Una promesa bajo la lluvia de Madrid: El último deseo de una madre
—¿De verdad crees que esto tiene sentido, Sergio? —susurré, mirando el reloj mientras el sonido de la lluvia golpeaba los cristales del pasillo. Eran casi las once y media de la noche y la residencia olía a lejía y a café recalentado.
Sergio, con su barba desaliñada y la chupa del club de motos aún mojada, me miró con esos ojos que siempre parecían decir “no te rajes ahora”.
—Mira, tío, si una madre pide algo así antes de morir, será por algo. Y si hemos venido desde Valencia hasta aquí, no es para darnos la vuelta ahora. —Su voz era baja pero firme.
En ese momento, la puerta del fondo se abrió y salió una enfermera con cara de cansancio. Detrás de ella, empujando una silla de ruedas, venía una mujer menuda, con el pelo recogido en un moño deshecho y los ojos grandes, llenos de miedo y esperanza a la vez. Era Carmen.
—Sois los chicos del club, ¿verdad? —preguntó ella, con voz temblorosa pero decidida.
Asentí. No sabía qué decir. Nunca había estado tan nervioso en mi vida.
—Perdonad que os haga venir a estas horas… pero no me queda tiempo —dijo Carmen, mirando a la enfermera como pidiendo permiso para seguir hablando—. Mis hijos… no quiero que los separen. No quiero que acaben cada uno en un sitio distinto. Son lo único que tengo.
La enfermera nos miró con resignación. Ya nos lo había dicho antes: “Eso es imposible. No hay familias que adopten a cuatro hermanos juntos”. Pero Carmen no quería escuchar imposibles.
—¿Vosotros tenéis familia? —preguntó Carmen, mirándonos fijamente.
Sergio tragó saliva. Yo sentí un nudo en el estómago.
—Tengo una hermana en Albacete —dije—. Pero…
—No importa —me interrumpió ella—. Lo que importa es que alguien luche por ellos. Que no se rindan a la primera dificultad. ¿Me lo prometéis?
La lluvia seguía golpeando los cristales. Afuera, Madrid dormía ajena a nuestro pequeño drama. Sergio se agachó junto a Carmen y le tomó la mano.
—Te lo prometo —dijo él, con esa voz rota que solo le sale cuando habla en serio de verdad.
Yo asentí, sin poder hablar. Carmen sonrió por primera vez esa noche.
—Mis hijos se llaman Lucía, Marcos, Paula y Diego. Son buenos niños… solo necesitan estar juntos. No les falléis.
La enfermera la llevó de vuelta a su habitación. Nos quedamos solos en el pasillo, escuchando el eco de sus palabras.
—¿Y ahora qué? —pregunté, sintiéndome más perdido que nunca.
Sergio se encogió de hombros.
—Ahora toca pelear —dijo—. Si hay que mover cielo y tierra para que esos críos no acaben separados, pues se hace. Somos españoles, ¿no? Aquí nunca dejamos tirado a nadie.
Y así empezó todo. Durante semanas, fuimos a reuniones con asistentes sociales, abogados y hasta políticos del ayuntamiento. Nos miraban como si estuviéramos locos: dos moteros intentando cumplir el último deseo de una madre moribunda.
Pero poco a poco, la historia de Carmen y sus hijos empezó a correr por el barrio. Las vecinas del bloque organizaron una colecta para ayudar con los gastos; el bar de la esquina ofreció cenas gratis para los niños; hasta el cura de la parroquia se ofreció a escribir cartas de apoyo.
En España, cuando algo nos toca el corazón, nos volcamos sin preguntar demasiado. Y eso fue lo que pasó: la gente empezó a llamar al centro social preguntando por “los niños de Carmen”.
Al final, después de meses de papeleo y lágrimas, conseguimos lo imposible: una familia del pueblo vecino aceptó acoger a los cuatro hermanos juntos. El día que fuimos a contárselo a Carmen, ya estaba muy débil, pero al oír la noticia sonrió y nos apretó las manos con fuerza.
—Gracias… gracias por no rendiros —susurró antes de cerrar los ojos para siempre.
A veces me pregunto si habría hecho lo mismo si no hubiera visto el miedo en los ojos de Carmen aquella noche lluviosa en Madrid. ¿Qué harías tú si una madre te pidiera algo así? ¿Hasta dónde llegarías por cumplir una promesa?