El secreto de la empleada: Justicia en la sala de Madrid

—¡Yo lo voy a defender! —grité, con la voz temblorosa, desde el fondo de la sala.

El murmullo se apagó de golpe. El juez, con su toga negra y cara de pocos amigos, me miró por encima de las gafas. Los abogados cuchicheaban entre ellos, y hasta el fiscal, ese hombrecillo con cara de vinagre, se quedó boquiabierto. Nadie esperaba que yo, Carmen, la mujer que limpia los despachos y recoge los papeles del suelo cada noche, tuviera algo que decir en el juicio más sonado de Madrid.

El abogado de don Manuel había desaparecido justo antes de empezar. Dicen que le dio un ataque de pánico o que alguien le pagó para que se esfumara. El caso es que don Manuel, el empresario más rico del barrio de Salamanca, estaba solo frente al juez. Y todos pensaban que ese día caería como un castillo de naipes.

Me miraron como si estuviera loca. —¿Pero tú quién eres? —preguntó el juez, con ese tono seco que usan los profesores cuando pillan a un alumno copiando.

—Soy Carmen, señoría. Trabajo en la empresa de don Manuel desde hace quince años. Sé cosas que nadie más sabe —dije, tragando saliva.

La gente se rió. Una carcajada nerviosa recorrió la sala. Mi madre siempre decía: “En España, si eres pobre y mujer, mejor calladita”. Pero yo no podía callarme. No después de lo que había visto aquella noche.

El fiscal se levantó y me miró por encima del hombro. —¿Y qué puede aportar usted? ¿Unas cuantas historias de pasillos?

—No son historias. Es la verdad —respondí, apretando los puños.

El juez suspiró y asintió. —Déjela hablar. A ver si nos saca del aburrimiento.

Me acerqué al estrado. Sentí las miradas clavadas en mi espalda. Recordé a mi hija Lucía, esperándome en casa con su bocadillo de chorizo y su cuaderno de deberes. Recordé las noches limpiando oficinas vacías mientras los jefes brindaban con vino caro.

—La noche del 23 de marzo —empecé— yo estaba limpiando el despacho principal. Oí voces. Don Manuel discutía con su socio, don Julián. Hablaban de dinero, sí, pero también de algo más grave: amenazas. Don Julián le gritaba que si no hacía lo que él decía, acabaría en la cárcel. Yo me escondí detrás de una cortina y lo vi todo.

El fiscal me interrumpió: —¿Pretende usted decir que don Manuel es inocente?

—No sé si es inocente o no —dije, mirando a don Manuel a los ojos—. Pero sé que le tendieron una trampa. Don Julián le obligó a firmar unos papeles bajo amenaza. Yo vi cómo le temblaban las manos.

Un silencio pesado llenó la sala. El juez me observaba con atención. Don Manuel tenía lágrimas en los ojos. Por primera vez en años, vi miedo en su rostro.

—¿Por qué no contó esto antes? —preguntó el juez.

—Porque nadie escucha a las mujeres como yo —respondí—. Porque tenía miedo de perder mi trabajo y no poder pagar el alquiler ni la comida de mi hija.

La sala se quedó muda. El fiscal bajó la cabeza. El juez pidió un receso para revisar mi testimonio.

Mientras salía del estrado, sentí una mezcla de orgullo y miedo. Sabía que mi vida cambiaría para siempre. Quizá perdería el trabajo, quizá tendría problemas… pero por primera vez sentí que había hecho lo correcto.

Don Manuel me miró y susurró: —Gracias, Carmen. Me has salvado la vida.

Yo solo asentí y salí al pasillo, donde el sol de Madrid entraba por las ventanas viejas del juzgado.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas verdades se quedan sin contar porque nadie escucha a los que estamos abajo? ¿Y si todos tuviéramos el valor de hablar cuando más importa?