A los 57 años, me casé de nuevo con mi primer amor: la noche de bodas descubrí un secreto inesperado
—¿De verdad crees que esto es buena idea, Carmen? —La voz de mi hija Lucía retumbaba en el pasillo, justo antes de entrar al salón donde los invitados esperaban el brindis.
—Lucía, hija, no empieces ahora —le respondí en voz baja, apretando el ramo con fuerza—. Hoy es mi día. ¿No puedes alegrarte por mí?
Ella suspiró, cruzando los brazos. —Solo quiero que seas feliz, mamá. Pero… ¿volver con Javier después de tantos años? No sé, me parece raro.
La miré a los ojos, buscando en su mirada el reflejo de mis propias dudas. Pero no podía permitirme flaquear. No hoy. No después de todo lo que había pasado.
La música sonaba suave en la casa familiar de Toledo, donde las paredes guardaban los ecos de risas y lágrimas. Había pasado ocho años desde que mi primer marido, Antonio, falleció tras una larga enfermedad. Ocho años de silencio, de rutinas grises y domingos eternos frente al televisor. Hasta que Javier apareció de nuevo en mi vida, como un soplo de aire fresco.
Nos conocimos cuando éramos adolescentes en el instituto del barrio. Él era el chico rebelde que tocaba la guitarra en las fiestas del pueblo; yo, la chica aplicada que soñaba con viajar a Granada. Nos enamoramos con esa intensidad ingenua que solo se vive una vez. Pero la vida nos separó: él se fue a Barcelona a buscarse la vida y yo me quedé aquí, casándome con Antonio y formando una familia.
El reencuentro fue casual, en la cola de la panadería. Me reconoció al instante y me invitó a tomar un café. Desde entonces, todo fue como volver a respirar después de años bajo el agua.
La boda fue sencilla pero emotiva. Mis nietos correteaban entre las mesas mientras los amigos de toda la vida brindaban por nosotros. Javier me miraba con esos ojos llenos de promesas y yo sentía que el corazón me latía como si tuviera veinte años.
Pero la noche de bodas… Ay, la noche de bodas fue otra historia.
Subimos al dormitorio entre risas nerviosas y bromas sobre lo mayores que estábamos para estas cosas. Cerré la puerta y me acerqué a él, temblando como una chiquilla. Empecé a desabotonarle la camisa mientras él me acariciaba el pelo.
—¿Te acuerdas de aquella vez en las fiestas del pueblo? —me susurró al oído— Cuando nos escondimos detrás del escenario…
Reí, sintiendo cómo se desvanecían los años entre nosotros. Pero al quitarle la camisa, vi algo que me dejó helada: una cicatriz larga y reciente en su costado derecho.
—¿Qué es esto? —pregunté, tocando la marca con dedos temblorosos.
Javier apartó la mirada, incómodo. —Nada, una tontería… Un accidente hace unos meses.
—No me mientas —insistí—. ¿Qué ha pasado?
Se sentó en la cama y suspiró profundamente. —Carmen… Hay algo que no te he contado. Cuando volví a Toledo no fue solo por ti. Me diagnosticaron un problema en el corazón hace un año. Me operaron en Barcelona y… bueno, no sabía si iba a salir adelante. Por eso quise buscarte. Si algo me pasaba, quería verte una vez más.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Todo el miedo a perder otra vez a alguien que amaba volvió como una ola fría.
—¿Y ahora? ¿Estás bien? —pregunté casi sin voz.
—Estoy mejor —me aseguró—. Pero no sé cuánto tiempo tengo ni cómo irá todo. Solo sé que quiero vivir lo que me quede contigo.
Me senté a su lado y le abracé fuerte, como si pudiera protegerle del tiempo y del destino.
—No me importa lo que venga —le susurré—. Ya he aprendido que la vida no espera a nadie. Si hay que luchar juntos, lucharemos.
Esa noche no hubo pasión desbordada ni promesas eternas. Solo dos almas cansadas encontrándose de nuevo en medio del miedo y la esperanza. Nos dormimos abrazados, escuchando el murmullo lejano de las campanas del pueblo.
Al día siguiente, mientras desayunábamos churros con chocolate en la terraza, Lucía se acercó y nos miró con ojos nuevos.
—Mamá… Javier… Quizá sí tenéis derecho a ser felices —dijo al fin—. Yo también quiero aprender a vivir sin miedo.
Y así empezó nuestra nueva vida: entre visitas al médico, paseos por el parque y cenas familiares donde las risas volvían a llenar la casa.
A veces me pregunto si merece la pena arriesgarse al dolor por un poco más de felicidad. ¿Vosotros qué haríais? ¿Os atreveríais a amar otra vez aunque supierais que puede doler?