La última carta de mamá: secretos bajo la lluvia de Madrid

—¿Por qué nunca me lo dijiste, mamá? —susurré, apretando la carta contra el pecho mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón.

Mi hermana Lucía me miraba desde el sofá, con los ojos enrojecidos. Habíamos pasado la tarde rebuscando entre las cajas del desván, buscando las fotos antiguas para el aniversario de bodas de los abuelos. Pero lo que encontramos fue mucho más que recuerdos: una carta dirigida a mí, escrita con la letra temblorosa de mamá, fechada dos días antes de que el cáncer se la llevara.

—¿Qué pone? —preguntó Lucía, incapaz de disimular la ansiedad.

No podía hablar. Las palabras de mamá ardían en mi garganta. «Perdóname por no haber sido valiente antes», decía. «Hay cosas que nunca supe cómo contarte.»

El reloj de pared marcaba las seis y media. Afuera, Madrid se cubría de gris y los vecinos corrían bajo paraguas apresurados. Dentro, el tiempo parecía detenido. Me senté junto a Lucía y le tendí la carta. Ella la leyó en silencio, mordiéndose el labio.

—¿De verdad crees que papá lo sabía? —me preguntó al fin.

Negué con la cabeza. Papá estaba en la cocina, removiendo el cocido madrileño que preparaba cada domingo desde que mamá faltaba. Era su manera de mantenerla cerca, aunque nunca lo admitiera. En nuestra familia, los sentimientos se escondían bajo capas de chistes y refranes, como si hablar claro fuera pecado.

—No sé qué hacer —confesé—. ¿Y si esto lo cambia todo?

Lucía me abrazó fuerte. —Ya lo ha cambiado. Pero somos familia, ¿no? Aquí nadie se rinde.

Recordé los veranos en el pueblo de Segovia, las fiestas patronales, los domingos de fútbol en el bar con papá y los gritos de mamá desde la ventana: «¡A cenar, que se enfría la tortilla!». Todo parecía tan sencillo entonces. ¿Cuándo empezamos a escondernos?

La carta revelaba un secreto: mamá había tenido un hijo antes de casarse con papá. Un niño al que dio en adopción porque era demasiado joven y sola. Nadie lo sabía. Ni siquiera los abuelos. El peso de ese silencio me aplastaba.

—¿Y si le buscamos? —propuso Lucía, con esa determinación suya que siempre me sacaba de quicio y me salvaba a la vez.

—¿Y si no quiere saber nada de nosotras? —dudé.

—¿Y si sí? —replicó ella—. Mamá quería que lo supiéramos. Eso ya es un paso.

Esa noche cenamos en silencio. Papá sirvió el cocido con manos temblorosas y evitó mirarnos a los ojos. El aroma a chorizo y garbanzos llenaba la casa, pero nadie tenía hambre. Al final, no aguanté más:

—Papá, ¿puedo preguntarte algo?

Me miró como si supiera lo que iba a decir.

—¿Tú sabías que mamá…?

No terminé la frase. Él dejó la cuchara sobre el plato y suspiró largo.

—Tu madre era una mujer valiente —dijo al fin—. Todos tenemos cosas que nos guardamos para proteger a los demás. Pero el amor… el amor siempre encuentra su camino.

Lloramos los tres, abrazados en la cocina mientras fuera seguía lloviendo. Por primera vez en años, sentí que podíamos empezar de nuevo.

Esa noche, mientras escuchaba el rumor del agua en los tejados madrileños, pensé en ese hermano desconocido y en todo lo que mamá había callado por miedo o por amor. ¿Cuántas familias viven atrapadas en secretos? ¿No sería mejor abrir las ventanas y dejar que entre el aire fresco, aunque duela?