En la boda de la terraza: un vals inesperado bajo el cielo de Madrid
—¿Por qué nadie baila con ese hombre? —me pregunté, mientras recogía copas vacías entre las mesas decoradas con claveles rojos y velas encendidas. El salón de la azotea del Hotel Palacio Real estaba lleno de risas, brindis y el bullicio típico de una boda madrileña. Pero en una esquina, junto a la barandilla que daba a la Gran Vía iluminada, un hombre de traje oscuro y corbata azul miraba el suelo, solo, con una copa intacta en la mano.
—Mira, Lucía, ese es el millonario japonés del que habla todo el mundo —susurró Carmen, otra camarera, mientras pasaba a mi lado con una bandeja de jamón ibérico—. Dicen que ha invertido en media ciudad, pero aquí nadie le hace caso.
Observé cómo las parejas se lanzaban a la pista al ritmo de una rumba improvisada. Nadie se acercaba al invitado extranjero. Los novios bailaban con sus padres, los niños correteaban entre las mesas y los abuelos reían recordando anécdotas de cuando Franco era cabo. Pero él seguía allí, invisible para todos.
Me acerqué a la barra para dejar unas copas y escuché a los camareros cuchichear:
—No habla ni papa de español, pobre hombre.
—¿Y qué hace aquí solo? Si yo tuviera su dinero…
Sentí un pinchazo en el pecho. Recordé a mi abuelo, que llegó de Galicia sin conocer a nadie en Madrid y siempre decía que lo peor no era la pobreza, sino la soledad.
Respiré hondo y me acerqué al japonés. Él levantó la vista, sorprendido. Sus ojos oscuros reflejaban la luz de las farolas y un cansancio antiguo.
—¿Le apetece bailar? —le pregunté en español, sonriendo.
Él negó tímidamente con la cabeza, sin entenderme. Dudé un segundo. Recordé mis clases de japonés en la universidad, aquellas tardes lluviosas en Lavapiés soñando con viajar a Kioto. Me armé de valor:
—Sumimasen… odoritai desu ka? —le dije en voz baja.
Sus ojos se abrieron como platos. Por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.
—Hai! —respondió casi sin pensarlo.
Le ofrecí mi mano y cruzamos la pista entre miradas curiosas y algún que otro comentario: «¡Mira Lucía, la camarera bailando con el japonés!» «¡Eso sí que no lo había visto nunca!»
La orquesta empezó a tocar un vals clásico. Él me siguió torpemente al principio, pero pronto se dejó llevar por la música. Bailamos bajo las luces doradas, rodeados de desconocidos que ahora nos miraban con otra cara. Sentí que el tiempo se detenía y que el idioma ya no importaba.
Cuando terminó la canción, él hizo una pequeña reverencia y me agradeció en japonés. Yo le respondí como pude, entre risas nerviosas y aplausos espontáneos de algunos invitados.
Después del baile, varios se animaron a acercarse a él. Los novios le invitaron a brindar, los niños le pidieron fotos y hasta los abuelos quisieron enseñarle a bailar pasodoble. La barrera invisible se había roto con un simple gesto.
Al final de la noche, mientras recogía las últimas copas y apagaba las velas, pensé en lo fácil que es sentirse solo incluso rodeado de gente. Y en cómo una palabra en el idioma correcto puede abrir puertas cerradas por el miedo o la indiferencia.
¿No será que todos necesitamos, alguna vez, que alguien nos invite a bailar en nuestro propio idioma? ¿Cuántas oportunidades dejamos pasar por no atrevernos a dar el primer paso?