La casa de los susurros: El secreto de la familia Ortega

—¡No llores más, por favor! —susurré, temblando, mientras la lluvia golpeaba los cristales del ventanal. El reloj marcaba las once y media de la noche y yo, Lucía Morales, apretaba la bolsa de comida contra el pecho, paralizada en el recibidor de la mansión Ortega. Nadie debía estar allí a esas horas, pero los sollozos que venían del piso de arriba me helaron la sangre.

No era la primera vez que hacía entregas nocturnas para sobrevivir en Madrid, pero nunca había sentido tanto miedo. Subí las escaleras, guiada por el llanto. Al abrir la puerta de una habitación, vi a tres niños pequeños —dos niñas y un niño— acurrucados en una esquina, con los ojos rojos y las mejillas empapadas.

—¿Dónde está mamá? —preguntó la mayor, apenas un susurro.

No supe qué responder. Yo también era madre soltera, y desde que mi marido, Andrés, murió en un accidente laboral en la obra del metro, todo en mi vida era incertidumbre. Pero aquello… aquello era otra cosa.

—Tranquilos, estoy aquí —dije, arrodillándome junto a ellos—. ¿Queréis que llame a alguien?

La niña negó con la cabeza. El niño pequeño se aferró a mi brazo. En ese momento, escuché pasos apresurados en el pasillo. Me levanté de golpe y me encontré cara a cara con Carmen Ortega, la dueña de la casa.

—¿Qué haces aquí? —me espetó, con voz fría y mirada de acero.

—He traído la cena… pero he oído llorar a los niños —balbuceé.

Carmen me arrebató la bolsa y cerró la puerta tras ella. Me quedé fuera, temblando. Aquella noche no dormí. Al día siguiente, volví a la casa para entregar el desayuno. Carmen me recibió con una sonrisa forzada y un sobre con dinero extra.

—No vuelvas a subir al piso de arriba —me advirtió.

Pero yo no podía dejar de pensar en esos niños. Durante días, pregunté discretamente a los vecinos y a otros empleados. Nadie sabía nada. Algunos decían que la señora Ortega había perdido a su hija mayor hacía meses y que desde entonces todo era silencio y secretos en esa casa.

Una tarde, mientras limpiaba el salón, escuché una discusión entre Carmen y su cuñado, don Manuel:

—No podemos seguir ocultándolo —decía él—. Los niños necesitan ayuda profesional.

—¡Calla! Si alguien se entera, perderemos todo lo que hemos construido —respondió Carmen.

Mi corazón latía con fuerza. ¿Qué ocultaban? ¿Por qué esos niños estaban tan solos?

Esa noche, decidí actuar. Llamé a mi amiga Pilar, trabajadora social:

—Pilar, tienes que ayudarme. Hay unos niños en peligro en casa de los Ortega.

Ella dudó:

—Lucía, sabes que esa familia tiene contactos en todas partes… ¿Estás segura?

—No puedo mirar hacia otro lado —le respondí.

Al día siguiente, Pilar vino conmigo bajo pretexto de una inspección rutinaria. Carmen intentó impedirnos el paso, pero Pilar fue firme:

—Tenemos derecho a ver a los menores.

Encontramos a los niños solos otra vez. Pilar tomó nota de todo. Carmen nos amenazó con denunciarnos por difamación.

Esa noche recibí una llamada anónima:

—Deja de meterte donde no te llaman o acabarás como tu marido.

El miedo me paralizó. Recordé el accidente de Andrés: siempre pensé que había sido una fatalidad… pero ¿y si no lo fue?

No dormí en toda la noche. Al amanecer, fui al cementerio y hablé con Andrés en voz baja:

—¿Qué harías tú? ¿Me protegerías o me dirías que pare?

Decidí seguir adelante. Pilar denunció el caso ante el juzgado de menores. La policía vino a investigar. Los medios empezaron a hablar del «caso Ortega». Carmen me culpó públicamente:

—Esa mujer solo busca dinero y fama —dijo ante las cámaras.

Mi hijo Diego empezó a sufrir acoso en el colegio por culpa de los rumores. Mi madre me rogó que dejara todo:

—Lucía, piensa en tu hijo…

Pero yo no podía abandonar a esos niños. Recordaba sus ojos llenos de miedo y soledad.

El juicio fue largo y doloroso. Se destaparon años de abusos y negligencia en la familia Ortega. Los niños fueron acogidos por una tía lejana en Valencia. Carmen fue condenada por maltrato infantil.

Yo perdí mi trabajo y tuve que mudarme con mi madre a un piso pequeño en Vallecas. Pero cada vez que pienso en esos niños salvados del silencio, sé que hice lo correcto.

A veces me pregunto si algún día podré volver a confiar en las personas poderosas o si siempre viviré con miedo… Pero también pienso: ¿cuántos secretos más se esconden tras las puertas cerradas de nuestras ciudades? ¿Y quién será el próximo en atreverse a abrirlas?