El brindis envenenado: secretos bajo la mesa

—¿Por qué tiemblas, Clara? —me preguntó mi madre al verme palidecer, mientras la luz cálida del comedor apenas lograba suavizar la tensión que sentía en el estómago.

No podía responderle. No podía decirle que acababa de ver a Tomás, mi marido desde hace quince años, deslizar algo en mi copa de cava justo antes del brindis. El salón estaba lleno de risas y música, con la familia reunida para celebrar nuestro aniversario. Pero yo solo escuchaba el latido furioso de mi corazón.

Tomás levantó su copa. —Por nosotros —dijo, mirándome a los ojos con esa sonrisa que antes me hacía sentir segura y ahora me helaba la sangre.

Yo levanté la mía, pero mis dedos temblaban. Vi cómo Lucía, su hermana, charlaba distraída con su marido, sin prestar atención a las copas alineadas sobre la mesa. Aproveché un instante en que todos miraban hacia el abuelo, que contaba una de sus historias interminables sobre la Guerra Civil, y cambié mi copa por la de Lucía. Nadie lo notó. Nadie excepto yo, que sentía que el mundo se desmoronaba bajo mis pies.

—¿Estás bien? —me susurró Lucía al notar mi inquietud.

—Sí, solo un poco mareada —mentí, apartando la mirada.

El brindis siguió. Todos bebieron. Yo apenas mojé los labios. Lucía bebió un sorbo largo y sonrió, ajena al peligro. Durante unos minutos no ocurrió nada. Empecé a pensar que quizá me había equivocado, que era una paranoia más alimentada por meses de discusiones y silencios en casa.

Pero entonces Lucía dejó caer la copa. El cristal se rompió contra el suelo y ella se llevó las manos al cuello, tosiendo y jadeando. El salón se llenó de gritos. Tomás se levantó de un salto, pálido como un muerto.

—¡Lucía! ¿Qué te pasa? —gritó mi suegra.

Yo no podía moverme. Sentí que me ahogaba en mi propio miedo. Vi cómo Tomás intentaba ayudar a su hermana, pero sus manos temblaban tanto como las mías. Alguien llamó a una ambulancia. En cuestión de minutos, Lucía fue llevada al hospital.

La fiesta terminó en un caos absoluto. Mi suegra lloraba desconsolada. Mi cuñado me miraba con desconfianza. Nadie entendía nada. Nadie excepto yo.

Esa noche, cuando volvimos a casa, Tomás no dijo ni una palabra. Yo tampoco podía hablar. Me encerré en el baño y vomité hasta quedarme vacía. ¿Qué había hecho? ¿Había salvado mi vida o condenado a Lucía?

Al día siguiente, la policía vino a casa. Habían encontrado restos de benzodiacepinas en la copa de Lucía. No era suficiente para matarla, pero sí para dejarla inconsciente durante horas. Tomás fue interrogado. Yo también.

—¿Notó algo extraño durante la cena? —me preguntó el inspector García, un hombre de rostro duro y voz suave.

—No… solo que Lucía parecía cansada —mentí otra vez.

Tomás negó haber puesto nada en ninguna copa. Dijo que era imposible, que alguien debía haberlo hecho para incriminarle. Pero yo recordaba perfectamente el gesto de su mano, el frasco diminuto que guardó rápidamente en el bolsillo.

Durante días viví en una pesadilla. La familia se dividió en bandos: los que defendían a Tomás y los que sospechaban de él. Mi suegra dejó de hablarme; decía que yo había traído la desgracia a la familia desde el principio.

Una tarde, mientras recogía los platos del desayuno, mi hija Marta me miró fijamente:

—Mamá… ¿Papá hizo algo malo?

No supe qué responderle. ¿Cómo explicar a una niña de diez años que su padre podía ser capaz de hacer daño a alguien? ¿Cómo explicarme a mí misma que había compartido mi vida con un hombre al que ya no reconocía?

Las semanas pasaron y Lucía se recuperó lentamente. Pero la herida en la familia era profunda. Tomás fue absuelto por falta de pruebas; nadie pudo demostrar nada. Pero entre nosotros dos ya no quedaba nada más que silencio y desconfianza.

Una noche, incapaz de dormir, bajé a la cocina y encontré a Tomás sentado a oscuras, con una copa en la mano.

—¿Por qué lo hiciste? —le pregunté sin rodeos.

Él no respondió enseguida. Se limitó a mirar el líquido dorado de su copa como si buscara respuestas allí dentro.

—No lo entenderías —susurró al fin—. Todo se fue torciendo… El trabajo, las deudas… Pensé que si te dormías temprano podría…

Se detuvo. No terminó la frase. Yo tampoco quise oírla entera.

—¿Y Lucía? ¿Qué culpa tenía ella?

Tomás se echó a llorar como un niño perdido. En ese momento sentí pena por él, pero también un odio frío y seco que me recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica.

Al día siguiente hice las maletas y me fui con Marta a casa de mis padres en Alcalá de Henares. No volví a mirar atrás.

La familia nunca volvió a ser la misma. Mi suegra me culpó siempre de haber destrozado todo; mi cuñado dejó de hablarme; incluso algunos amigos comunes se alejaron poco a poco.

Pero yo sabía que había hecho lo correcto. Había protegido mi vida y la de mi hija, aunque el precio fuera quedarme sola y convertirme en el blanco de todas las sospechas y habladurías del barrio.

A veces me pregunto si podría haber hecho algo diferente; si debería haber confiado más en Tomás o haber hablado antes con alguien sobre mis sospechas. Pero cuando veo dormir a Marta tranquila cada noche, sé que tomé la única decisión posible.

Ahora vivo con el peso de ese brindis envenenado sobre mis hombros. Cada vez que escucho el tintinear de las copas en una celebración familiar siento un escalofrío recorrerme la espalda.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar por protegernos? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar para salvarnos del peligro más cercano: aquel que duerme a nuestro lado cada noche?