Cuando la Honestidad Pesa Más que el Oro: La Historia de Doña Carmen en Madrid

—¡Mamá, no vayas hoy! Está lloviendo a cántaros y no has desayunado nada —gritó Lucía desde la cocina, mientras yo me ataba el pañuelo a la cabeza, lista para salir.

—Hija, si no salgo hoy, mañana no comemos. ¿Tú crees que los cartones se van a recoger solos? —le respondí, intentando que no se notara el temblor en mi voz. El frío de noviembre en Madrid se colaba por las rendijas del piso, y el olor a café barato apenas lograba calentar el ambiente.

Llevo treinta y cuatro años recorriendo las calles de esta ciudad. Mis manos, llenas de grietas y callos, conocen cada esquina, cada contenedor, cada mirada esquiva de los vecinos del barrio de Lavapiés. No sé leer ni escribir; nunca fui a la escuela porque en mi pueblo, allá en Extremadura, primero había que trabajar para comer. Firmo con una cruz y me gano la vida recogiendo lo que otros tiran: latas, botellas, cartones. Veinte kilos al día, siete días a la semana. Si tengo suerte, junto unos seiscientos euros al mes. Si no, pues a apretarse el cinturón.

Aquel martes, mientras empujaba mi viejo carrito bajo la lluvia, algo diferente ocurrió. Al abrir un contenedor detrás de una panadería, vi una cartera negra entre los cartones mojados. La abrí con manos temblorosas: billetes de cincuenta euros, un DNI y varias tarjetas. No podía creerlo. Era más dinero del que había visto junto en toda mi vida.

—¿Y si me lo quedo? —pensé—. Con esto podría pagar el alquiler atrasado y comprarle unas botas nuevas a Lucía. Pero algo dentro de mí no me dejó hacerlo. Recordé las palabras de mi madre: «Carmen, hija, la honradez es lo único que nadie te puede quitar».

Me acerqué a la comisaría del barrio. Los policías me miraron con desconfianza al principio, pero cuando les entregué la cartera y expliqué cómo la había encontrado, uno de ellos me sonrió con calidez.

—Señora, esto ya no se ve todos los días. ¿Sabe que podría habérselo quedado? Nadie se habría enterado —me dijo el agente Morales.

—Sí, pero yo sí lo sabría —le respondí—. Y eso pesa más que cualquier billete.

Esa noche llegué a casa empapada y sin un euro más en el bolsillo. Lucía me esperaba con una sopa caliente y una sonrisa triste.

—¿Y si hubieras hecho otra cosa? —me preguntó en voz baja.

—Entonces no podría mirarte a los ojos —le contesté—. Prefiero dormir tranquila aunque tenga hambre.

Al día siguiente, la dueña de la cartera vino a buscarme al barrio. Se llamaba Teresa y era una mujer mayor como yo, pero con mejor suerte en la vida. Me abrazó llorando y me ofreció una recompensa.

—No puedo aceptarla —le dije—. Hice lo que tenía que hacer. Pero si alguna vez ve a alguien como yo recogiendo cartones, acuérdese de que también tenemos corazón.

Desde aquel día, algunos vecinos empezaron a saludarme por mi nombre y a dejarme bolsas con botellas limpias junto al portal. No me hice rica, pero sentí que mi dignidad valía más que cualquier billete.

A veces me pregunto: ¿Cuántos habrían hecho lo mismo? ¿De verdad la honradez sigue teniendo valor en estos tiempos? ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?