Mi suegra me empujó al divorcio: la historia de cómo perdí a mi familia por culpa de quien menos esperaba

—¿Otra vez has dejado la ropa en el salón, Lucía?— La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el pasillo como un trueno inesperado. Era sábado por la mañana y yo acababa de salir de la ducha, con el pelo aún mojado y el corazón acelerado por la prisa. Miré a mi alrededor: el jersey azul de Sergio, mi marido, estaba sobre el respaldo del sofá. Ni siquiera era mío.

—No ha sido Lucía, mamá, he sido yo— respondió Sergio desde la cocina, pero su voz sonaba débil, casi como una disculpa automática. Carmen me miró con esos ojos fríos que nunca supe descifrar del todo.

Así empezaba casi cada día desde que Carmen se mudó con nosotros hace tres años, tras la muerte de mi suegro. Al principio pensé que sería temporal, que encontraría su sitio y nos dejaría respirar. Pero no fue así. Poco a poco, fue ocupando cada rincón de la casa y de nuestras vidas.

Yo siempre había creído que Sergio y yo éramos un equipo. Llevábamos quince años juntos, dos hijos maravillosos —Paula y Marcos— y una vida sencilla en un piso de Alcalá de Henares. Pero Carmen tenía una habilidad especial para encontrar grietas donde yo solo veía paredes sólidas.

—¿No crees que Lucía debería cocinar más?— le decía a Sergio cuando pensaba que yo no escuchaba. —En mi época, las mujeres cuidaban de su familia de verdad.

Otras veces era más directa:

—No entiendo cómo puedes dejar que los niños vean tanta tele. En mi casa eso no pasaba.

Al principio intenté reírme, hacerme la fuerte. Pero las palabras calan, como la humedad en las paredes viejas. Empecé a dudar de mí misma. ¿Sería cierto que no era suficiente? ¿Que no era buena madre ni buena esposa?

Sergio se encogía de hombros. —Es su forma de ser, Lucía. No te lo tomes a pecho.— Pero cada vez que discutíamos, notaba cómo sus argumentos se parecían más a los de su madre.

Una noche, después de una discusión especialmente amarga sobre la educación de Paula, Carmen entró en nuestra habitación sin llamar.

—No quiero meterme, pero creo que deberíais plantearos si esto funciona. Por el bien de los niños.—

Me quedé helada. Sergio no dijo nada. Solo bajó la mirada y apretó los labios.

A partir de ahí todo fue cuesta abajo. Carmen empezó a hacer pequeños comentarios delante de los niños:

—Vuestra madre siempre está cansada.—

—Antes las familias no se separaban por tonterías.—

Paula empezó a preguntarme si estaba enfadada con papá. Marcos se volvió más callado.

Intenté hablar con Sergio:

—No puedo más, Sergio. Siento que tu madre me odia.—

Él suspiró:

—Está mayor, Lucía. No va a cambiar.—

—¿Y nosotros? ¿Vamos a dejar que nos destruya?—

Pero ya era tarde. La distancia entre nosotros era un abismo. Las noches se volvieron silenciosas; los desayunos, incómodos. Carmen se paseaba por la casa como una reina destronada pero aún poderosa.

Un día encontré a Carmen hablando por teléfono con su hermana:

—Ya le he dicho a Sergio que Lucía no es para él. Que busque una mujer como Dios manda.—

Me temblaron las manos. Lloré en silencio en el baño mientras Paula llamaba a la puerta:

—Mamá, ¿estás bien?—

No podía más. Decidí irme unos días a casa de mi hermana Ana en Guadalajara. Cuando volví, Sergio tenía esa mirada perdida que ya no reconocía.

—Creo que deberíamos separarnos un tiempo.—

No lloré delante de él. Me sentí vacía, como si me hubieran arrancado algo sin anestesia.

El divorcio fue rápido y frío. Carmen se quedó con Sergio y los niños iban y venían entre dos casas. Yo veía cómo mi familia se desmoronaba mientras Carmen sonreía satisfecha desde su trono invisible.

Hoy vivo sola en un piso pequeño. Veo a Paula y Marcos los fines de semana y me esfuerzo por no hablar mal de su abuela delante de ellos. Pero cada vez que los dejo en casa de Sergio y veo a Carmen en la puerta, siento una mezcla de rabia y tristeza difícil de explicar.

A veces me pregunto: ¿Podría haber hecho algo diferente? ¿Cómo se lucha contra alguien que sabe manipular los hilos invisibles del amor y la culpa?

¿Vosotros habéis sentido alguna vez que alguien ajeno ha destruido vuestra familia? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?