“Mis suegros ricos no quieren ayudarnos con la entrada del piso”: ¿Qué clase de abuelos son esos?

—¿De verdad no podéis echarnos una mano? —la voz de Marcos temblaba, y yo, sentada a su lado en el sofá de cuero frío, sentía cómo la tensión me subía por la garganta.

Su madre, Carmen, ni siquiera levantó la vista del móvil. Su padre, Don Manuel, se limitó a encogerse de hombros y a mirar por la ventana del salón, desde donde se veía el jardín perfectamente cuidado de su chalet en Pozuelo.

—No es cuestión de poder, hijo. Es cuestión de principios —dijo finalmente Don Manuel, con esa voz grave que siempre me había intimidado.

Yo apreté la mano de Marcos bajo la mesa. Habíamos venido hasta aquí, después de semanas de darle vueltas, para pedirles ayuda con la entrada del piso que habíamos encontrado en Carabanchel. No era gran cosa, pero era nuestro sueño: dejar de pagar alquiler y construir algo propio. Mis padres nunca habrían podido ayudarnos; mi madre, Rosario, aún trabaja limpiando casas y mi padre lleva años en paro. Pero los padres de Marcos… ellos sí podían. Y sin embargo, no querían.

—¿Principios? —Marcos repitió la palabra como si le supiera amarga—. ¿Qué principios son esos que os impiden ayudar a vuestro propio hijo?

Carmen suspiró, como si estuviera cansada de tener que explicarse ante nosotros.

—No queremos que os acomodéis. Nosotros empezamos desde cero. Si os damos todo hecho, nunca aprenderéis el valor del esfuerzo.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Acaso no llevábamos años esforzándonos? Yo trabajaba en una tienda de ropa en Gran Vía, haciendo turnos partidos y doblando camisas hasta que me dolían las manos. Marcos era profesor interino y cada septiembre temblábamos esperando si le renovarían o no. Habíamos ahorrado cada euro, renunciado a vacaciones, cenas fuera y hasta al cine. Pero Madrid es Madrid y los precios suben más rápido que nuestros sueldos.

—No queremos que nos regaléis nada —intenté intervenir—. Solo os pedimos un préstamo, algo que podamos devolveros poco a poco…

Don Manuel me cortó con un gesto seco.

—No es cuestión de dinero, Lucía. Es cuestión de educación. Si os ayudamos ahora, mañana vendréis pidiendo más.

Me mordí el labio para no llorar delante de ellos. Sentí rabia, impotencia y una tristeza profunda. No era solo el dinero; era la sensación de que no les importábamos lo suficiente como para confiar en nosotros.

Salimos del chalet en silencio. Marcos conducía apretando el volante con fuerza, los nudillos blancos. Yo miraba por la ventanilla las casas enormes, los coches caros aparcados en las puertas.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo de repente—. Que ni siquiera me sorprende. Siempre han sido así.

No supe qué decirle. Pensé en mi madre, en cómo se desvivía por ayudarme aunque no tuviera nada. En las veces que me había dado los últimos veinte euros para que pudiera llegar a fin de mes cuando estudiaba en la universidad.

Esa noche cenamos en silencio. El piso que habíamos visto se nos escapaba; alguien más había hecho una oferta al contado. Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas.

Los días siguientes fueron una mezcla de resignación y rabia. En el trabajo intenté no pensar demasiado en ello, pero cada vez que veía a una pareja joven hablando de mudanzas o reformas sentía una punzada de envidia.

Un domingo fuimos a casa de mis padres en Vallecas. Mi madre nos recibió con su sonrisa cansada y una tortilla recién hecha.

—¿Qué os pasa? —preguntó enseguida—. Tenéis mala cara.

Marcos intentó disimular, pero mi madre es lista y enseguida se enteró de todo.

—No te preocupes, hija —me dijo mientras fregaba los platos—. Vosotros valéis mucho más que todo ese dinero junto. Ya saldrá otra oportunidad.

Su abrazo fue lo único que me sostuvo esa semana.

Pero la herida seguía ahí. Empezaron las discusiones entre Marcos y yo: él se sentía humillado por sus padres; yo me sentía rechazada por una familia que nunca me había aceptado del todo por ser “de barrio”.

Una tarde recibí un mensaje inesperado de Carmen: “Venid a cenar este viernes”. Dudé si ir o no, pero Marcos insistió; quizá querían recapacitar.

La cena fue tensa desde el principio. Carmen había preparado una mesa impecable, pero el ambiente era gélido.

—He estado pensando —dijo Don Manuel mientras cortaba el solomillo—. Si tanto os interesa tener casa propia, quizá deberíais buscar algo fuera de Madrid. En Toledo o Guadalajara los precios son más razonables.

Marcos dejó el tenedor con un golpe seco.

—¿Y nuestros trabajos? ¿Nuestra vida aquí? No es tan fácil como mudarse sin más.

Carmen se encogió de hombros.

—A veces hay que sacrificar cosas para avanzar.

Salimos de allí más rotos que nunca. Esa noche discutimos hasta la madrugada; Marcos defendía a sus padres diciendo que “son así”, yo le reprochaba su falta de coraje para enfrentarse a ellos.

Pasaron los meses y seguimos ahorrando como pudimos. Nuestra relación se resintió: cada vez hablábamos menos del futuro y más del presente inmediato, del alquiler que subía cada año, del miedo a no llegar a fin de mes.

Un día recibí la noticia: estaba embarazada. La alegría inicial se mezcló con el miedo: ¿cómo íbamos a criar a un hijo en estas circunstancias?

Cuando se lo contamos a Carmen y Don Manuel, apenas mostraron emoción.

—Bueno —dijo Carmen—, ahora sí que tendréis que espabilar.

Sentí que algo se rompía definitivamente entre nosotros.

El embarazo fue duro: náuseas, cansancio y la ansiedad constante por el dinero. Mis padres nos ayudaron como pudieron: mi madre tejió mantas para el bebé; mi padre arregló una cuna vieja que encontró en la basura.

El día que nació nuestra hija, Martina, sentí una felicidad inmensa… pero también una tristeza profunda por la familia que le tocaba por parte paterna: tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Hoy Martina tiene dos años y seguimos viviendo en alquiler. Los padres de Marcos apenas la ven; siempre están “ocupados” o “de viaje”. Mis padres son sus verdaderos abuelos: los que la cuidan cuando estamos trabajando, los que le enseñan canciones antiguas y le dan besos pegajosos de caramelo.

A veces me pregunto si hicimos bien en seguir luchando solos; si algún día los padres de Marcos entenderán lo que significa ser familia de verdad.

¿De qué sirve tener tanto dinero si no eres capaz de compartirlo con quienes más quieres? ¿Qué clase de abuelos renuncian a formar parte de la vida de su nieta por orgullo o por miedo a “malcriar”? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en nuestro lugar?