Cuando la maternidad de mi mejor amiga casi destruye nuestra amistad: ¿puede sobrevivir una relación cuando un niño lo ocupa todo?
—¿De verdad no puede jugar sola ni cinco minutos? —La voz de Álvaro, mi marido, resonó en el salón, cortando el aire como un cuchillo. Yo me quedé helada, con la taza de café a medio camino entre la mesa y mis labios. Lucía, mi mejor amiga desde el instituto, me miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de descubrir que el mundo era redondo.
La pequeña Martina, su hija de tres años, lloriqueaba porque quería que su madre le pusiera los dibujos en la tablet. Era la tercera vez en media hora que interrumpía nuestra conversación. Lucía se levantó de inmediato, casi sin mirarnos, y fue a atenderla. Me quedé sola con Álvaro, que me lanzó una mirada cargada de resignación.
—Esto no es normal, Elena —susurró él—. Cada vez que viene Lucía, es lo mismo. No hablamos de nada, solo de pañales y dibujos animados.
No supe qué responderle. Porque tenía razón. Todo había cambiado desde que Lucía fue madre. Antes nuestras tardes estaban llenas de risas, confidencias y algún que otro vino barato. Ahora, cada encuentro era una batalla perdida contra el llanto, los caprichos y las necesidades infinitas de Martina.
Recuerdo perfectamente el día que todo empezó a cambiar. Fue una tarde lluviosa de noviembre. Lucía llegó a casa con Martina en brazos, agotada y ojerosa. Me pidió si podía quedarse un rato porque necesitaba hablar con alguien adulto. Yo, encantada, preparé café y galletas. Pero la conversación nunca llegó a fluir: Martina lloró casi toda la tarde y Lucía apenas pudo articular dos frases seguidas.
Pensé que sería algo puntual. Pero las visitas se hicieron habituales. Cada día, después del trabajo, Lucía venía a casa «a desconectar». Pero desconectar era imposible: Martina lo ocupaba todo. Si no era porque quería ver Peppa Pig, era porque tenía hambre o porque se aburría y necesitaba atención constante.
Al principio me esforcé por entenderlo. Incluso intenté jugar con Martina para darle un respiro a Lucía. Pero pronto empecé a sentirme invisible. Nuestra amistad se había convertido en una extensión de la maternidad de Lucía. Yo ya no era Elena, su confidente y amiga; era la tía que le ponía los dibujos a Martina mientras su madre intentaba recordar quién era antes de ser madre.
Una tarde, después de que Lucía se marchara dejando tras de sí el eco del llanto de Martina y una montaña de juguetes esparcidos por el salón, exploté.
—No puedo más —le dije a Álvaro—. Siento que he perdido a mi amiga.
Él me abrazó en silencio. Sabía cuánto significaba Lucía para mí. Habíamos compartido todo: exámenes, amores imposibles, noches en Malasaña y hasta vacaciones en la playa. Pero ahora no quedaba nada de eso.
Intenté hablarlo con Lucía varias veces. Siempre me decía lo mismo:
—Es una etapa, Elena. Cuando Martina crezca será diferente.
Pero yo no quería esperar años para recuperar a mi amiga. Quería volver a hablar con ella sin interrupciones, reírnos hasta llorar, salir a tomar algo sin tener que mirar el reloj porque había que bañar a la niña.
Un día decidí proponerle algo distinto:
—¿Por qué no dejamos a Martina con tu madre y salimos tú y yo solas? Como antes.
Lucía me miró como si le hubiera pedido que escalara el Everest descalza.
—No puedo dejarla sola tanto tiempo —me dijo—. Además, mamá está cansada y no quiero molestarla.
Sentí una punzada de rabia y tristeza. ¿Acaso nuestra amistad ya no importaba? ¿Era tan difícil encontrar un hueco para nosotras?
Las semanas pasaron y la distancia entre nosotras creció como una grieta imposible de cerrar. Empecé a evitar sus mensajes y sus visitas diarias se fueron espaciando hasta casi desaparecer.
Una noche recibí un audio suyo:
—Elena, te echo de menos. Sé que estoy absorbida por Martina, pero no sé cómo hacerlo mejor. Siento que si no estoy pendiente de ella todo el tiempo soy mala madre…
Me quedé escuchando su voz temblorosa una y otra vez. Por primera vez entendí su miedo: el miedo a fallar como madre y como amiga al mismo tiempo.
Decidí llamarla al día siguiente.
—Lucía —le dije—, yo también te echo de menos. Pero necesito que entiendas que yo también existo. Que nuestra amistad necesita espacio para las dos.
Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.
—¿Y si lo intentamos poco a poco? —propuso ella—. Un café corto sin Martina… o aunque sea una videollamada solo nosotras.
Acepté. No fue fácil al principio: siempre había interrupciones o excusas. Pero poco a poco fuimos recuperando algo de lo perdido.
Hoy sé que nunca volveremos a ser exactamente las mismas. La maternidad cambió a Lucía para siempre… pero también me cambió a mí: aprendí a poner límites y a pedir lo que necesito.
A veces me pregunto: ¿cuántas amistades se pierden por no saber pedir ayuda o espacio? ¿Vosotros habéis pasado por algo parecido? ¿Se puede salvar una amistad cuando un hijo lo ocupa todo?