La esclava que encendió el corazón de la señora de la casa

—¡Por el amor de Dios, madre, no puedes tratarla así! —grité, con la voz quebrada, mientras mi madre, doña Teresa, apretaba los labios y miraba a Lucía con ese desprecio frío que reservaba para los que consideraba inferiores.

Lucía, la nueva esclava traída desde el puerto de Cádiz, no bajó la mirada. Sus ojos oscuros, llenos de orgullo y tristeza, se clavaron en los míos. Sentí una punzada en el pecho, una mezcla de rabia y compasión. ¿Cómo podía mi madre, tan devota y tan dada a la caridad en la iglesia, ser tan cruel en su propia casa?

La hacienda Mendoza era conocida en toda la comarca por sus olivares y sus vinos, pero también por la severidad de sus dueños. Mi padre, don Rodrigo, apenas se ocupaba de los asuntos familiares; prefería pasar los días en Sevilla, entre negocios y partidas de cartas. Así que la autoridad recaía en mi madre, una mujer dura, de esas que nunca muestran debilidad. Yo, Inés, era la hija menor, la que siempre soñaba con escapar de los muros encalados y las miradas inquisitivas del pueblo.

Lucía llegó una tarde de julio, cuando el aire olía a albahaca y a tierra seca. Venía de lejos, decían que de las islas, y su piel tostada y su acento la delataban. Al principio, nadie le dirigía la palabra, salvo para darle órdenes. Pero yo no podía apartar la vista de ella. Había algo en su forma de moverse, en la dignidad con la que soportaba los insultos y el trabajo duro, que me fascinaba.

—¿Por qué la miras así, Inés? —me preguntó mi hermana mayor, Carmen, una noche mientras cenábamos en silencio, solo interrumpido por el tic-tac del viejo reloj de pared.

—No lo sé —mentí, aunque en el fondo sabía que Lucía había despertado en mí algo más que curiosidad. Era como si, al mirarla, viera reflejada mi propia ansia de libertad.

Los días pasaron y el calor se hizo insoportable. Las mujeres de la casa se refugiaban en los patios sombreados, mientras los hombres se iban al campo. Yo buscaba cualquier excusa para bajar a las cocinas, donde Lucía trabajaba. Un día la encontré llorando, escondida tras los toneles de vino.

—¿Qué te pasa? —le susurré, tocando su hombro con timidez.

Ella se apartó, pero luego me miró con una mezcla de miedo y esperanza.

—No puedo más, señora. No soy de piedra. Aquí nadie me ve, nadie me escucha. Solo usted…

Sentí que el corazón se me encogía. Quise abrazarla, pero me contuve. Sabía que si alguien nos veía, sería nuestro fin. En Andalucía, en pleno siglo XVI, una amistad entre una señora y una esclava era impensable. Y lo que yo sentía iba mucho más allá de la amistad.

Las noches se hicieron largas. Soñaba con Lucía, con su risa, con la forma en que sus manos acariciaban la masa del pan. Empecé a buscarla a escondidas, a inventar tareas para que subiera a mi cuarto. Hablábamos de todo y de nada: de su infancia, de sus sueños, de la luna llena sobre los olivares. A veces, cuando el silencio era absoluto, me atrevía a rozar su mano. Ella no se apartaba.

Un día, mi madre nos sorprendió hablando en el jardín. Sus ojos se llenaron de furia.

—¡Inés! ¿Qué haces perdiendo el tiempo con la esclava? ¿No tienes nada mejor que hacer? —su voz retumbó en el patio, haciendo que las criadas se asomaran desde la cocina.

—Solo hablábamos, madre. No es ningún delito.

—¡Aquí mando yo! Y tú, Lucía, vuelve a tu sitio antes de que me arrepienta de haberte comprado.

Lucía bajó la cabeza y se marchó. Yo me quedé temblando, con el corazón en un puño. Aquella noche, mi madre me encerró en mi cuarto. «Para que se te pase la tontería», dijo. Pero no se me pasó. Al contrario, mi deseo por Lucía creció como la hiedra en los muros del patio.

Pasaron semanas. La tensión en la casa era insoportable. Mi madre vigilaba cada uno de mis movimientos. Pero yo no podía renunciar a Lucía. Una noche, cuando todos dormían, bajé a la cocina. Ella estaba allí, esperando. Sin decir palabra, la abracé. Sentí su cuerpo temblar contra el mío, y supe que ella sentía lo mismo.

—No podemos seguir así —susurró—. Nos van a descubrir.

—No me importa —le respondí, con lágrimas en los ojos—. Prefiero morir a vivir sin ti.

Esa noche, por primera vez, nos besamos. Fue un beso furtivo, lleno de miedo y de esperanza. Sabíamos que nuestro amor era imposible, pero también sabíamos que era real.

A partir de entonces, cada encuentro era un desafío, un acto de rebeldía contra el destino y contra las normas de una sociedad que no nos permitía ser libres. Soñábamos con huir, con empezar una nueva vida lejos de la hacienda, donde nadie pudiera separarnos.

Pero la realidad era otra. Un día, mi madre nos descubrió juntas. Su grito resonó por toda la casa. «¡Esto es una vergüenza! ¡Has deshonrado a la familia!». Me encerraron en mi cuarto y a Lucía la mandaron al campo, a trabajar bajo el sol abrasador.

Pasaron los días y yo me consumía de dolor. No podía comer, no podía dormir. Solo pensaba en Lucía, en su sonrisa, en la promesa de libertad que nunca llegaría. Finalmente, una noche, decidí escapar. Salté por la ventana y corrí hasta los olivares, donde sabía que Lucía estaría.

Nos abrazamos bajo la luna, sabiendo que era la última vez. No había futuro para nosotras en esa tierra de prejuicios y cadenas. Pero al menos, por un instante, fuimos libres.

Ahora, años después, me pregunto si hice bien en desafiar a mi familia, en arriesgarlo todo por un amor imposible. ¿Vale la pena luchar por lo que dicta el corazón, aunque el mundo entero esté en contra? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?