¿Dónde te has ido? Una historia de familia, secretos y renacimiento en Sevilla
—¿Por qué me llamas ahora, Lucía? —pregunté, la voz temblorosa, mientras la lluvia golpeaba los cristales del piso en Triana. Eran las once de la noche y el teléfono vibró como si supiera que mi vida estaba a punto de desmoronarse.
—Tienes que volver —susurró ella—. Mamá está peor y… hay cosas que deberías saber.
Colgué sin responder. Sentí un nudo en el estómago, ese que sólo aparece cuando el pasado llama a tu puerta. Álvaro dormía en el sofá, exhausto tras otra discusión con sus padres. Desde que nos mudamos a Sevilla, la convivencia con ellos había sido una batalla diaria: su madre, Carmen, controladora hasta el extremo; su padre, Manuel, siempre ausente aunque estuviera presente.
Me levanté y miré mi reflejo en la ventana: ¿quién era esa mujer? ¿La misma que soñaba con libertad y terminó atrapada entre paredes ajenas?
Al día siguiente, Carmen me esperaba en la cocina, cuchillo en mano, cortando tomates con una precisión casi militar.
—¿Vas a salir otra vez? —preguntó sin mirarme—. Aquí hay mucho que hacer.
—Tengo que ir al hospital —mentí—. Mi prima Lucía me ha llamado, mi tía está enferma.
Carmen resopló. —Siempre tu familia. Aquí también tienes responsabilidades.
No respondí. Cogí el bolso y salí a la calle, donde el olor a azahar apenas lograba calmar mi ansiedad. Caminé hasta la parada del autobús, recordando los domingos en casa de mis padres en Cádiz, cuando todo parecía más sencillo. Pero la verdad es que nunca lo fue: mi madre siempre guardó secretos, mi padre se marchó sin despedirse y yo aprendí a sobrevivir entre silencios.
En el hospital, Lucía me esperaba con los ojos hinchados.
—No sé cómo decírtelo —dijo—. Mamá ha confesado algo… sobre tu padre.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. —¿Qué pasa con él?
Lucía bajó la voz. —No se fue porque quisiera. Hubo… hubo algo más. Mamá dice que Carmen tuvo algo que ver.
El nombre de mi suegra me golpeó como una bofetada. ¿Carmen? ¿Qué tenía que ver ella con la desaparición de mi padre?
Volví a casa sin respuestas, pero con una rabia nueva creciendo dentro de mí. Esa noche, mientras Álvaro roncaba ajeno a todo, busqué entre las cosas viejas de Carmen. Encontré una caja de cartas atadas con una cinta azul. No pude resistirme: las abrí y leí palabras escritas por mi padre a Carmen, palabras de amor y desesperación.
Al día siguiente enfrenté a Carmen en la cocina.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad? —le espeté—. ¿Por qué guardaste esas cartas?
Ella me miró por primera vez sin esa máscara de superioridad.
—Porque tu padre era un cobarde —dijo—. Y yo también lo fui.
Las lágrimas me ardían en los ojos. —¿Le obligaste a marcharse?
Carmen asintió lentamente. —No podía soportar verle con tu madre después de todo lo que vivimos.
Salí corriendo de la casa, dejando atrás a Álvaro y su familia. Caminé sin rumbo por las calles de Sevilla hasta llegar al puente de Triana. Llamé a Lucía y le conté todo entre sollozos.
—No tienes por qué cargar con esto sola —me dijo—. Ven a casa.
Pasé semanas en Cádiz, cuidando de mi tía y reconstruyendo los pedazos de mi historia. Álvaro me llamaba cada noche, pero yo no podía responderle. Necesitaba encontrarme antes de volver a perderme en una vida que no era mía.
Un día recibí una carta de Carmen. Decía que lo sentía, que nunca supo cómo amar sin destruir lo que tenía cerca. Que esperaba que yo pudiera perdonarla algún día.
Volví a Sevilla meses después, distinta. Álvaro me esperaba en la estación, nervioso.
—¿Vas a quedarte? —preguntó.
Le miré a los ojos y supe que la respuesta dependía sólo de mí.
Ahora escribo esto desde nuestro piso vacío; Carmen y Manuel se han mudado al campo. Álvaro y yo intentamos reconstruir lo nuestro desde la verdad, aunque duela.
A veces me pregunto: ¿cuántos secretos caben en una familia antes de romperla para siempre? ¿Y cuántas veces podemos renacer después de perderlo todo?