfadada, pero por primera vez no sentí culpa.

Ahora escribo estas líneas desde mi nuevo piso, rodeada de cajas sin abrir y con el corazón latiendo fuerte. No sé qué me espera mañana ni si algún día encontraré el amor verdadero o la paz interior que tanto ansío. Pero por primera vez siento que estoy luchando por mí misma.

¿De verdad merecemos vivir atrapadas por el miedo y la costumbre? ¿O es posible romper el ciclo y empezar de nuevo aunque duela? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?