«Por favor, no despidas a mi madre», suplicó la niña al jefe, y cambió la Nochebuena en Madrid
—¡Por favor, señor Javier, no despida a mi mamá!—. Mi voz tembló en el despacho enorme, con las paredes llenas de diplomas y fotos de viajes exóticos. El reloj marcaba las seis y media de la tarde y fuera, Madrid se cubría de un frío húmedo que calaba hasta los huesos. Mi madre, Carmen, me miró horrorizada, como si quisiera que la tierra la tragara. Pero yo no podía quedarme callada. No después de escucharla llorar anoche en la cocina, creyendo que yo dormía.
Javier, el jefe, se quedó de piedra. No esperaba ver a una niña de nueve años plantada delante de su mesa de caoba, con las manos apretadas y los ojos llenos de lágrimas. —Lucía, cariño…— murmuró mi madre, intentando llevarme hacia la puerta. Pero yo me solté.
—Señor Javier, mi mamá trabaja mucho. Siempre llega tarde a casa y aún así me ayuda con los deberes. Hace la mejor tortilla de patatas del mundo y nunca se olvida de dejarme un vaso de leche caliente antes de dormir. Si la despide… ¿quién va a hacer todo eso?—
El jefe se pasó la mano por el pelo, incómodo. —Lucía, estas cosas son complicadas. A veces las empresas tienen que tomar decisiones difíciles…—
—Pero es Navidad— le interrumpí. —Y usted siempre dice en las reuniones que somos como una familia aquí. ¿En las familias se echa a la gente cuando más lo necesita?—
Mi madre me abrazó fuerte, temblando. —Ya está bien, Lucía… No deberías estar aquí— susurró entre dientes.
Pero Javier no dijo nada durante un rato. Miró por la ventana, donde las luces navideñas del Paseo del Prado titilaban entre los coches y los árboles desnudos. Luego suspiró.
—¿Sabes qué? Tienes razón. A veces uno se olvida de lo que importa de verdad— dijo finalmente. —Carmen, ven mañana a la oficina. Hablaremos con calma.—
Salimos del despacho en silencio. Mi madre lloraba bajito y yo sentía un nudo en el estómago, pero también una chispa de esperanza.
Esa noche, en casa, mientras cenábamos sopa caliente y pan del día anterior, mi madre me miró con los ojos brillantes.
—No sé si has hecho bien o mal, Lucía… pero gracias— me dijo acariciándome el pelo.
Los días siguientes fueron un torbellino. En la oficina todos murmuraban sobre lo ocurrido. Algunos compañeros se acercaron a mi madre para decirle que estaban con ella. Otros le trajeron rosquillas caseras y hasta una vecina nos dejó una bandeja de polvorones.
El 24 de diciembre, Javier apareció en nuestra casa con una caja enorme llena de turrones y un sobre blanco.
—Carmen, he estado pensando mucho estos días. No solo no vas a perder tu trabajo, sino que quiero que ayudes a organizar el evento solidario de Navidad para las familias del barrio. Y Lucía… gracias por recordarme lo que significa ser una familia.—
Aquella Nochebuena fue distinta a todas las anteriores. Cenamos juntos con algunos vecinos que tampoco tenían mucho y compartimos risas, villancicos y hasta una partida improvisada de bingo con garbanzos como fichas.
Mientras veía a mi madre sonreír por primera vez en semanas, pensé: ¿Y si todos tuviéramos el valor de pedir ayuda cuando más lo necesitamos? ¿Cuántas cosas cambiarían si recordáramos que nadie debería estar solo en Navidad?