El precio de la herencia: Cuando mi hermana Victoria rompió nuestra familia para siempre

—¿Por qué lo has hecho, Victoria? —le grité, con la voz rota, mientras sostenía la carta del notario entre las manos temblorosas.

Ella no contestó. Se limitó a mirarme con esa frialdad que nunca le había conocido, como si de pronto yo fuera una extraña. Era una tarde de septiembre en Madrid, y el aire olía a tormenta. La casa de nuestro abuelo, la que habíamos compartido de niños, estaba a punto de desaparecer de nuestras vidas para siempre.

Todo empezó el día que falleció el abuelo Manuel. Recuerdo el silencio pesado en el tanatorio de la M-30, los abrazos incómodos y las lágrimas contenidas. Mis padres, Carmen y Luis, intentaban mantener la compostura, pero yo sabía que algo se había roto en nuestra familia. El abuelo nos dejó su casa en Vallecas a Victoria y a mí. «Para que nunca os falte un hogar», decía en su testamento. Yo, con 29 años y aún viviendo con mis padres tras perder mi trabajo en la pandemia, vi en esa herencia una oportunidad para empezar de nuevo.

Pero Victoria… Victoria siempre fue distinta. Mayor que yo por tres años, independiente, con un trabajo estable en una asesoría del centro y un novio catalán al que nunca terminamos de aceptar. Ella no necesitaba la casa. O eso pensaba yo.

—Mira, Lucía —me dijo una tarde mientras tomábamos café en la cocina de mis padres—, lo mejor es venderla y repartir el dinero. Así cada una hace lo que quiera.

Yo asentí, aunque en el fondo deseaba quedarme con la casa. Era mi refugio, el lugar donde aprendí a montar en bici y donde el abuelo me enseñó a jugar al mus. Pero no quería discutir. Siempre fui la que cedía.

Los problemas empezaron cuando apareció un comprador interesado: un promotor inmobiliario dispuesto a pagar más de lo que esperábamos. Mis padres se frotaban las manos; Victoria también. Yo solo pensaba en los recuerdos que iban a ser demolidos junto con las paredes.

El día de la firma llegó y, para mi sorpresa, Victoria me pidió hablar a solas antes de entrar al notario.

—Lucía, he hablado con mamá y papá. Ellos creen que lo mejor es que tú recibas menos dinero. Dicen que como has vivido aquí más tiempo, ya has disfrutado bastante de la casa.

Sentí cómo se me helaba la sangre. ¿Menos dinero? ¿Por qué? ¿No éramos iguales ante los ojos del abuelo?

—Eso no es justo —susurré—. El abuelo quería que fuera para las dos por igual.

Victoria se encogió de hombros.

—La vida no es justa, Lucía. Además, tú siempre has necesitado más ayuda que yo.

No supe qué contestar. Entramos al despacho del notario y firmé los papeles casi sin mirar. Me sentí traicionada por mi propia sangre.

Los meses siguientes fueron un infierno. Mis padres apoyaron a Victoria en todo momento. «Ella tiene razón», decían. «Tú has vivido aquí gratis muchos años». Nadie parecía recordar las veces que cuidé del abuelo cuando enfermó, o las noches en vela durante sus últimos meses.

El dinero llegó y, como era de esperar, recibí mucho menos de lo acordado. Victoria se compró un coche nuevo y se fue de viaje a Menorca con su novio. Yo apenas pude pagar la entrada de un piso pequeño en Carabanchel.

La rabia me consumía por dentro. Intenté hablar con mis padres, pero me dieron la espalda. «No seas rencorosa», repetía mi madre una y otra vez.

Una noche, incapaz de dormir, llamé a Victoria.

—¿De verdad crees que esto es lo que el abuelo habría querido?

Su respuesta fue un silencio largo y pesado.

—No sé lo que quería el abuelo —dijo al fin—. Pero esto es lo que hay.

Colgué el teléfono y lloré como no recordaba haber llorado nunca.

Desde entonces, no he vuelto a ver a mi hermana. En Navidad puso una excusa para no venir a casa; mis padres fingen normalidad pero sé que algo se ha roto entre nosotros para siempre.

A veces paso por delante de la vieja casa del abuelo y veo cómo la están derribando. Me duele pensar que todo por lo que luchó desaparece así, entre polvo y ladrillos rotos.

Hoy sigo luchando por salir adelante sola. He aprendido a vivir con menos y a valorar lo poco que tengo: mi dignidad y los recuerdos que nadie podrá arrebatarme.

¿De verdad el dinero vale más que la familia? ¿Cuántas familias españolas han pasado por algo así? ¿Alguna vez podré perdonar a Victoria… o a mis padres?