El Finde de Nunca Acabar: Entre Suegros, Deber y Libertad

—¡Mariana! ¿Ya pusiste a hervir el agua para los tamales? —gritó mi suegra desde la puerta, sin siquiera saludar. El reloj marcaba las seis y media del viernes y yo apenas había dejado la laptop sobre la mesa, con la esperanza de tomarme cinco minutos para mí antes de que la tormenta llegara. Pero no. Como cada fin de semana, Doña Carmen y Don Ernesto llegaron con sus maletas, sus caras largas y su lista invisible de expectativas.

Mi esposo, Andrés, se limitó a sonreírme con esa mirada de «ánimo, amor» que más bien parecía una súplica para que no explotara. Yo respiré hondo y me puse el delantal, mientras mi hija Sofi se escondía detrás del sofá, sabiendo que los próximos dos días serían un desfile de órdenes y miradas reprobatorias.

—¿Y esa niña por qué no está haciendo la tarea? —preguntó Don Ernesto apenas puso un pie en la sala. Sofi me miró con ojos suplicantes. Yo solo alcancé a decirle:

—Ve a tu cuarto, mi amor. Haz lo que puedas.

La casa se llenó del aroma a maíz y a tensión. Doña Carmen se instaló en la cocina como si fuera suya. Cada movimiento mío era observado y corregido:

—Así no se pica la cebolla, Mariana. Mira, déjame hacerlo yo. ¿No te enseñó tu mamá?

Sentí el ardor en los ojos, pero no era por la cebolla. Era por las palabras que tragaba cada vez que quería responderle algo. Andrés se refugió en el patio «a revisar el auto» y yo quedé atrapada entre ollas hirviendo y comentarios hirientes.

La noche cayó pesada. En la mesa, Don Ernesto empezó su monólogo habitual sobre cómo en sus tiempos todo era mejor: los hijos obedecían, las mujeres sabían llevar una casa, los hombres trabajaban duro. Andrés asentía en silencio. Yo jugueteaba con mi tenedor.

—¿Y tú, Mariana? ¿No piensas buscarte un trabajo de verdad? Eso de trabajar desde casa no es serio —dijo Don Ernesto.

Sentí la sangre subir a mi cara. Andrés me miró como pidiéndome paciencia. Sofi bajó la cabeza.

—Papá, Mariana trabaja mucho —intentó defenderme Andrés.

—¡Pero si siempre está cansada! —interrumpió Doña Carmen—. Antes las mujeres no se quejaban tanto.

La cena terminó en silencio. Me fui a la cocina a lavar los platos mientras escuchaba las risas apagadas del televisor en la sala. Me pregunté si alguna vez tendría un fin de semana para mí, sin sentirme una extraña en mi propia casa.

El sábado amaneció con el sonido del sartén y el olor a café quemado. Doña Carmen ya estaba en pie:

—Mariana, ¿ya limpiaste el baño? Porque ayer vi que estaba sucio.

Me mordí la lengua. Fui al baño con el cepillo y el cloro, sintiendo cómo cada pasada era una derrota más. Sofi apareció en la puerta:

—Mamá, ¿puedo ir al parque con mis amigas?

Antes de que pudiera responderle, Doña Carmen gritó desde la cocina:

—¡Nada de parque! Hoy hay que ayudar en la casa.

Vi los ojos de Sofi llenarse de lágrimas. Me arrodillé junto a ella:

—Tranquila, hija. Ya casi termina el fin de semana.

Pero yo sabía que no era cierto. Cada sábado era igual: limpiar, cocinar, escuchar críticas veladas sobre mi forma de criar a mi hija o sobre cómo llevo mi matrimonio.

Al mediodía, mientras pelaba papas para el almuerzo, escuché a Andrés discutir con su papá en el patio:

—Papá, ya bájale un poco. Mariana hace lo que puede.

—¡No me hables así! Yo solo quiero lo mejor para ustedes —respondió Don Ernesto.

Me asomé por la ventana y vi a Andrés frotarse la frente, cansado. Sentí una punzada de culpa: ¿sería yo el problema? ¿O era esta costumbre tan nuestra de cargar con las expectativas ajenas hasta quebrarnos?

Después del almuerzo, Doña Carmen me llamó aparte:

—Mira, Mariana, yo sé que no es fácil ser esposa y madre hoy en día. Pero tienes que esforzarte más. No puedes dejar que todo se te venga encima.

La miré a los ojos y sentí ganas de gritarle que no podía más, que necesitaba un respiro, que extrañaba los domingos tranquilos con mi hija y mi esposo viendo películas en pijama. Pero solo asentí y me tragué las palabras.

Por la tarde, Sofi se encerró en su cuarto con sus audífonos puestos. Andrés salió «a comprar pan» y tardó más de una hora en volver. Yo me senté en la cocina con una taza de café frío y las manos temblorosas.

De pronto, sentí una rabia nueva crecer dentro de mí. ¿Por qué tenía que aguantar todo esto? ¿Por qué nadie preguntaba cómo me sentía yo?

Esa noche, después de cenar, me armé de valor:

—Andrés, necesito hablar contigo —le dije cuando nos quedamos solos en la recámara.

Él me miró preocupado:

—¿Qué pasa?

—No puedo seguir así. Cada fin de semana es lo mismo. Me siento invisible en mi propia casa. No quiero que Sofi crezca pensando que esto es normal.

Andrés suspiró largo:

—Lo sé… pero son mis papás…

—Y yo soy tu esposa —le respondí con voz temblorosa—. Necesito que me apoyes.

Se quedó callado unos segundos y luego me abrazó fuerte:

—Tienes razón. Mañana hablo con ellos.

Dormí poco esa noche, entre el miedo y la esperanza.

El domingo por la mañana, mientras Doña Carmen daba órdenes desde el comedor y Don Ernesto leía el periódico en voz alta criticando las noticias del país, Andrés se plantó frente a ellos:

—Mamá, papá… necesitamos hablar.

El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con cuchillo.

—Mariana necesita descansar también. No podemos venir cada fin de semana y esperar que ella haga todo —dijo Andrés con voz firme.

Doña Carmen frunció el ceño:

—¿Ahora resulta que somos una carga?

Andrés negó con la cabeza:

—No es eso. Solo queremos un poco de paz los fines de semana.

Don Ernesto bufó:

—En mis tiempos nadie se quejaba por ayudar a la familia…

Yo sentí las lágrimas asomarse pero esta vez no eran de tristeza sino de alivio porque Andrés finalmente estaba de mi lado.

La conversación fue larga y tensa. Hubo reproches y silencios incómodos. Al final, Doña Carmen recogió sus cosas antes del almuerzo y Don Ernesto salió sin despedirse.

La casa quedó en silencio por primera vez en meses. Sofi salió corriendo al parque con sus amigas; Andrés y yo nos sentamos juntos en el sofá sin decir nada durante un buen rato.

Miré por la ventana mientras el sol entraba tímido por las cortinas limpias y pensé: ¿Cuántas mujeres como yo viven atrapadas entre el deber familiar y su propio bienestar? ¿Hasta cuándo vamos a normalizar cargar con todo sin pedir ayuda?