El monedero de mi marido, mi cárcel invisible: Mi lucha por la libertad en un matrimonio helado
—¿Otra vez has gastado en el supermercado más de lo que te dije? —La voz de Tomás retumbó en la cocina, fría como el mármol de la encimera. Yo, con las manos aún húmedas de fregar los platos, apreté los labios para no llorar delante de Lucía, nuestra hija pequeña, que jugaba en el salón.
No era la primera vez. Ni sería la última. Desde hace años, cada euro que gasto es motivo de discusión. Tomás guarda su cartera como si fuera un tesoro nacional. Yo no tengo tarjeta propia; él me da efectivo cada semana, lo justo para la compra y poco más. Si necesito algo para mí —un libro, una crema, una simple merienda con amigas— tengo que pedirlo y justificarlo. A veces me siento como una niña pidiendo permiso para respirar.
Recuerdo cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca. Él era brillante, seguro de sí mismo, y yo soñadora, con ganas de comerme el mundo. Al principio, su protección me hacía sentir especial. «No te preocupes por nada, Carmen, yo me encargo de todo», decía. Pero poco a poco esa protección se volvió una jaula invisible.
Mi madre siempre me decía: «Carmen, busca tu independencia. No dependas nunca de nadie». Pero yo no escuché. Me enamoré y dejé mi trabajo cuando nació Lucía porque Tomás insistió en que una madre debía estar en casa. «Ya volverás a trabajar cuando crezca», prometió. Pero Lucía ya tiene nueve años y yo sigo aquí, sin ingresos propios, sin cotizar, sin nada que sea realmente mío.
Las discusiones se han vuelto rutina. El dinero es solo la excusa; detrás está el control, la desconfianza, el miedo a que yo vuele sola. «¿Para qué quieres tanto? Si no trabajas, ¿qué vas a hacer con tu propio dinero?», me repite cada vez que saco el tema.
A veces pienso en mi amiga Marta, que se separó hace dos años. Ella también vivía atrapada en un matrimonio asfixiante. Ahora la veo feliz, aunque le cueste llegar a fin de mes. «Carmen, no sabes lo que es dormir tranquila», me confesó una tarde tomando café en la Plaza Mayor.
Pero yo tengo miedo. Miedo a no poder mantener a Lucía sola. Miedo a decepcionar a mis padres, tan tradicionales. Miedo a enfrentarme a Tomás y que él me quite a mi hija. En España, aunque digan que las mujeres somos libres, todavía pesa mucho el qué dirán.
Una noche, después de otra pelea por una factura del colegio de Lucía, me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Miré mi reflejo en el espejo: ojeras profundas, piel apagada, ojos tristes. ¿Dónde estaba la Carmen alegre y valiente de antes?
Intenté hablar con Tomás muchas veces:
—Necesito trabajar, sentirme útil —le dije una mañana mientras desayunábamos.
Él ni levantó la vista del móvil:
—¿Y quién va a cuidar de Lucía? Además, con lo que gano tenemos suficiente.
Pero no es cuestión de dinero. Es cuestión de dignidad.
Empecé a buscar trabajo a escondidas. Mandé currículums desde el móvil mientras Tomás estaba en la oficina. Una tarde me llamaron para una entrevista en una librería del centro. Sentí una mezcla de ilusión y miedo. Cuando se lo conté a Tomás, su reacción fue devastadora:
—¿Vas a ponerte a trabajar ahora? ¿Y quién va a hacer la comida? ¿Y si Lucía se pone mala? No necesitamos ese dinero ridículo.
Me sentí tan pequeña… Pero algo dentro de mí se rebeló. Empecé a guardar monedas sueltas que encontraba por casa; abrí una cuenta bancaria secreta con ayuda de Marta; incluso vendí algunos libros antiguos por Wallapop para tener un pequeño colchón.
Las noches se hicieron eternas. Me costaba dormir pensando en cómo sería mi vida fuera de estas paredes. ¿Sería capaz? ¿Soportaría ver a Lucía solo los fines de semana? ¿Sobreviviría con un sueldo mínimo?
Un domingo por la tarde, mientras Tomás dormía la siesta y Lucía pintaba en su cuarto, abrí su cartera y miré los billetes perfectamente ordenados. No cogí nada; solo quería sentir que podía hacerlo si quería. Que tenía poder sobre mi propia vida.
Esa noche soñé que volaba sobre los tejados de Salamanca, libre como un pájaro.
Hoy escribo esto sentada en un banco del parque mientras Lucía juega con sus amigas. Tengo miedo, sí, pero también esperanza. Sé que pronto tendré que tomar una decisión: seguir viviendo tras el muro invisible del monedero de Tomás o saltar al vacío y buscar mi libertad.
¿De verdad merezco vivir así solo por miedo? ¿Cuántas mujeres más estarán atrapadas tras muros invisibles construidos con billetes y silencios? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?