El aroma de la traición: Cuando mi olfato desnudó los secretos de mi esposo
—¿Por qué huele a jazmín si yo nunca uso ese perfume?
La pregunta me golpeó en la cabeza como una campana. Eran las once y cuarto de la noche y acababa de abrir la puerta de casa, arrastrando la maleta tras un viaje agotador a Barcelona. Mi marido, Luis, no esperaba que volviera hasta el día siguiente. La casa estaba en penumbra, pero el aroma flotaba en el aire, denso, persistente, imposible de ignorar para alguien como yo, que ha hecho del olfato su vida y su profesión.
Me quedé quieta en el recibidor, cerrando los ojos. El jazmín era fresco, mezclado con un fondo de vainilla y un toque cítrico. No era un perfume barato; reconocí la firma de una marca nicho española, una fragancia que jamás había usado ni comprado. Mi corazón empezó a latir con fuerza. No era paranoia: era certeza. El perfume no era mío.
—¿Luis? —llamé, intentando que mi voz no temblara.
Tardó unos segundos en aparecer por el pasillo, despeinado y con la camisa arrugada. Al verme, se quedó paralizado.
—¿Qué haces aquí? Pensé que volvías mañana…
—He adelantado el vuelo —respondí, sin apartar la mirada—. ¿Has tenido visita?
Él vaciló. Miró hacia el salón y luego a mí. Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra. Sentí un nudo en el estómago. Caminé despacio hacia el sofá; sobre el respaldo, una bufanda de seda azul celeste. La levanté con dos dedos y la olí: jazmín, vainilla, cítricos.
—¿Quién ha estado aquí, Luis? —insistí, con la voz rota.
Él se pasó la mano por el pelo, nervioso.
—No es lo que piensas…
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? —Mi tono subió sin quererlo—. ¿Me tomas por tonta? ¿Crees que no reconozco un perfume ajeno cuando lo huelo?
Luis bajó la cabeza. El silencio se hizo insoportable. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Durante años había confiado ciegamente en él. Habíamos construido juntos una vida en Madrid: dos hijos adolescentes, una hipoteca, cenas familiares los domingos. Yo trabajaba como consultora de fragancias para una empresa internacional; él era arquitecto. Siempre pensé que éramos un equipo sólido, aunque últimamente notaba cierta distancia, excusas vagas, reuniones tardías… Pero nunca quise pensar mal.
Esa noche no dormí. Me encerré en el cuarto de invitados y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Al día siguiente, Luis intentó hablar conmigo antes de irse al trabajo.
—Marta, por favor… Déjame explicarte.
—¿Explicarme qué? ¿Que has traído a otra mujer a nuestra casa? ¿A la cama donde dormimos juntos? —le escupí las palabras como veneno.
Él se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos.
—No sé cómo ha pasado… Fue solo una vez…
—¿Solo una vez? —me reí amargamente—. ¿Y si no hubiera vuelto antes? ¿Cuántas veces más habría pasado?
No contestó. Su silencio era otra confesión.
Los días siguientes fueron un infierno. Intenté mantener la compostura por mis hijos, Lucía y Álvaro, pero ellos notaron enseguida que algo iba mal. Lucía me preguntó una tarde mientras preparábamos la cena:
—Mamá, ¿por qué papá y tú apenas os habláis?
La miré a los ojos y sentí que me rompía por dentro. No supe qué decirle.
En el trabajo fingía normalidad, pero mis compañeras notaban mi tristeza. Una tarde, Carmen, mi jefa y amiga desde la universidad, me llevó a tomar un café al salir de la oficina.
—Marta, te conozco demasiado bien. ¿Qué te pasa?
Le conté todo entre lágrimas. Ella me abrazó fuerte.
—No tienes por qué aguantar esto —me dijo—. Eres valiente y tienes derecho a ser feliz.
Pero yo no me sentía valiente. Me sentía humillada, traicionada y perdida. ¿Cómo podía seguir adelante? ¿Cómo reconstruir mi vida después de descubrir que todo era una mentira?
Luis intentó arreglarlo durante semanas: flores, mensajes, promesas vacías. Pero cada vez que entraba en casa sentía ese aroma fantasma de jazmín flotando en el aire, recordándome lo ocurrido. Mi don para los perfumes se había convertido en mi condena: no podía olvidar ni perdonar.
Una noche, después de cenar en silencio con los niños, Luis se acercó a mí en la cocina.
—Marta… No quiero perderte. Dime qué puedo hacer para arreglar esto.
Le miré a los ojos y vi miedo, arrepentimiento… pero también egoísmo. Quería que todo volviera a ser como antes sin asumir las consecuencias reales de sus actos.
—No sé si puedo perdonarte —le dije sinceramente—. No sé si quiero hacerlo.
Esa fue la última conversación importante que tuvimos como pareja.
Al mes siguiente iniciamos los trámites de separación. Fue duro explicárselo a Lucía y Álvaro; lloraron y gritaron, me culparon y culparon a su padre. La familia se rompió en mil pedazos y cada uno tuvo que aprender a recomponerse a su manera.
Hoy vivo sola con mis hijos en un piso más pequeño cerca del Retiro. Sigo trabajando con fragancias; cada vez que huelo jazmín siento una punzada en el pecho, pero también he aprendido a apreciar otros aromas: el café recién hecho por las mañanas, el olor del pan tostado cuando desayuno con Lucía y Álvaro los sábados…
A veces me pregunto si habría preferido no tener ese don tan agudo para detectar perfumes ajenos; si habría sido más feliz viviendo en la ignorancia. Pero luego pienso: ¿de qué sirve vivir engañada?
¿Vosotros qué haríais si vuestro propio don os revelara la verdad más dolorosa? ¿Perdonaríais o buscaríais empezar de nuevo?