El acantilado de la traición: Cuando la sangre duele más que las heridas
—¡No me toques! ¡No quiero volver a veros nunca más! —gritó Lucía, con los ojos llenos de rabia y lágrimas, mientras el viento del Cantábrico nos azotaba en lo alto del acantilado.
—Lucía, por favor, hija, cálmate —intenté acercarme, pero su mirada era como un puñal.
—¡Siempre igual! ¡Nunca me escucháis! —y entonces, en un segundo que se hizo eterno, sentí sus manos empujándonos a Pedro y a mí. El mundo se volvió un torbellino de aire y gritos. Caímos.
El golpe contra las rocas fue brutal. El dolor me atravesó como un rayo. Todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo pasó hasta que abrí los ojos. El olor a salitre y sangre me llenaba la boca. No podía moverme. Sentí la mano de Pedro apretando la mía.
—No te muevas… finge que estás muerta —susurró con voz temblorosa, apenas audible.
El miedo me paralizó más que el dolor. Escuché pasos arriba, piedras cayendo, y la voz de Lucía, ahogada por el viento y la distancia:
—¿Están muertos? ¿De verdad lo he hecho?
Pedro apretó mi mano con más fuerza. El corazón me latía tan fuerte que pensé que Lucía podría oírlo desde arriba. Cerré los ojos y recé como no lo había hecho desde niña, cuando mi abuela me llevaba a misa en el pueblo.
Recordé entonces los domingos de paella en casa, las risas de Lucía de pequeña, su primer día de colegio, las discusiones por tonterías… ¿En qué momento se rompió todo? ¿Cuándo dejamos de entendernos?
El silencio se hizo eterno. Oí cómo Lucía bajaba por el sendero, sus pasos inseguros sobre las piedras. Pedro apenas respiraba. Yo sentía la sangre caliente corriéndome por la pierna rota.
—Mamá… Papá… —la voz de Lucía era ahora un susurro roto—. ¿Por qué me habéis obligado a esto?
No pude evitar que una lágrima se deslizara por mi mejilla. Quise gritarle que la perdonaba, que todo podía arreglarse, pero Pedro me apretó la mano aún más fuerte.
Lucía se acercó tanto que pude oler su perfume barato, ese que le regalé en Reyes. Se agachó junto a nosotros y noté su respiración acelerada.
—Lo siento… lo siento… —repetía una y otra vez, como si eso pudiera borrar lo que había hecho.
De repente, escuchamos voces lejanas: unos senderistas se acercaban por el camino. Lucía se levantó de un salto y salió corriendo entre los matorrales.
Pedro soltó un gemido ahogado y yo abrí los ojos del todo. Los excursionistas nos vieron y corrieron a ayudarnos. Llamaron al 112 y pronto llegaron los bomberos y la Guardia Civil.
En el hospital de Oviedo, entre el dolor y la morfina, la realidad me golpeó con toda su crudeza: nuestra hija nos había intentado matar. Pedro lloraba en silencio cada noche. Yo no podía dejar de preguntarme qué habíamos hecho mal.
La familia vino a vernos: mi hermana Carmen trajo croquetas caseras y mi madre rezaba rosarios por Lucía. Nadie entendía nada. En el pueblo, las vecinas cuchicheaban detrás de las cortinas: «Eso les pasa por consentirla tanto», decían unas; «Pobre muchacha, seguro que estaba desesperada», decían otras.
La Guardia Civil encontró a Lucía dos días después en una pensión barata en Gijón. Cuando vino a vernos al hospital, no pude mirarla a los ojos. Ella lloraba, suplicando perdón, pero yo solo sentía un vacío inmenso donde antes estaba mi corazón de madre.
Ahora, meses después, sigo preguntándome si alguna vez podré perdonarla. ¿Puede una madre dejar de amar a su hija después de algo así? ¿O el amor es tan terco como para sobrevivir incluso a la peor traición?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede reconstruir una familia después de caer al vacío?