«Solo es familia, ¿no?» – Cuando una simple petición lo cambió todo

—Marta, solo es una tarde, anda, que eres su tía —me suplicó Lucía al otro lado del teléfono, con esa voz suya que mezcla dulzura y chantaje emocional.

Miré el reloj. Eran las seis y media de la tarde de un miércoles cualquiera en Madrid. Yo acababa de llegar del trabajo, agotada, con la cabeza llena de informes y la nevera medio vacía. Pero Lucía insistía:

—Por favor, Marta, solo un par de horas. Tengo la reunión esa del cole y no llego a tiempo si llevo a Nico conmigo. Además, tú siempre tienes algún sandwich por ahí para él…

Respiré hondo. ¿Cómo decirle que no? Al fin y al cabo, es mi hermana. Y Nico, mi sobrino favorito. Pero algo dentro de mí se removió. No era la primera vez. Ni la segunda. Ni la décima. Desde que Lucía se separó de Sergio, parecía que yo era su red de seguridad para todo: recoger a Nico, hacerle la compra, escuchar sus dramas…

—Vale, tráelo —cedí, aunque mi voz sonó más cansada de lo que pretendía.

Colgué y me senté en el sofá, mirando el techo. ¿Por qué siempre era yo? ¿Por qué nadie preguntaba si yo podía, si yo quería? Mi madre siempre decía: «La familia está para ayudarse». Pero últimamente sentía que la familia era solo yo.

A los veinte minutos, Lucía llegó con Nico. Ni siquiera entró. Me pasó la mochila y me lanzó un beso al aire.

—Gracias, hermana. Te debo una —dijo antes de desaparecer escaleras abajo.

Nico se tiró en el suelo con sus coches. Yo fui a la cocina y abrí el frigorífico: un yogur caducado y un trozo de queso seco. Suspiré. Preparé un sandwich improvisado con pan de molde y tomate frito.

—Tita, ¿puedo ver dibujos? —preguntó Nico con esa carita que desarma.

—Claro, cariño —le respondí, aunque lo único que quería era meterme en la cama y olvidarme del mundo.

Las horas pasaron lentas. Lucía no volvía. A las nueve y media le escribí un mensaje: «¿Vas a tardar mucho más?». No contestó hasta las diez y cuarto: «Perdona, se ha alargado todo. Llego en 15 minutos».

Cuando por fin apareció, ni siquiera me miró a los ojos.

—Ay, Marta, eres un sol. No sé qué haría sin ti —dijo mientras recogía a Nico dormido en brazos.

Cerré la puerta y sentí una punzada en el pecho. No era solo cansancio físico; era rabia, tristeza… ¿invisibilidad?

Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Mi compañera Ana me miró preocupada:

—¿Te pasa algo?

Le conté lo sucedido y ella soltó una carcajada amarga:

—Eso pasa por ser la hermana responsable. Si fueras como mi hermano Luis, que nunca está disponible para nada…

Me reí por compromiso, pero algo hizo clic en mi cabeza. ¿Y si yo también aprendía a decir que no?

Esa misma tarde recibí otro mensaje de Lucía: «¿Puedes quedarte con Nico el sábado? Tengo una cita importante».

Miré el móvil durante minutos. Las palabras bailaban ante mis ojos. Sentí una mezcla de culpa y liberación cuando escribí: «Lo siento, este sábado no puedo».

La respuesta fue inmediata:

—¿En serio? ¿Qué tienes tan importante? Es solo una tarde…

Me temblaron las manos. ¿Por qué tenía que justificarme? ¿Por qué mi tiempo valía menos?

Esa noche llamé a mi madre para desahogarme.

—Mamá, estoy cansada de ser siempre la que resuelve todo. Lucía nunca pregunta si puedo o si quiero…

Mi madre suspiró al otro lado:

—Hija, ya sabes cómo es tu hermana… Siempre ha sido más dependiente. Tú eres fuerte.

—Pero también me canso —dije casi en un susurro.

Hubo un silencio incómodo.

—Quizá deberías hablarlo con ella —sugirió mi madre finalmente.

El domingo por la tarde invité a Lucía a tomar un café en casa. Llegó con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó nada más sentarse.

Respiré hondo.

—Lucía, necesito que entiendas que yo también tengo vida. Que no siempre puedo estar disponible para ti y para Nico. Me encanta ayudaros, pero últimamente siento que se da por hecho que voy a estar ahí siempre…

Ella me miró sorprendida.

—¿Esto viene por lo del sábado? Marta, eres su tía…

—Sí, soy su tía, pero también soy persona. Y necesito tiempo para mí —le respondí con voz firme.

Lucía se quedó callada unos segundos.

—No sabía que te sentías así… Pensé que te gustaba pasar tiempo con él.

—Me encanta estar con Nico —le aclaré—, pero no quiero sentirme obligada ni invisible.

Por primera vez en mucho tiempo vi a mi hermana dudar.

—Perdona… No me había dado cuenta —admitió bajando la mirada.

Nos quedamos en silencio largo rato. Afuera llovía y el sonido de las gotas contra el cristal parecía marcar el ritmo de nuestros pensamientos.

Desde aquel día las cosas cambiaron poco a poco. Lucía empezó a preguntar antes de dar por hecho mi disponibilidad. Mi madre también se ofreció alguna vez para cuidar a Nico. Y yo aprendí a poner límites sin sentirme culpable.

A veces me pregunto por qué nos cuesta tanto decir lo que sentimos en familia. ¿Por qué nos callamos hasta explotar? ¿Cuántas veces hemos hecho cosas solo porque «es lo que se espera»?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que vuestra familia da por hecho vuestro tiempo o vuestra ayuda? ¿Dónde ponéis vosotros los límites?