El día que me avergoncé por una botella de leche: ¿Hasta dónde hemos llegado?
—¿Pero qué hace usted? —gritó la cajera, con el ceño fruncido, mientras yo intentaba meter la botella de leche en mi bolsa reutilizable. Sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí, como cuchillos afilados. El pitido del sistema antirrobo resonó en mis oídos, amplificando mi vergüenza.
Me llamo Carmen y tengo 43 años. Siempre he sido una mujer orgullosa, trabajadora, madre de dos hijos y nieta de agricultores manchegos. Pero hoy, en pleno centro de Madrid, me sentí más pequeña que nunca. Todo empezó hace unas semanas, cuando el precio de la leche subió otra vez. Mi marido, Luis, lleva meses en paro tras el ERE en la fábrica de automóviles. Yo trabajo limpiando casas, pero cada vez hay menos horas y más competencia. Aun así, nunca pensé que comprar leche se convertiría en una odisea.
Esta mañana, después de dejar a los niños en el colegio, fui al supermercado del barrio. Noté algo raro: las botellas de leche tenían unos artilugios de plástico negro, como los que ponen en las botellas de whisky caro. Me acerqué a una empleada, Inés, una chica joven que siempre me sonríe.
—¿Esto para qué es? —le pregunté.
—Es el nuevo sistema antirrobo —me susurró, mirando a los lados—. Dicen que se están llevando mucha leche últimamente.
Me quedé helada. ¿Tanto hemos caído? ¿Robar leche? Recordé a mi abuela Remedios, que ordeñaba vacas al amanecer y regalaba leche a los vecinos que no podían pagarla. Ahora, en pleno 2024, la leche es casi un lujo.
Cogí dos botellas y fui a la caja. Delante de mí estaba una señora mayor, Rosario, con solo una barra de pan y un yogur. La cajera le explicó que necesitaba ayuda para quitarle el antirrobo al yogur. Rosario se sonrojó y murmuró algo sobre la vergüenza de estos tiempos.
Cuando llegó mi turno, la cajera —una mujer seria llamada Mercedes— escaneó mis botellas y llamó por el altavoz:
—¡Sergio! ¡Ven a quitar el antirrobo a la caja tres!
La cola crecía detrás de mí. Noté los suspiros impacientes y las miradas reprobatorias. Un chico joven con uniforme apareció y empezó a forcejear con el dispositivo. No funcionaba. Mercedes resopló:
—Esto es un desastre…
Sentí cómo me ardían las mejillas. Pensé en mis hijos esperando su vaso de leche por la tarde. Pensé en Luis, buscando trabajo sin éxito. Pensé en mi dignidad, hecha trizas por un trozo de plástico.
—¿No pueden poner esto solo en el alcohol? —me atreví a decir.
—Ojalá —respondió Mercedes—, pero la gente roba lo que puede.
Al fin liberaron las botellas. Salí del supermercado con la cabeza gacha, luchando por no llorar delante de todos. Afuera me encontré con mi vecina Pilar.
—¿Te pasa algo, Carmen?
—Nada… cosas del supermercado —mentí.
Pero esa noche no pude dormir. Me preguntaba cómo hemos llegado hasta aquí: familias enteras haciendo malabares para comprar lo básico, abuelos avergonzados por pedir ayuda para quitar un antirrobo del yogur, madres sintiéndose delincuentes por llevar leche a casa.
En la cena, mis hijos preguntaron por qué la leche tenía ese «candado raro». No supe qué contestarles. Luis me abrazó y me dijo:
—No es culpa tuya. Es este país que se está rompiendo.
Hoy escribo esto porque no quiero callarme más. ¿De verdad vamos a aceptar que la leche sea tratada como un artículo de lujo? ¿No os parece indignante que tengamos que pasar vergüenza por alimentar a nuestras familias?
A veces me pregunto: ¿qué será lo siguiente? ¿Tendremos que pedir permiso para comprar pan? ¿O nos mirarán como sospechosos cada vez que entremos en una tienda?
¿Os ha pasado algo parecido? ¿Hasta dónde creéis que vamos a llegar si seguimos así?