Diez años de soledad y un regreso inesperado: la historia de Lucía y su hijo en un pueblo andaluz
—¡Mamá, otra vez han dicho que no tengo padre!— gritó Pablo desde la puerta, con los ojos llenos de lágrimas y la mochila colgando de un solo hombro. Lucía sintió cómo se le encogía el alma. No era la primera vez que su hijo volvía del colegio con el corazón hecho trizas por culpa de los comentarios de los demás niños. Ni sería la última, pensó, mientras se limpiaba las manos en el delantal antes de abrazarlo fuerte.
—No les hagas caso, mi vida. La gente habla porque no tiene otra cosa mejor que hacer —susurró, intentando que su voz no temblara. Pero por dentro, sentía una rabia sorda, una mezcla de impotencia y tristeza que llevaba diez años acumulando.
Desde que Lucía se quedó embarazada con veintidós años, en aquel pequeño pueblo blanco a las afueras de Carmona, su vida cambió para siempre. El padre de Pablo, Javier, un madrileño que llegó al pueblo por negocios, desapareció antes de que ella pudiera contarle la noticia. Nadie supo más de él. Y en el pueblo, donde todos se conocen y los secretos no duran ni un suspiro, Lucía se convirtió en el blanco perfecto para las habladurías.
—Mira, ahí va la que se quedó preñada del forastero —susurraban las vecinas en la plaza mientras colgaban la ropa al sol. —Pobre criatura, crecer sin padre…
Lucía aprendió a caminar con la cabeza alta, aunque por dentro se sintiera rota. Trabajaba limpiando casas y ayudando en el bar del tío Manolo para sacar adelante a Pablo. Su madre, Rosario, le echaba una mano cuando podía, pero también sufría por las miradas y los comentarios.
Las fiestas del pueblo eran especialmente duras. Mientras las familias bailaban sevillanas bajo los farolillos y compartían risas y vino, Lucía sentía el peso de las miradas sobre ella y su hijo. Pablo preguntaba a menudo por su padre. Lucía le contaba historias bonitas: —Tu padre era un hombre bueno, pero tuvo que irse muy lejos por trabajo…
Pero Pablo crecía y las preguntas se hacían más difíciles de responder. Y Lucía sentía que cada año era más difícil protegerlo del mundo.
Una tarde de junio, cuando el calor apretaba y el aire olía a jazmín y tierra seca, todo cambió. Lucía estaba barriendo la entrada cuando escuchó el rugido de un motor desconocido. Una berlina negra y reluciente se detuvo frente a su casa humilde. Las cortinas del barrio se movieron como olas: todos miraban.
De aquel coche bajó Javier. Más canoso, elegante, con una mirada cansada pero decidida. Lucía sintió cómo el pasado le golpeaba el pecho.
—Lucía… —dijo él, con la voz rota—. He venido a veros. A ti… y a mi hijo.
El silencio fue absoluto. Hasta los pájaros parecieron callar. Pablo salió corriendo al escuchar voces y se quedó paralizado al ver a aquel hombre alto y desconocido.
—¿Tú eres mi padre? —preguntó Pablo, con una mezcla de miedo y esperanza en los ojos.
Javier se arrodilló ante él, con lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Sí, hijo. Y siento no haber estado aquí antes. No hay excusa para lo que hice.
Las vecinas salieron a la calle como si fuera Semana Santa. Nadie decía nada, pero todos miraban. Lucía sintió una mezcla de rabia y alivio. Durante años había soñado con este momento, pero nunca pensó que llegaría así: tan público, tan crudo.
Javier pidió perdón a Lucía delante de todos. Reconoció su error y prometió estar presente en la vida de Pablo. El pueblo entero fue testigo de aquel momento. Las mismas bocas que antes murmuraban ahora callaban avergonzadas.
Esa noche, Lucía no pudo dormir. Miró a Pablo dormido y pensó en todo lo vivido: las lágrimas, las risas robadas, los días interminables luchando sola contra el mundo.
—¿Por qué somos tan rápidos para juzgar y tan lentos para pedir perdón? —se preguntó Lucía en voz baja—. ¿Cuántas vidas cambiarían si aprendiéramos a mirar con el corazón?
Y tú… ¿alguna vez has sentido el peso de las palabras ajenas? ¿Qué harías tú en mi lugar?