La bondad de Lucía y el niño hambriento ante la verja
—¡Por favor, señora, no me eche! —La voz temblorosa del niño atravesó la lluvia, colándose entre los barrotes de la verja como un susurro desesperado.
Me detuve en seco, con el paraguas goteando sobre mis zapatos viejos. Había salido a tirar la basura, pero aquel lamento me heló la sangre. Miré a ambos lados, temiendo que algún vecino curioso me viera hablar con un desconocido. Pero allí estaba él: un niño de unos ocho años, empapado hasta los huesos, con la cara sucia y los ojos grandes como platos. Temblaba, abrazando una mochila raída.
—¿Qué haces aquí, chiquillo? —le pregunté en voz baja, acercándome a la verja.
—Tengo hambre… No he comido desde ayer —susurró, bajando la mirada.
Sentí un nudo en el estómago. En esta casa de La Moraleja, donde trabajo desde hace años para los señores García, nunca falta de nada. Los niños de la familia dejan medio plato de croquetas porque no les apetece más, y yo, Lucía, recojo las sobras en silencio. Pero fuera de estas paredes, la vida es otra cosa.
—Espera aquí —le dije, mirando hacia la casa para asegurarme de que nadie me veía.
Corrí a la cocina y rebusqué entre los tuppers. Cogí un bocadillo de jamón que había sobrado del almuerzo y una manzana. Volví corriendo bajo la lluvia y se lo pasé por debajo de la verja.
—Toma, come despacio —le susurré—. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Samuel —respondió entre mordiscos—. Mi madre está enferma y no tenemos dinero para comer…
Me mordí el labio. Recordé mi infancia en un pueblo de Extremadura, cuando mi madre también luchaba por sacar adelante a tres hijos con lo justo. En España decimos que nadie pasa hambre, pero yo sé que no es verdad. Hay mucha gente que lo pasa mal, aunque no se vea desde las ventanas de las casas grandes.
—¿Dónde vives?
—En el bloque viejo, al final de la calle. Mi madre no puede levantarse hoy…
El corazón me latía a mil. Sabía que si los señores se enteraban de que estaba ayudando a un desconocido, me echarían sin pensarlo. Pero no podía dejarle ahí.
—Mira, Samuel —le dije con voz firme—. Mañana te traeré algo más de comida. Pero prométeme que no te acercarás a la verja cuando estén los dueños en casa. ¿Vale?
Asintió con fuerza, devorando el bocadillo como si fuera el mejor manjar del mundo.
Esa noche apenas dormí. Me debatía entre el miedo a perder mi trabajo y la necesidad de ayudar a ese niño. Recordé las palabras de mi abuela: “Haz el bien y no mires a quién”.
Al día siguiente, preparé un paquete con leche, pan y algo de fruta. Salí temprano y busqué a Samuel cerca del bloque viejo. Llamé a una puerta desvencijada y me abrió una mujer pálida, con ojeras profundas.
—¿Es usted la madre de Samuel? —pregunté con timidez.
Ella asintió y rompió a llorar al ver la bolsa de comida.
—No sé cómo agradecerle… —balbuceó—. Aquí nadie ayuda ya a nadie.
La abracé sin pensarlo. En ese momento sentí que hacía lo correcto, aunque fuera arriesgado.
Durante semanas seguí ayudando a Samuel y a su madre en secreto. A veces les llevaba ropa vieja de mis hijos o medicinas que conseguía en la farmacia del barrio. Cada vez que veía a Samuel sonreír, sentía que el mundo era un poco menos injusto.
Pero un día, la señora García me sorprendió saliendo con una bolsa grande al amanecer.
—¿A dónde vas tan temprano, Lucía? —me preguntó con esa voz fría que pone cuando sospecha algo.
Me quedé helada. Dudé unos segundos y luego le conté toda la verdad. No podía mentirle más.
Para mi sorpresa, guardó silencio unos segundos y luego suspiró:
—En tiempos difíciles todos necesitamos ayuda… No te despido, pero esto queda entre nosotras. Y toma —me dio un billete de cincuenta euros—. Compra algo más para ese niño.
Sentí un alivio inmenso y una gratitud infinita. A veces creemos que los corazones ricos son fríos, pero hasta en las casas más grandes puede haber compasión.
Ahora Samuel y su madre están mejor; ella ha encontrado trabajo limpiando portales y él va al colegio cada día con una sonrisa nueva.
A veces me pregunto: ¿Cuántos niños como Samuel habrá tras las verjas de nuestras ciudades? ¿Y cuántos corazones dispuestos a escuchar su llanto? ¿Tú qué habrías hecho en mi lugar?