La injusticia en el supermercado y la inesperada venganza de un padre español
—¡Eh, tú! ¡Deja ese chocolate ahora mismo! ¡Sé perfectamente lo que intentas hacer!—
La voz del agente retumbó en el pasillo del supermercado Mercadona de un barrio madrileño, cortando el aire como un cuchillo. Martina, una niña de ocho años con trenzas apretadas y ojos grandes, se quedó paralizada, con la tableta de chocolate en la mano. Su piel morena y su acento andaluz la hacían destacar entre los clientes habituales. El policía, un hombre corpulento con bigote y uniforme reluciente, la miraba con desconfianza, como si ya la hubiera juzgado.
—No he hecho nada… —susurró Martina, con la voz temblorosa, mirando a su alrededor en busca de su padre.
—¡No me mientas!—insistió el agente, alzando la voz para que todos escucharan—. ¡Seguro que ibas a robarlo! ¿Crees que no me doy cuenta? Aquí no toleramos esas cosas.
La gente empezó a mirar. Una señora mayor murmuró algo sobre «la juventud de hoy». Un adolescente grababa con el móvil. Martina sintió cómo las lágrimas le subían a los ojos, pero apretó los labios para no llorar. Sabía que si lloraba, sería peor.
En ese momento apareció su padre, Javier, un hombre de mediana edad con las manos llenas de bolsas reutilizables y el ceño fruncido. Vio a su hija acorralada y al policía delante de ella.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Javier, acercándose rápido.
—Su hija iba a robar este chocolate —dijo el agente, sin mirarle a los ojos—. La he pillado justo a tiempo.
Javier miró a Martina. Ella negó con la cabeza, los ojos llenos de miedo.
—Mi hija no es una ladrona —dijo Javier, con voz firme pero contenida—. Siempre paga lo que compra. ¿Tiene alguna prueba?
El policía dudó un instante, pero no quería perder autoridad delante de todos.
—La he visto cogerlo y mirar alrededor. Eso es sospechoso.
Javier respiró hondo. Sabía que discutir podía empeorar las cosas, pero también sabía que no podía dejar pasar esa humillación.
—¿Sospechoso por qué? ¿Por ser morena? ¿Por hablar andaluz? ¿O porque lleva trenzas? —preguntó Javier en voz alta, mirando a los clientes que se habían reunido alrededor.
El policía se puso rojo como un tomate. Murmuró algo sobre «hacer su trabajo» y «no tolerar faltas de respeto».
—¿Sabe usted quién soy yo? —preguntó Javier entonces, bajando la voz pero con una mirada que helaba la sangre.
El agente titubeó. No lo sabía. Javier era abogado y colaborador habitual en asociaciones vecinales; tenía amigos en el ayuntamiento y en la prensa local.
—Le aconsejo que pida disculpas a mi hija ahora mismo —dijo Javier—. O mañana tendrá que explicarle a medio Madrid por qué humilla a una niña inocente delante de todo el mundo.
El silencio era absoluto. El policía tragó saliva y miró a Martina.
—Perdona… No era mi intención…
Martina bajó la cabeza, todavía temblando. Javier la abrazó fuerte y miró al agente con desprecio contenido.
—En este país nos gusta la justicia y el respeto —dijo Javier en voz alta—. Y no vamos a permitir que nadie pisotee a nuestros hijos por prejuicios absurdos.
La gente empezó a murmurar en apoyo. Alguien gritó «¡Bravo!» desde el fondo. El adolescente dejó de grabar y bajó el móvil, avergonzado por haber disfrutado del espectáculo.
Javier cogió la mano de Martina y se dirigió a la caja para pagar el chocolate. De camino, una cajera le sonrió y le dijo al oído:
—Ha hecho usted lo correcto. Ojalá todos los padres defendieran así a sus hijos.
Esa tarde, Javier escribió una carta al periódico local contando lo sucedido. La historia se hizo viral en redes sociales y muchos padres compartieron sus propias experiencias de discriminación y prejuicio en situaciones cotidianas.
Esa noche, mientras arropaba a Martina en la cama, Javier pensó en lo fácil que es juzgar sin conocer y en lo importante que es alzar la voz cuando otros callan por miedo o costumbre.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que los prejuicios decidan por nosotros? ¿No deberíamos todos defender lo justo aunque nos tiemble la voz?