El regreso de Manuel: lágrimas y esperanza en un pueblo andaluz
—¡¿Pero qué demonios haces aquí, Lucía?!
La voz de Manuel retumbó en el pequeño corral, rompiendo el silencio de la siesta. Lucía, con las mejillas manchadas de barro y los ojos hinchados de cansancio, apenas pudo levantar la mirada. El olor a estiércol y a sudor era tan fuerte que casi podía cortarse con un cuchillo. Manuel, aún con el uniforme militar arrugado y la mochila colgando del hombro, sintió cómo la rabia le subía por la garganta como un nudo imposible de tragar.
—Papá… —susurró Lucía, temblando—. No quería que me vieras así.
Manuel apretó los puños. Habían pasado dos años desde que partió a la misión en Mali, dejando a su hija al cuidado de su nueva esposa, Carmen. Siempre pensó que Carmen sería una buena madre para Lucía, que la trataría como a una hija propia. Pero ahora, al ver a su niña —su niña— durmiendo sobre un saco de paja entre los cerdos, supo que se había equivocado de cabo a rabo.
—¡Carmen! —gritó Manuel, entrando en la casa blanca de paredes encaladas—. ¡Ven aquí ahora mismo!
Carmen apareció en la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal. Su expresión era fría, casi desafiante.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, sin molestarse en disimular el fastidio.
—¿Me puedes explicar por qué Lucía está durmiendo en el establo? ¿Por qué está trabajando como una mula mientras tú te dedicas a hacer rosquillas para la feria?
Carmen se encogió de hombros.
—Alguien tenía que encargarse de los animales. Yo no puedo con todo y ella ya es mayorcita. Además, aquí todos hemos trabajado desde pequeños. No seas exagerado.
Manuel sintió que iba a explotar. Recordó las historias que su madre le contaba sobre la posguerra, sobre cómo los niños ayudaban en el campo porque no había otra opción. Pero esto era distinto. Lucía no ayudaba: la estaban explotando.
—¡Esto no es ayudar! ¡Esto es maltrato! —rugió Manuel—. ¿Desde cuándo duerme aquí? ¿Desde cuándo no va al colegio?
Lucía, desde la puerta, murmuró:
—No he ido desde Navidad…
El corazón de Manuel se rompió en mil pedazos. Se arrodilló frente a su hija y le limpió las lágrimas con las manos temblorosas.
—Mi niña… perdóname por no estar aquí. Pero te juro que esto se acabó.
Carmen bufó y se fue al salón, murmurando algo sobre hombres que vuelven creyéndose los reyes del mambo. Manuel abrazó a Lucía con fuerza.
Esa noche, mientras cenaban pan con tomate y un poco de queso manchego —lo poco que había en la despensa—, Manuel tomó una decisión. Al día siguiente irían juntos al colegio y hablarían con la directora. Buscaría trabajo en el pueblo, aunque fuera recogiendo aceitunas o arreglando tejados. No permitiría que Lucía volviera a pasar una noche más entre los cerdos.
Los días siguientes fueron duros. Carmen se negó a ayudar y el pueblo cuchicheaba: “Ya ves tú, el militar ese que vuelve y monta un escándalo”. Pero también hubo quien les tendió una mano: la vecina Rosario les llevó un puchero caliente; Paco, el panadero, le ofreció unas horas descargando sacos; hasta el cura del pueblo habló con Manuel para animarle a seguir adelante.
Poco a poco, Lucía recuperó la sonrisa. Volvió al colegio y empezó a jugar otra vez en la plaza con sus amigas. Manuel, aunque agotado, sentía que cada día valía la pena solo por ver a su hija feliz.
Una tarde, mientras paseaban por los olivares bajo el cielo anaranjado de Andalucía, Lucía le preguntó:
—Papá, ¿crees que algún día todo volverá a ser como antes?
Manuel sonrió tristemente y le acarició el pelo.
—No lo sé, hija… Pero juntos podemos empezar de nuevo. ¿No crees que merece la pena luchar por lo que uno quiere?
Y yo me pregunto: ¿cuántos padres habrán sentido este miedo y esta rabia? ¿Cuántos habrán tenido que empezar de cero solo por proteger a quienes más quieren? ¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?