El secreto de la habitación contigua

—¿Por qué no vienes a la cama, Julián? —le susurré aquella noche, fingiendo estar medio dormida, aunque el insomnio me devoraba desde hacía semanas.

Él no respondió. Solo se quedó de pie junto a la puerta, con la mano en el picaporte, mirando hacia el pasillo oscuro. Escuché su respiración entrecortada, como si dudara. Finalmente, salió sin decir palabra y cerró la puerta tras de sí. El reloj marcaba las dos y cuarto de la madrugada. Otra vez.

Me incorporé en la cama, con el corazón latiendo tan fuerte que temí que mi suegra, doña Carmen, pudiera oírlo desde su habitación. No era la primera vez que Julián se marchaba en mitad de la noche para dormir con ella. Al principio pensé que era por el duelo: su padre había muerto hacía apenas seis meses cuando nos casamos, y Carmen parecía desmoronarse cada noche. Julián era su único hijo, y yo intentaba comprender. Pero tres años después, la excusa ya no tenía sentido.

A veces escuchaba susurros tras la puerta contigua. Otras noches, solo silencio. Pero siempre, cada madrugada, Julián se iba. Y yo me quedaba sola, abrazando una almohada fría y una sospecha cada vez más ardiente.

Aquella noche decidí seguirle. Esperé unos minutos y salí descalza al pasillo. La casa olía a madera vieja y a colonia barata, la de Carmen. Me acerqué a su puerta y pegué el oído. Escuché un llanto ahogado y luego la voz de Julián:

—Mamá, por favor… tienes que dejarme ir.

—No me dejes sola… no ahora… —sollozaba Carmen.

—No puedo seguir así… Mariana sospecha…

Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Qué era lo que no podía seguir? ¿Por qué esa dependencia enfermiza? ¿Por qué yo era siempre la intrusa en mi propio matrimonio?

Volví a mi habitación antes de que me descubrieran. No dormí nada. Al día siguiente, mientras preparaba café en la cocina, Carmen entró con los ojos hinchados pero la barbilla alta.

—¿Has dormido bien, Mariana? —preguntó con esa voz suya tan seca.

—Sí… —mentí—. ¿Y tú?

Me miró fijamente, como si pudiera leerme el pensamiento.

—Nunca se duerme bien cuando falta alguien en casa —dijo, y salió sin más.

Durante semanas intenté hablar con Julián. Él evitaba el tema, se refugiaba en el taller mecánico o en los partidos del Real Madrid con sus amigos del bar. Yo me sentía invisible, como si mi presencia le pesara.

Una tarde lluviosa de noviembre, mi madre vino a visitarme desde Salamanca. Mientras tomábamos café en el salón, le confesé entre lágrimas lo que ocurría.

—Hija mía —me dijo—, eso no es normal. Tienes que enfrentarlos a los dos. No puedes vivir así.

Esa noche reuní el valor suficiente. Esperé a que Julián saliera de nuestra habitación y fui tras él. Abrí la puerta de Carmen sin llamar.

La escena era grotesca: Julián sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos; Carmen abrazándole por detrás como si fuera un niño pequeño.

—¡Basta! —grité—. ¡Quiero saber qué está pasando aquí!

Carmen me miró con odio; Julián rompió a llorar.

—No puedo dejarla sola… —balbuceó él—. No sabes lo que pasó aquella noche…

Me senté en una silla temblando.

—¿Qué noche?

Carmen se levantó y me enfrentó:

—La noche en que tu suegro murió —dijo con voz gélida—. Julián estaba aquí conmigo. Si no hubiera estado… yo… yo habría hecho una locura.

Julián asintió entre sollozos.

—Desde entonces no puedo dormir si no estoy con ella —confesó—. Siento que si la dejo sola… algo malo va a pasar.

Me quedé helada. Por primera vez entendí el peso de la culpa y el miedo que arrastraban ambos. Pero también sentí rabia: durante tres años había sido una sombra en mi propia casa por un pacto silencioso entre madre e hijo.

Los días siguientes fueron un infierno. Carmen se encerró en su cuarto y apenas comía. Julián iba al trabajo como un autómata y yo vagaba por la casa sintiéndome una extraña.

Una tarde decidí hablar con Carmen a solas.

—Doña Carmen —le dije—, esto no puede seguir así. Julián es mi marido y yo también necesito dormir a su lado.

Ella me miró con desprecio.

—Tú nunca entenderás lo que es perderlo todo —escupió—. Yo solo tengo a mi hijo.

—Y yo solo tengo a mi marido —respondí con firmeza—. Pero si seguimos así, lo perderemos todos.

Esa noche Julián no fue al cuarto de su madre. Se quedó conmigo, pero no pegó ojo. Yo tampoco. Nos dimos la espalda toda la noche, cada uno perdido en sus pensamientos.

Al día siguiente Carmen desapareció. Encontré una nota en la mesa del comedor:

“Me voy unos días a casa de mi hermana en Ávila. No me busquéis.”

Julián se derrumbó al leerla.

—¿Y si le pasa algo? —me preguntó desesperado.

—No podemos vivir siempre con miedo —le dije—. Tienes que elegir: o seguimos juntos como pareja o seguimos siendo tres extraños bajo el mismo techo.

Durante los días siguientes Julián apenas hablaba. Yo iba al trabajo en la biblioteca municipal y volvía a casa temiendo encontrar malas noticias. Pero Carmen volvió una semana después, más delgada pero más serena.

Nos sentamos los tres en el salón y hablamos por primera vez sin gritos ni reproches. Carmen confesó que había ido a terapia con su hermana y que entendía que debía dejar ir a su hijo poco a poco.

Julián lloró como un niño pequeño y yo le abracé por primera vez en meses sintiendo que quizá había esperanza para nosotros.

No fue fácil reconstruir nuestro matrimonio después de tanto dolor y secretos. Hubo noches en las que Julián temblaba de ansiedad y yo tenía que recordarle que ya no estaba solo entre dos mujeres heridas sino acompañado por una esposa dispuesta a luchar por él.

Hoy, dos años después de aquella noche fatídica, vivimos solos en un piso pequeño cerca del Retiro. Carmen nos visita los domingos para comer paella y hablar del pasado sin rencor.

A veces me pregunto si alguna vez podré perdonar del todo esos años de soledad compartida con una sombra ajena. Pero también sé que el amor verdadero se construye sobre ruinas y cicatrices.

¿Vosotros habríais aguantado tanto tiempo? ¿Hasta dónde puede llegar una persona por amor antes de perderse a sí misma?