El secreto bajo la almohada: una noche en la mansión de La Moraleja
—¡Mamá, que me duele mucho! ¡Por favor, haz que pare!— gritó Leo, su voz desgarrando la quietud de la madrugada. Me levanté de un salto, con el corazón en un puño, y corrí por el pasillo alfombrado de la casa. El reloj marcaba las tres y cuarto, esa hora en la que los fantasmas parecen más reales y los problemas más grandes.
Entré en su habitación y lo vi retorciéndose entre las sábanas de algodón egipcio, con la cara bañada en sudor y lágrimas. Mi marido, Javier, apareció detrás de mí, descalzo y con cara de susto. —¿Otra vez?— murmuró, frotándose los ojos. No era la primera vez que Leo se despertaba así, pero aquella noche su dolor parecía distinto, más profundo.
Carmen, nuestra niñera de toda la vida, llegó corriendo desde su cuarto. —¿Qué pasa, mi niño?— preguntó con esa voz dulce que siempre lograba calmar a Leo. Pero esta vez ni sus palabras ni sus caricias servían de consuelo. Leo se agarraba la cabeza con fuerza, como si algo lo estuviera apretando por dentro.
—Esto no es normal— susurré, sintiendo una punzada de miedo. Habíamos ido a médicos privados, neurólogos y hasta curanderas recomendadas por mi tía de Salamanca. Nadie encontraba nada raro. Todo el mundo decía lo mismo: «estrés infantil», «demasiadas actividades extraescolares», «quizá es hipersensible». Pero yo conocía a mi hijo y sabía que aquello era otra cosa.
Carmen se sentó a su lado y le apartó el flequillo mojado de la frente. De repente, frunció el ceño. —¿Qué tienes aquí, Leo?— preguntó, palpando con cuidado la coronilla del niño. Noté cómo se le erizaban los pelos del brazo.
—Nada… sólo me duele mucho ahí— gimió Leo.
Carmen miró a Javier y a mí con una expresión grave. —Traedme una linterna— pidió. Javier obedeció sin rechistar, como si intuyera que Carmen sabía algo que nosotros no.
Con la luz enfocando justo en la raíz del cabello, Carmen apartó mechones con dedos expertos. De pronto, soltó un «¡Madre mía!» tan español que me puso los pelos de punta. Entre el pelo de Leo asomaba algo brillante, diminuto y retorcido.
—¿Pero qué demonios…?— exclamó Javier.
Carmen sacó unas pinzas del botiquín y, con una delicadeza casi quirúrgica, extrajo un pequeño alfiler dorado en forma de herradura. Leo soltó un suspiro largo y profundo, como si le hubieran quitado un peso de encima.
—¿De dónde ha salido eso?— pregunté, temblando.
Carmen se santiguó y murmuró: —Esto es un mal de ojo en toda regla. Alguien le ha puesto esto para hacerle daño o protegerle… depende de quién lo haya hecho.
Me quedé helada. En pleno siglo XXI, en una urbanización de lujo cerca de Madrid, ¿cómo podía estar pasando algo así? Pero Carmen era de un pueblo de Extremadura y creía firmemente en esas cosas. Y yo, aunque siempre había sido escéptica, no podía negar lo que acababa de ver con mis propios ojos.
Esa noche no dormimos. Carmen preparó una infusión de hierbas y rezó una oración antigua mientras yo abrazaba a Leo. Javier daba vueltas por el salón, murmurando que todo era una locura.
A la mañana siguiente, Leo se despertó como nuevo. Sin dolor, sin miedo. Como si nada hubiera pasado. Pero yo ya no era la misma. Empecé a mirar a mi alrededor con otros ojos: ¿quién podría haber hecho algo así? ¿Una empleada resentida? ¿Algún conocido envidioso?
Durante días revisé cámaras de seguridad, hablé con vecinos y hasta consulté a una curandera gallega por videollamada. Nadie supo darme una respuesta clara. Pero lo que sí aprendí fue a escuchar más a mi hijo y a confiar en los instintos de Carmen.
En España decimos que «no hay mal que por bien no venga». Quizá este susto nos unió más como familia y me enseñó a no subestimar las tradiciones ni los miedos antiguos que aún laten bajo la superficie moderna de nuestras vidas.
A veces me pregunto: ¿cuántos secretos se esconden bajo las almohadas de nuestras casas? ¿Y si lo inexplicable forma parte de lo que somos?