Volver a encontrar a Lucía: En busca del amor perdido de mi infancia en la estación de Atocha
—¿De verdad eres tú, Lucía? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el bullicio de la estación de Atocha se desvanecía a mi alrededor. Ella giró lentamente, con esa melena castaña que siempre recordé, y por un instante sentí que el tiempo retrocedía veinte años. Pero sus ojos, aunque iguales, tenían una sombra que no supe descifrar.
No sé si fue el destino o una simple casualidad, pero aquel viernes por la tarde, entre trenes que iban y venían, mi vida dio un vuelco. Llevaba años arrastrando una rutina gris en Madrid: un trabajo en una gestoría que nunca me apasionó, una relación rota con mi padre desde que falleció mamá y una soledad que se hacía más pesada cada día. Pero al ver a Lucía, todo eso pareció desvanecerse.
Nos sentamos en una cafetería cercana. El silencio era incómodo, como si ambos temiéramos romper el hechizo del reencuentro. —¿Qué ha sido de ti? —me atreví por fin. Ella sonrió con tristeza. —La vida… Ya sabes. Trabajo en una librería en Lavapiés. Me casé, me separé. Y tú, ¿sigues escribiendo?
Me quedé helado. Había dejado de escribir cuando tenía diecinueve años, justo después de que Lucía se marchara a Barcelona con su familia. Mi padre nunca entendió mi pasión por la literatura. «Eso no da de comer, Álvaro», repetía cada vez que me veía con un libro en la mano. Tras la muerte de mamá, nuestra relación se volvió insostenible. Me fui de casa y nunca volvimos a hablar más de lo necesario.
—No —admití—. Dejé de escribir hace mucho. La vida también me arrastró por otros caminos.
Lucía bajó la mirada. —¿Y eres feliz?
La pregunta me golpeó como un jarro de agua fría. ¿Feliz? Ni siquiera recordaba cómo se sentía eso. Cambié de tema torpemente, preguntando por su familia. Me contó que su madre estaba enferma y que apenas veía a su padre desde el divorcio. Compartíamos más heridas de las que imaginaba.
Durante semanas no pude dejar de pensar en ella. Cada rincón de Madrid me recordaba algo: el Retiro donde leímos juntos a Machado por primera vez, la Gran Vía donde nos besamos bajo la lluvia, los veranos en el pueblo de Segovia donde prometimos no separarnos nunca.
Una tarde decidí escribirle una carta. No tenía su dirección, así que fui a la librería donde trabajaba. Al verme entrar, Lucía sonrió tímidamente.
—¿Has venido a buscar un libro o a buscarme a mí? —bromeó.
—A las dos cosas —respondí—. Pero sobre todo a ti.
Le entregué la carta y salí corriendo antes de que pudiera leerla delante de mí. Esa noche no dormí. Me debatía entre la esperanza y el miedo al rechazo.
Al día siguiente recibí un mensaje suyo: «¿Quedamos esta noche en el parque del Oeste?».
El parque estaba casi vacío cuando llegué. Lucía me esperaba sentada en un banco, con la carta entre las manos.
—No sabía que aún guardabas tantos recuerdos —dijo suavemente.
—Nunca te olvidé —confesé—. Todo lo que he hecho desde entonces ha sido intentar llenar el vacío que dejaste.
Ella suspiró. —Álvaro, yo también te he echado de menos. Pero han pasado muchos años. Somos otros ahora.
Me acerqué y le tomé la mano. —Quizá podamos empezar de nuevo. No como antes, sino como somos ahora.
Lucía dudó unos segundos eternos y luego apoyó su cabeza en mi hombro. Sentí que algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo.
Pero la vida no es una novela romántica. Mi padre enfermó gravemente poco después y tuve que volver al pueblo para cuidarle. Lucía me acompañó los primeros días, pero pronto las obligaciones y los miedos empezaron a separarnos otra vez.
Una noche discutimos por teléfono:
—No puedo seguir así, Álvaro —dijo ella llorando—. No sé si estoy preparada para empezar algo contigo mientras tienes tanto dolor dentro.
—¿Y qué hago? —grité—. ¡No puedo abandonar a mi padre ahora!
Colgó sin responderme.
Durante semanas no supe nada más de ella. Mi padre murió en primavera, sin que llegáramos a reconciliarnos del todo. Sentí que había perdido dos veces: a él y a Lucía.
Volví a Madrid roto, sin saber cómo seguir adelante. Un día encontré una nota en mi buzón: «Te espero donde empezó todo».
Corrí hasta la estación de Atocha. Allí estaba Lucía, con los ojos llenos de lágrimas y esperanza.
—He pensado mucho —me dijo—. No quiero perderte otra vez por miedo al pasado.
Nos abrazamos sin palabras, sabiendo que nada sería fácil pero que merecía la pena intentarlo.
Ahora escribo estas líneas preguntándome: ¿De verdad podemos reparar lo que se rompió hace tanto tiempo? ¿O solo aprendemos a vivir con las cicatrices? ¿Qué haríais vosotros? ¿Buscaríais ese amor perdido o dejaríais el pasado atrás?