Bajo el Tejado de la Mentira: El Secreto de la Casa Grande

—¡No me mires así, Lucía!— rugió el duque, con la voz rota por el cansancio y la rabia. —Te he dicho mil veces que no debes entrar en el despacho sin permiso.

Lucía bajó la mirada, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en la palma. El olor a cera y madera vieja llenaba la estancia, y fuera, el sol andaluz caía a plomo sobre los naranjos del patio. Pero dentro de la casa grande, el aire era denso, casi irrespirable.

—Perdón, señor. Solo quería dejarle el té —susurró Lucía, con esa voz suave que había aprendido a usar para no molestar.

El duque suspiró, pasándose una mano por el cabello canoso. Desde que su esposa murió, la casa se había llenado de sombras y silencios. Su hija pequeña, Carmen, apenas hablaba y se negaba a comer si no era Lucía quien le llevaba la comida o le contaba historias antes de dormir.

Nadie sabía de dónde venía Lucía. Había llegado una tarde de tormenta, traída por un comerciante de Cádiz. El duque la compró sin hacer preguntas: necesitaba a alguien que cuidara de Carmen y no soportaba ver a su hija llorar cada noche por su madre ausente.

Pero Lucía no era como las demás criadas. Caminaba erguida, con una dignidad que desentonaba entre los azulejos gastados y las órdenes secas de la cocinera. Sabía leer y escribir, hablaba francés y tocaba el piano cuando creía que nadie la escuchaba.

Una noche, mientras la casa dormía y solo se oía el canto lejano de un gallo insomne, Carmen despertó gritando. Lucía corrió a su lado y la abrazó con fuerza.

—Tranquila, mi niña. Aquí estoy —le susurró al oído.

—¿Por qué mamá no vuelve? —preguntó Carmen, con los ojos llenos de lágrimas.

Lucía tragó saliva. —A veces las personas que amamos se van, pero nos dejan su amor para siempre. Yo también perdí a mi madre —confesó, acariciándole el cabello.

Carmen se aferró a ella como si fuera su único salvavidas. Y en ese momento, Lucía supo que no podía seguir viviendo entre mentiras.

Días después, mientras ayudaba a la doncella a limpiar el despacho del duque, encontró una carta escondida entre unos libros polvorientos. Era una carta dirigida al duque por un viejo amigo de Madrid. Hablaba de una niña robada años atrás en una revuelta en Sevilla; una niña de familia noble, educada en París y desaparecida sin dejar rastro.

Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las fechas coincidían con las suyas. ¿Y si ella era esa niña? ¿Y si su vida entera había sido una mentira tejida por otros?

Esa noche, armándose de valor, fue al despacho del duque. Él estaba sentado junto al fuego, con una copa de vino en la mano.

—Señor —dijo Lucía, temblando—. Necesito hablar con usted.

El duque levantó la vista, sorprendido por su tono decidido.

—¿Qué ocurre?

Lucía le tendió la carta. —Creo que yo soy esa niña de la que habla aquí. No soy una esclava. Me arrebataron mi nombre y mi historia.

El duque palideció. Durante unos segundos eternos solo se oyó el crepitar del fuego.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó al fin, con voz ronca.

Lucía le contó todo lo que recordaba: los juegos en un jardín lleno de magnolias, las canciones en francés que su madre le cantaba, el miedo y la confusión cuando fue separada de su familia.

El duque se levantó despacio y se acercó a ella. Por primera vez en mucho tiempo, sus ojos mostraron algo más que cansancio: había dolor y culpa.

—No sabía nada… Yo solo quería salvar a mi hija del dolor —murmuró—. Pero te robé tu libertad sin saberlo.

Lucía sintió cómo las lágrimas le quemaban las mejillas. —No quiero venganza. Solo quiero saber quién soy… y ayudar a Carmen a ser feliz.

El duque asintió y le puso una mano temblorosa en el hombro. —Te prometo que haré todo lo posible para encontrar tu familia… Y si quieres quedarte aquí, esta será tu casa como lo es para Carmen.

Los días siguientes fueron un torbellino de cartas enviadas a media España, visitas de abogados y recuerdos dolorosos que volvían como fantasmas en la noche. Pero también hubo momentos de esperanza: Carmen volvió a reír y el duque empezó a mirar a Lucía con otros ojos, no como a una criada sino como a alguien imprescindible en su vida.

Una tarde de primavera, mientras paseaban entre los naranjos en flor, Lucía sintió que algo dentro de ella sanaba poco a poco. Tal vez nunca recuperaría todo lo perdido, pero había encontrado un lugar donde podía ser ella misma.

A veces me pregunto si es posible perdonar lo imperdonable y empezar de nuevo bajo el mismo techo donde te arrebataron todo. ¿Vosotros qué haríais si descubrierais que vuestra vida entera ha sido una mentira? ¿Se puede construir un futuro sobre las ruinas del pasado?