«No te cases, Lucía»: La huida de una novia del control familiar en Madrid
—¡Lucía, por favor, no te pongas ese vestido!— gritó Carmen desde el salón, mientras yo me miraba al espejo con el corazón encogido. Era la tercera vez esa semana que mi futura suegra criticaba mis decisiones. Ni siquiera era mi madre, pero sentía que tenía más poder sobre mí que nadie en este mundo.
El reloj marcaba las siete de la mañana y ya llevaba dos horas despierta, repasando mentalmente la lista interminable de tareas para la boda. Mi madre, Pilar, intentaba animarme desde la cocina: —Cariño, si no estás segura, aún estás a tiempo—. Pero yo solo podía pensar en lo que diría la familia de Álvaro si me echaba atrás ahora. En Madrid, las bodas son un acontecimiento social, y la nuestra parecía más una función teatral que una celebración de amor.
La familia de Álvaro era de esas que lo controlan todo: desde el menú del banquete hasta el color de las flores. Su hermana, Marta, había decidido que las damas de honor debían llevar azul celeste porque “da suerte”, y su padre, don Ernesto, había impuesto una lista de invitados que ni siquiera conocía. Yo solo asentía, tragando mis propias opiniones como si fueran pastillas amargas.
Una tarde, mientras tomábamos café en la terraza de la Plaza Mayor, intenté hablar con Álvaro:
—¿No crees que tu familia se está metiendo demasiado?
Él suspiró y apartó la mirada.—Lucía, sabes cómo son… Si no les dejamos hacer las cosas a su manera, se enfadan. Además, es solo un día.
—¿Solo un día?— respondí con voz temblorosa.—¿Y si ese día marca el resto de mi vida?
Álvaro me cogió la mano, pero sentí que su gesto era más una orden de calma que una muestra de cariño. Me sentí sola en medio del bullicio madrileño, rodeada de turistas y palomas, pero aislada en mi propio drama.
Las semanas pasaban y mi ansiedad crecía. Cada vez que intentaba tomar una decisión sobre la boda, Carmen intervenía: “Eso no es tradicional”, “En nuestra familia siempre se ha hecho así”, “Piensa en lo que dirán los vecinos”. Empecé a soñar con mi abuela Rosario, que siempre decía: “Lucía, nunca dejes que nadie apague tu luz”. Pero mi luz se estaba apagando poco a poco.
Una noche, después de una discusión por el tipo de música para el baile, me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Mi madre llamó a la puerta:
—Hija, ¿de verdad quieres casarte así?
No supe qué responderle. ¿Quería casarme con Álvaro o con su familia? ¿Dónde quedaba yo en todo esto?
El día de la prueba del vestido fue el colmo. Carmen llegó media hora antes y empezó a criticarlo todo: “Ese escote es demasiado atrevido”, “¿No tienes otro peinado?”, “En nuestra familia las novias llevan velo largo”. Sentí cómo me ahogaba bajo el peso de sus expectativas.
Esa noche, salí a caminar por el Retiro. El aire fresco me ayudó a pensar. Vi a una pareja mayor cogida de la mano y sentí una punzada de envidia. ¿Sería yo capaz de llegar a vieja con Álvaro si todo empezaba así?
Al volver a casa, encontré a mi padre leyendo el periódico. Me miró por encima de las gafas y dijo:
—Lucía, la vida es demasiado corta para vivirla según los deseos de otros.
Sus palabras me golpearon como un jarro de agua fría. Me fui a la cama y no pegué ojo en toda la noche.
Al día siguiente, decidí hablar con Álvaro seriamente. Nos citamos en nuestro café favorito en Malasaña.
—Álvaro, necesito que me escuches sin interrumpir— le pedí.
Él asintió, aunque noté su incomodidad.
—Siento que estoy desapareciendo entre las decisiones de tu familia. No puedo seguir así. Quiero casarme contigo, pero no a cualquier precio. Si esto sigue igual… no puedo hacerlo.
Álvaro se quedó callado unos segundos eternos.—¿Estás diciendo que vas a cancelar la boda?
—Estoy diciendo que necesito sentirme yo misma en mi propia boda. Si eso no es posible… sí, prefiero cancelarla.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula. —Mi familia solo quiere lo mejor para nosotros.
—¿Y yo? ¿No cuenta lo que yo quiero?— respondí casi gritando.
La conversación terminó sin acuerdo. Me fui a casa con el corazón roto pero con una extraña sensación de alivio.
Esa noche soñé con mi infancia en el pueblo de Segovia, corriendo libre entre los campos de trigo. Al despertar supe lo que tenía que hacer.
Llamé a mi madre y le pedí ayuda para recoger mis cosas del piso que compartía con Álvaro. Cuando Carmen llamó para preguntar por los últimos detalles del menú, le dije con voz firme:
—No habrá boda.
El silencio al otro lado del teléfono fue sepulcral.
Pasaron semanas difíciles. Recibí mensajes de amigos comunes preguntando si estaba loca. Mi tía Mercedes me dijo: “En esta familia nunca nadie ha dejado plantado a un novio”. Pero por primera vez en mucho tiempo sentí paz.
Hoy escribo esto desde una cafetería pequeña cerca del Parque del Oeste. He vuelto a estudiar y he recuperado amistades perdidas durante los meses de preparativos. A veces me pregunto si fui demasiado radical o si debí luchar más por Álvaro. Pero cuando respiro hondo y siento mi libertad recuperada, sé que tomé la decisión correcta.
¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por complacer a los demás? ¿Cuántas Lucías hay ahora mismo atrapadas en bodas que no son suyas? ¿Y tú… te atreverías a romper con todo antes de perderte a ti misma?