La última esperanza de Don Manuel
—¿De verdad crees que esto es lo correcto, papá? —La voz de Lucía, mi hija mayor, temblaba en el umbral de la cocina, mientras yo me ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo empañado por el vapor del cocido.
—No me juzgues, hija. No entiendes lo que es mirar atrás y ver que todo lo que has construido puede desaparecer en cuanto yo falte —le respondí, sin atreverme a mirarla a los ojos. El reloj de pared marcaba las ocho y media; en menos de una hora, toda la aldea estaría en la iglesia para mi boda con Carmen.
Carmen tenía apenas veintiséis años. La conocí en la feria de San Isidro, cuando vino con su madre desde un pueblo perdido de Extremadura buscando trabajo en la vendimia. Era alegre, con una risa contagiosa y una mirada limpia, pero también llevaba el peso de la necesidad en los hombros. Yo, Don Manuel, setenta años y dueño de las mejores tierras de la comarca manchega, vi en ella la última oportunidad para tener ese hijo varón que nunca llegó con mi difunta esposa, Rosario.
Mis tres hijas —Lucía, Pilar y Mercedes— ya estaban casadas y vivían en Madrid. Venían a verme los domingos, pero siempre con prisas y reproches velados: «Papá, vende la finca y ven a la ciudad», «Papá, ¿para qué quieres tanto terreno si ya no puedes ni arar?». No entendían que para mí la tierra era vida, y que sin un heredero varón todo acabaría en manos ajenas.
La boda fue sencilla pero emotiva. Los vecinos cuchicheaban: «¡Vaya con Don Manuel!», «Eso es querer agarrarse a la vida…». Carmen sonreía nerviosa mientras el cura nos daba la bendición. Yo sentía una mezcla de vergüenza y esperanza; ¿sería capaz de empezar de nuevo?
Esa noche, la casa olía a tomillo y a madera vieja. Carmen se sentó en el borde de la cama, jugando con el dobladillo del camisón. Yo me acerqué despacio, intentando no parecer torpe ni asustado. —No tienes por qué hacerlo si no quieres —le susurré—. Sé que esto es raro para ti.
Ella me miró con una ternura inesperada. —Don Manuel, yo… sólo quiero que sea fácil para los dos. Mi madre siempre dice que la vida es como una tortilla: hay que darle la vuelta cuando menos te lo esperas.
Reímos un poco, pero el silencio volvió a caer sobre nosotros como una losa. Afuera, los grillos cantaban y el viento movía las persianas. Me tumbé a su lado y le acaricié el pelo. De repente, sentí un dolor agudo en el pecho, como si un hierro candente me atravesara. Intenté incorporarme, pero todo se volvió borroso.
—¡Carmen! —alcancé a decir antes de desplomarme sobre las sábanas.
Desperté horas después en el hospital de Ciudad Real. Lucía estaba a mi lado, con los ojos rojos de tanto llorar. —Papá, has tenido un infarto. Si Carmen no hubiera llamado a emergencias tan rápido…
Miré al techo blanco y sentí una mezcla de alivio y derrota. Carmen entró en la habitación con un ramo de flores silvestres. Se acercó y me besó la frente.
—No te preocupes, Manuel. Lo importante es que sigues aquí —me dijo con voz suave.
Las semanas siguientes fueron un desfile de médicos, pastillas y visitas incómodas. Mis hijas discutían entre ellas sobre qué hacer conmigo: «Que venda todo y se venga a Madrid», «Que ponga la finca a nombre nuestro». Carmen cuidaba de mí con paciencia infinita, preparándome caldos y leyéndome el periódico.
Una tarde, mientras veíamos juntos el atardecer desde el porche, le pregunté:
—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?
Ella sonrió tristemente. —No lo sé aún. Pero aquí estoy, ¿no?
Me di cuenta entonces de que había buscado un hijo para perpetuar mi apellido y mi tierra, pero quizá lo que realmente necesitaba era alguien que me acompañara en mis últimos años.
Ahora me pregunto: ¿Cuántos sueños nos ciegan hasta el punto de no ver lo que tenemos delante? ¿Vale la pena sacrificarlo todo por una esperanza que quizá nunca llegue?