¿Soy una mala hija por negarme a salvar a mi padre? Mi historia de violencia, culpa y decisiones imposibles

—¡Lucía, ven aquí ahora mismo! —La voz de mi padre retumbó por el pasillo, cortando el aire como un cuchillo. Tenía once años y ya sabía lo que significaba ese tono: algo le había molestado, y yo sería su desahogo. Mi madre, Carmen, se encogía en la cocina, apretando los labios, sin atreverse a mirarme a los ojos. Aquella tarde, como tantas otras, sentí el frío de la impotencia y el miedo recorrerme la espalda mientras me acercaba a la sala, donde él esperaba, con la correa en la mano.

Crecí en un pueblo donde todos se conocían, pero nadie hablaba de lo que pasaba tras las puertas cerradas. Mi padre, Antonio, era el carnicero del pueblo, un hombre fuerte, de manos grandes y voz atronadora. Para los vecinos, era un hombre trabajador, un poco brusco, pero buena gente. Solo mi madre y yo sabíamos la verdad: su violencia era como una tormenta que podía desatarse en cualquier momento, por cualquier motivo. A veces era por un plato roto, otras por una mala nota en el colegio, o simplemente porque el día había ido mal en la carnicería.

Recuerdo una noche especialmente dura. Tenía catorce años y había llegado tarde a casa después de estudiar con mi amiga Marta. Mi padre me esperaba en la puerta, los ojos inyectados en sangre. —¿Te crees que puedes hacer lo que te dé la gana? —gritó, y antes de que pudiera responder, sentí el golpe en la mejilla. Mi madre intentó interponerse, pero él la apartó de un empujón. Esa noche, mientras lloraba en mi habitación, juré que algún día me iría de esa casa y no volvería nunca más.

Los años pasaron y cumplí mi promesa. Me fui a Madrid a estudiar psicología, con una beca y la ayuda de mi tía Pilar, la única de la familia que sabía lo que realmente pasaba en casa. En la capital, por primera vez, sentí lo que era respirar sin miedo. Hice amigos, conocí a Diego, mi pareja, y empecé a construir una vida lejos de la sombra de mi padre. Mi madre me llamaba a escondidas, siempre con voz baja, preguntando si estaba bien, si comía suficiente, si era feliz. Yo le decía que sí, aunque por dentro sentía una culpa sorda por haberla dejado sola con él.

Durante años, evité volver al pueblo. Solo regresaba en Navidad, y siempre con Diego a mi lado, como un escudo. Mi padre me miraba con desprecio, como si mi independencia fuera una traición. Nunca hablamos de lo que había pasado. En las comidas familiares, reinaba un silencio tenso, solo roto por los comentarios sarcásticos de mi padre o las miradas de mi madre, suplicando que no provocara ningún conflicto.

Todo cambió una tarde de otoño, cuando recibí la llamada de mi madre. —Lucía, tu padre está muy enfermo. Le han diagnosticado insuficiencia renal. Necesita un trasplante. —Su voz temblaba, y supe que llevaba días sin dormir. —Los médicos dicen que tú podrías ser compatible. ¿Podrías venir al hospital?

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Salvar a mi padre? ¿Al hombre que me había hecho tanto daño? Diego me abrazó mientras yo lloraba, incapaz de decidir. Durante días, no pude dormir. Recordaba cada golpe, cada insulto, cada noche de miedo. Pero también recordaba a mi madre, su mirada cansada, su amor incondicional. ¿Podía negarme a ayudar? ¿Sería una mala hija si lo hacía?

Fui al hospital en Toledo. Mi padre estaba más delgado, la piel grisácea, los ojos hundidos. Cuando me vio, no dijo nada. Solo me miró, con esa mezcla de orgullo y rencor que siempre le había caracterizado. Mi madre me abrazó, llorando en silencio. —Gracias por venir, hija. Sé que es mucho pedir…

Los médicos me explicaron el procedimiento. Si era compatible, podría donar un riñón y salvarle la vida. Me hicieron las pruebas. Durante la espera, mi padre no pronunció una palabra amable. Solo preguntó, con voz seca: —¿Y bien? ¿Vas a hacerlo o no?

Esa noche, en la habitación del hospital, mi madre me suplicó: —Lucía, sé que tu padre no ha sido un buen hombre, pero es tu padre. Si le pasa algo, no me lo perdonaré nunca. —La miré, y vi en sus ojos el peso de toda una vida de resignación y miedo. Sentí rabia, tristeza y una culpa insoportable.

Las pruebas confirmaron que era compatible. Los médicos esperaban mi decisión. Diego me apoyaba, pero no quería influir. —Es tu cuerpo, tu vida, Lucía. Nadie puede obligarte —me decía, acariciando mi mano.

Esa noche, salí a caminar por las calles de Toledo. Miraba las luces reflejadas en el Tajo y pensaba en mi infancia, en todo lo que había sufrido. ¿Por qué tenía que sacrificarme otra vez por él? ¿Por qué nadie pensaba en mí, en mi dolor, en mi derecho a decir que no?

Volví al hospital y pedí hablar a solas con mi padre. Entré en la habitación, cerré la puerta y me senté frente a él. —Papá, quiero que me escuches. Toda mi vida he hecho lo que tú querías. He callado, he aguantado, he sufrido. Ahora me pides que te salve la vida, pero nunca me has pedido perdón por todo el daño que me hiciste. ¿Por qué debería hacerlo?

Mi padre me miró, por primera vez, sin rabia. Solo cansancio. —No soy un buen hombre, Lucía. Lo sé. Pero soy tu padre. Eso debería bastar.

Sentí una punzada en el pecho. —No, papá. No basta. Yo también merezco vivir en paz. No puedo hacerlo. No voy a donar mi riñón. Lo siento.

Salí de la habitación con el corazón roto. Mi madre me abrazó, llorando desconsolada. —No me odies, mamá. No puedo más. —Ella solo asintió, comprendiendo, aunque le doliera.

Volví a Madrid. Durante semanas, me sentí la peor persona del mundo. Los rumores en el pueblo no tardaron en llegar: que si era una egoísta, que si había condenado a mi padre. Mi tía Pilar me llamó para decirme que había hecho lo correcto, que tenía derecho a protegerme. Diego me apoyó en todo momento, pero la culpa seguía ahí, como una sombra.

Mi padre murió tres meses después. No fui al entierro. Mi madre se mudó a vivir conmigo a Madrid. Poco a poco, fuimos reconstruyendo nuestra relación, aprendiendo a vivir sin miedo. A veces, en las noches silenciosas, me pregunto si podría haber hecho algo diferente. Si el perdón es siempre posible. Si ayudar a la familia es una obligación, aunque esa familia te haya destrozado el alma.

¿Soy una mala hija por haberme negado a salvar a mi padre? ¿O, por fin, fui valiente y me salvé a mí misma? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?