El secreto de la tormenta: Un reencuentro inesperado en la casa de los Ortega
—¡No entres ahí, Lucía! —gritó mi padre desde el pasillo, pero ya era tarde. El trueno retumbó tan fuerte que sentí cómo me temblaban hasta los huesos. Empujé la puerta de mi habitación y allí estaba ella, encorvada junto a mi cama, con la cara bañada en lágrimas y las manos temblorosas.
—¿Por qué lloras, Carmen? —pregunté, aunque en realidad ya sabía que algo iba mal. Carmen llevaba años trabajando en nuestra casa de las afueras de Salamanca, siempre discreta, siempre amable. Pero esa noche, bajo la luz intermitente de los relámpagos, parecía otra persona.
Mi padre entró detrás de mí, con el rostro desencajado. —Lucía, vete a la cocina. Ahora mismo.
Pero yo no me moví. Algo en el ambiente me decía que estaba a punto de descubrir un secreto demasiado grande para una chica de dieciséis años. Carmen levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. Había tanto dolor en su mirada que sentí un nudo en el estómago.
—No puedo más, don Manuel —susurró ella—. Ya no puedo seguir fingiendo.
Mi padre se llevó las manos a la cabeza. —Por favor, Carmen…
Pero ella negó con la cabeza y se acercó a mí. Me tomó las manos entre las suyas, ásperas por años de trabajo duro.
—Lucía… hay algo que tienes que saber. Yo… yo soy tu madre.
El mundo se detuvo. Sentí que me faltaba el aire. ¿Mi madre? ¿La mujer que había desaparecido cuando yo tenía apenas tres años? Siempre me dijeron que se había ido porque no podía soportar la vida con nosotros, que era demasiado joven y alocada para ser madre. Pero ahí estaba, delante de mí, con el rostro surcado por lágrimas y el corazón en la mano.
—¿Por qué? —fue lo único que pude decir.
Carmen se arrodilló ante mí. —Me fui porque tenía miedo. Porque cometí errores… errores muy graves. Me metí con gente peligrosa, Lucía. Pensé que si desaparecía, os protegería a ti y a tu padre. Pero nunca dejé de pensar en ti ni un solo día.
Mi padre se sentó en la cama, derrotado. —Intenté protegerte de todo esto, hija. Pensé que era lo mejor…
La lluvia golpeaba los cristales con fuerza. Afuera, el viento hacía crujir las ramas del viejo olivo del jardín. Dentro, el silencio era tan denso que costaba respirar.
—¿Y todo este tiempo…? —balbuceé— ¿Has estado aquí, conmigo?
Carmen asintió. —No podía irme lejos. Necesitaba verte crecer, aunque fuera desde la distancia. Cuando tu padre me ofreció trabajo aquí hace cinco años… no pude negarme. Era mi única forma de estar cerca de ti sin ponerte en peligro.
Me abracé a ella sin pensarlo. Sentí su cuerpo temblar bajo mis brazos y supe que decía la verdad. Lloramos juntas durante minutos eternos, mientras mi padre nos miraba con los ojos llenos de culpa y alivio a partes iguales.
Esa noche no dormimos. Hablamos hasta el amanecer: de su pasado, de sus miedos, de las amenazas que aún pesaban sobre ella y sobre nosotros. Mi padre confesó que siempre supo dónde estaba Carmen, pero nunca se atrevió a contarme la verdad por miedo a perderme también a mí.
La vida en España no es fácil para nadie, pero menos aún para quienes arrastran secretos tan pesados como piedras. Aquí las familias pueden ser un refugio o una cárcel; los vecinos lo saben todo y nada a la vez; y el qué dirán pesa más que una losa sobre nuestras cabezas.
A partir de esa noche, nada volvió a ser igual en casa de los Ortega. La verdad nos hizo libres, pero también nos obligó a enfrentarnos a nuestros propios fantasmas. Carmen sigue viviendo con nosotros, ya no como empleada sino como madre recuperada. A veces salimos juntas al mercado los sábados y nos reímos como si nunca hubiéramos estado separadas.
Pero hay días en los que el pasado vuelve como una sombra alargada y me pregunto: ¿seremos capaces algún día de perdonarnos del todo? ¿O hay heridas que ni el tiempo ni el amor pueden curar?