Mi hermano que ya no me habla: Celos, familia y la distancia que duele
—¿Por qué a ella sí y a mí no? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, tan afilada como el portazo que dio después.
Aún recuerdo el olor a gasolina y cuero nuevo cuando papá me entregó las llaves del coche. Era un Seat Ibiza rojo, modesto pero reluciente, aparcado frente al portal de nuestro piso en Alcorcón. Mamá lloraba de emoción, papá sonreía orgulloso y yo… yo solo pensaba en cómo compartiría ese momento con Sergio. Pero él no estaba. Había salido temprano, diciendo que tenía entrenamiento de fútbol, aunque sabía que ese día era especial para mí.
Cuando volvió por la tarde y vio el coche, su cara cambió. No dijo nada. Ni una palabra durante la cena. Ni una broma, ni una mirada. Solo silencio. Un silencio que se fue haciendo más denso cada día, hasta que ya no supe cómo romperlo.
Sergio y yo siempre fuimos uña y carne. De pequeños compartíamos habitación, secretos y hasta los castigos. Cuando nuestros padres discutían —y lo hacían a menudo— nos refugiábamos juntos bajo la mesa del salón, inventando historias para no escuchar los gritos. Él era mi refugio, mi cómplice, mi mejor amigo.
Pero todo cambió con aquel coche. Al principio pensé que era una tontería, que se le pasaría. Pero no. Cada vez que me veía salir con las llaves en la mano, apretaba los puños y se encerraba en su cuarto. Empezó a llegar más tarde a casa, a contestar mal a mis padres y a evitarme como si yo fuera culpable de algo terrible.
Una noche, después de escucharle discutir con mamá por enésima vez, me armé de valor y llamé a su puerta.
—Sergio, ¿puedo pasar?
Silencio.
—Solo quiero hablar…
—¿Hablar de qué? ¿De lo bien que te va ahora con tu cochecito nuevo? —Su voz era un susurro cargado de veneno.
—No es justo…
—¿No es justo? ¡Claro que no es justo! —abrió la puerta de golpe—. Tú siempre eres la perfecta, la responsable, la que saca buenas notas… Y ahora encima te premian con un coche mientras yo tengo que ir en metro como un pringado.
Me quedé helada. Nunca le había visto así. Quise abrazarle, decirle que el coche era de los dos, que podía usarlo cuando quisiera… Pero las palabras se me atragantaron.
—No es solo el coche —susurró—. Es todo. Siempre eres tú.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Por primera vez sentí que había perdido algo irrecuperable.
Los días pasaron y la distancia creció. Mis padres intentaban hacer como si nada pasara, pero las cenas eran un campo de minas. Mamá ponía su mejor sonrisa, papá hablaba del trabajo y Sergio contestaba con monosílabos o ni siquiera eso. Yo apenas probaba bocado.
Una tarde de domingo, mientras lavaba el coche en la calle, vi a Sergio salir del portal con su mochila al hombro.
—¿Te llevo? —pregunté, intentando sonar casual.
Me miró como si fuera una desconocida.
—No necesito favores —dijo antes de alejarse sin mirar atrás.
Me senté en el bordillo y me eché a llorar. Sentí una rabia sorda contra mis padres por haberme puesto en esa situación, contra Sergio por no entenderme y contra mí misma por no saber arreglarlo.
Las semanas se convirtieron en meses. Sergio empezó a suspender asignaturas, dejó el fútbol y se encerró aún más en sí mismo. Mis padres discutían cada vez más fuerte sobre cómo ayudarle o si debían castigarle. Yo me convertí en invisible en casa; nadie quería hablar del elefante en la habitación.
Un día encontré a mamá llorando en la cocina.
—No sé qué hemos hecho mal —me dijo entre sollozos—. Antes erais inseparables…
No supe qué responderle. ¿Era culpa mía? ¿De ellos? ¿De Sergio?
El verano llegó y con él la selectividad. Yo estudiaba como una loca para entrar en la Complutense; Sergio apenas salía de su cuarto. Una noche le oí llorar tras la puerta cerrada. Quise entrar, abrazarle como cuando éramos niños, pero algo me detuvo: el miedo a ser rechazada otra vez.
En septiembre aprobé el examen y mis padres organizaron una pequeña fiesta familiar. Sergio no apareció. Cuando fui a buscarle le encontré tumbado boca arriba en su cama, mirando al techo.
—He aprobado —dije bajito.
—Enhorabuena —respondió sin mirarme.
Me senté a su lado.
—Sergio… ¿Por qué me odias?
Por primera vez en meses me miró a los ojos. Vi dolor, rabia y algo más: miedo.
—No te odio —susurró—. Solo… siento que ya no te importo.
Me rompí por dentro. Le abracé fuerte, como cuando éramos pequeños bajo la mesa del salón.
—Siempre vas a importarme —le dije entre lágrimas—. Eres mi hermano, mi mejor amigo…
Lloramos juntos mucho rato. No solucionó todo de golpe, pero fue un principio.
Con el tiempo las cosas mejoraron un poco. Sergio empezó a salir más, retomó el fútbol y aprobó algunas asignaturas pendientes. Nunca volvió a ser como antes, pero aprendimos a hablarnos sin miedo ni reproches.
A veces pienso en todo lo que perdimos por culpa de un simple coche y de las expectativas absurdas que nuestros padres pusieron sobre nosotros. En España es fácil caer en comparaciones entre hermanos: quién estudia más, quién ayuda más en casa, quién merece más premios… Pero nadie nos enseña a gestionar los celos ni la sensación de injusticia dentro de la familia.
Ahora conduzco mi Seat Ibiza por las calles de Madrid y siempre dejo el asiento del copiloto libre para Sergio, por si algún día quiere volver a ser mi compañero de viaje.
¿De verdad vale la pena perder a alguien que amas por orgullo o por cosas materiales? ¿Cuántas familias se rompen por no saber hablar de lo que duele?