El grito en Urgencias: “Por favor, escondednos”
—¡Por favor, escondednos!— gritó el niño, jadeando, con la voz rota por el miedo y los pies descalzos manchados de sangre y polvo. El silencio de la sala de Urgencias del Hospital General de Almería se quebró como un vaso caído al suelo. Eran las dos y media de la madrugada y el calor pegajoso del Levante apenas daba tregua ni siquiera dentro del hospital.
Yo estaba de guardia esa noche. Me quedé paralizada unos segundos, viendo cómo ese chaval, que no tendría más de diez años, abrazaba a una niña más pequeña, quizá su hermana. Sus ojos, enormes y oscuros, suplicaban algo más que atención médica. Suplicaban protección.
—¿Qué ha pasado, cariño?— pregunté, agachándome a su altura.
—No podemos volver a casa. Por favor, no dejéis que nos encuentren —sollozó el niño, apretando aún más fuerte a la niña, que temblaba como un pajarillo mojado.
En ese momento, sentí un nudo en el estómago. No era la primera vez que veía casos duros en Urgencias, pero había algo en la mirada de esos niños que me heló la sangre. Llamé a mi compañera Carmen y juntas los llevamos a una sala apartada. Mientras les limpiábamos las heridas y les dábamos agua, intenté sonsacarles algo más.
—¿Cómo os llamáis?—
—Yo soy Lucas y ella es Marta —respondió él, con voz baja.
—¿Dónde están vuestros padres?
Lucas bajó la cabeza y murmuró:
—No son como los demás padres…
Carmen me miró de reojo. En Andalucía todos nos conocemos, o eso creemos. Pero hay secretos que ni el sol logra iluminar.
Mientras tanto, en recepción, un hombre gritaba fuera de sí:
—¡Mis hijos! ¡Han desaparecido! ¡Alguien tiene que ayudarme!
La policía llegó poco después. El comisario Ramiro, curtido en mil batallas, entró con paso firme pero el rostro sombrío. Cuando le contamos lo que había pasado, frunció el ceño y ordenó que nadie se acercara a los niños sin su permiso.
La investigación fue rápida y brutal. Descubrieron que Lucas y Marta vivían en una casa a las afueras del pueblo, en un cortijo medio derruido. Los vecinos decían que apenas los veían salir y que el padre era un hombre huraño, siempre con una botella en la mano y la voz demasiado alta para hablar con niños.
Lo que encontraron dentro de aquella casa heló la sangre incluso al propio comisario: colchones sucios en el suelo, comida podrida, cadenas oxidadas atadas a una cama infantil. Fotografías rotas y dibujos infantiles cubrían las paredes como un grito mudo.
La noticia corrió como la pólvora por todo el barrio. En el bar de la esquina se formaron corros de vecinos murmurando:
—¡Madre mía, quién lo iba a decir! Si parecía un hombre normal…
—En este país ya no se puede fiar uno ni del vecino…
Pero también hubo quienes se volcaron con los niños. Doña Pilar, la vecina del tercero, les llevó ropa limpia y dulces caseros. El hospital se llenó de peluches y cartas anónimas con palabras de ánimo.
Lucas tardó días en hablar otra vez. Marta no soltaba mi mano ni para dormir. Yo misma me preguntaba cómo era posible que algo así ocurriera tan cerca de nosotros, entre nuestras propias calles blancas y plazas llenas de risas.
El padre fue detenido y la madre —una sombra asustada— ingresada en psiquiatría. La policía reconoció que nunca habían visto algo tan duro en años.
Ahora, meses después, Lucas y Marta viven con una familia de acogida. A veces vienen a visitarnos al hospital. Han vuelto a sonreír, aunque sus ojos guardan todavía un poso de tristeza difícil de borrar.
A veces me pregunto: ¿Cuántos Lucas y Marta habrá todavía escondidos tras las persianas bajadas? ¿Y si todos mirásemos un poco más allá de lo que queremos ver?