¿Por qué me echaste de casa, mamá?
—¡Mamá, por favor! ¡No me dejes aquí! —grité con la voz rota, mientras veía cómo el coche de mi madre se alejaba levantando una nube de polvo en la carretera secundaria de San Felipe de las Ollas. El calor apretaba y el asfalto quemaba bajo mis piernas cruzadas. Me quedé mirando el horizonte, esperando que volviera, pero solo el silencio contestó a mis sollozos.
No entendía nada. ¿Por qué me había dejado allí? ¿Había hecho algo tan malo? Recordé la discusión de esa mañana en la cocina, cuando le tiré sin querer el vaso de leche al suelo y ella explotó como nunca antes. «¡No puedo más contigo, Lucía!», gritó. Pero nunca pensé que llegaría a esto.
El sudor me corría por la frente y sentía la garganta seca. Los coches pasaban de largo, algunos ni siquiera bajaban la velocidad. Me sentí invisible, como si no importara a nadie. Hasta que una camioneta plateada frenó bruscamente a pocos metros de mí. Un hombre bajó apresurado, con traje caro y gafas de sol. Se agachó a mi lado.
—¿Estás bien, pequeña? ¿Dónde están tus padres?
No pude responderle. Solo lloré más fuerte. Él se quitó las gafas y vi en sus ojos una mezcla de sorpresa y preocupación. Me ofreció una botella de agua y un pañuelo.
—Tranquila, no pasa nada. Me llamo Javier. ¿Cómo te llamas tú?
—Lucía —susurré entre sollozos.
Javier me llevó a su coche y puso música suave para calmarme. Mientras conducía hacia el pueblo, intentaba sonsacarme información, pero yo solo repetía: «Mamá se ha ido». Al llegar a la plaza del pueblo, Javier preguntó a los vecinos si alguien me conocía, pero nadie sabía nada. San Felipe era pequeño, pero mi madre y yo éramos nuevas allí.
Javier llamó a la Guardia Civil y me acompañó a la comisaría. Allí me dieron un bocadillo de jamón y un vaso de leche caliente. Mientras comía, escuchaba cómo los agentes hablaban entre ellos:
—¿Cómo puede una madre dejar así a su hija? ¡Hay que tener poca vergüenza!
—En este país ya no se respeta nada…
Esa noche dormí en una habitación con literas junto a otros niños que tampoco tenían a dónde ir. Me sentía sola, pero al menos no tenía miedo. Javier vino a verme al día siguiente con una bolsa llena de ropa nueva y una muñeca preciosa.
—No te preocupes, Lucía —me dijo sonriendo—. Todo va a salir bien.
Durante las semanas siguientes, Javier no dejó de visitarme. Descubrí que era dueño de varias empresas en la región y que ayudaba a niños en situaciones difíciles. Me llevó a su casa en las afueras del pueblo, una finca enorme con jardín y piscina. Allí conocí a su esposa Carmen, que me abrazó como si fuera su propia hija.
Al principio me costó confiar en ellos. Tenía miedo de que también me abandonaran. Pero poco a poco fui sintiéndome parte de su familia. Celebramos juntos la Feria de Abril con sevillanas y rebujito (aunque yo solo probé el mosto), fuimos a la romería del pueblo y hasta aprendí a hacer tortilla de patatas con Carmen los domingos.
A veces, por las noches, no podía evitar pensar en mi madre. ¿Dónde estaría? ¿Pensaría en mí? ¿Me echaría de menos? Javier siempre me decía:
—Lucía, hay familias que se eligen, no solo las que nacen con uno.
Con el tiempo entendí que la vida puede dar muchas vueltas y que, aunque el dolor del abandono nunca desaparece del todo, también hay sitio para la esperanza y el cariño verdadero.
Ahora, cada vez que paso por aquella carretera polvorienta, me pregunto: ¿Qué hubiera sido de mí si Javier no hubiese parado aquel día? ¿De verdad una madre puede olvidar así a su hija? ¿O es que todos llevamos heridas que nadie más ve?
¿Y vosotros? ¿Creéis que el destino nos pone pruebas para encontrar nuestro verdadero hogar?