A los 33 años me casé con un “don nadie” y mi familia se rió de mí, hasta que la verdad salió a la luz en pleno centro de Sevilla
—¿Pero tú te has vuelto loca, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el salón, con ese tono entre incredulidad y rabia que sólo una madre andaluza puede tener—. ¡¿Casarte con un mendigo?! ¡Con lo que te hemos dado! ¡Con lo que has estudiado!
Me quedé callada, mirando el suelo de azulejos fríos. Mi hermana Carmen bufó y rodó los ojos. Mi padre, sentado en su sillón de siempre, ni siquiera levantó la vista del periódico. Sentí cómo el aire se volvía denso, como si la vergüenza flotara en la casa de Triana.
—Mamá, no es un mendigo. Se llama Javier —dije, intentando que mi voz no temblara—. Y sí, ahora duerme en la calle, pero es buena persona. Me hace reír. Me escucha. Me trata como nadie me ha tratado nunca.
—¡Ay, hija! —exclamó mi madre, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Que tienes treinta y tres años! ¡Que ya no estás para experimentos! ¿Qué va a decir la familia? ¿Y los vecinos? ¿Te imaginas el cotilleo en la panadería?
No respondí. Sabía que para ellos era peor que si les hubiera dicho que me iba a vivir a Marte. En Sevilla, una mujer de mi edad sin pareja ya era motivo de susurros; casarme con alguien sin techo era directamente un escándalo.
La boda fue sencilla, casi clandestina. Sólo vino mi amiga Ana, que siempre ha sido más valiente que yo. Javier apareció con una camisa prestada y una sonrisa tímida. Nadie de mi familia quiso venir. «Ya vendrás llorando», me dijo Carmen por WhatsApp esa mañana.
Los primeros meses fueron duros. Vivíamos en un piso pequeño en la Macarena, con muebles de segunda mano y muchas noches de lentejas. Pero yo era feliz. Javier tenía una dulzura que no había encontrado en ningún otro hombre. Me contaba historias de cuando era niño en Cádiz, de cómo acabó en la calle tras perderlo todo. Yo le hablaba de mis sueños frustrados, de mis ganas de ser madre, del miedo a quedarme sola.
A veces, al salir juntos al mercado o a tomar café en la Alameda, notaba las miradas de reojo. «Mira la loca esa, la que se casó con el vagabundo», susurraban algunas vecinas. Mi madre dejó de llamarme durante meses.
Una tarde de primavera, mientras preparaba una tortilla para cenar, Javier me abrazó por detrás y me susurró al oído:
—Lucía, ¿confías en mí?
—Claro que sí —le respondí sin pensarlo.
—Entonces prepárate para mañana. No preguntes nada.
No dormí bien esa noche. Al amanecer, Javier se puso su única camisa buena y me pidió que me arreglara. Bajamos a la calle y allí estaba Ana, con los ojos como platos.
De repente, el silencio del barrio se rompió por el rugido de motores. Cincuenta coches de lujo —Mercedes, BMW, hasta un par de Rolls Royce— aparcaron uno tras otro bloqueando toda la calle Feria. Los vecinos salieron a los balcones; algunos grababan con el móvil.
De los coches bajaron hombres trajeados y mujeres elegantísimas. Se acercaron a Javier con respeto y lo llamaron «Don Javier». Yo no entendía nada.
Uno de ellos se dirigió a mí:
—Señora Lucía, es un honor conocerla al fin. Su marido es el verdadero heredero de una de las familias más influyentes de Andalucía. Se fue hace años por desavenencias familiares… pero nunca dejó de ser quien es.
Javier me miró con lágrimas en los ojos.
—Perdóname por ocultártelo —me dijo—. Necesitaba saber quién me quería por mí y no por mi apellido o mi dinero.
Mi madre bajó corriendo las escaleras al ver el espectáculo desde la ventana. Carmen llegó poco después, boquiabierta.
Ese día cambió todo. Mi familia intentó acercarse otra vez; los vecinos pasaron del cotilleo a la admiración. Pero yo sólo tenía ojos para Javier.
A veces pienso en todo lo que sufrí por seguir mi corazón. ¿Cuántas veces dejamos pasar la felicidad por miedo al qué dirán? ¿Y si todos tuviéramos el valor de amar sin prejuicios?