Bajo la lluvia de Madrid: Un padre, dos niñas y una nueva familia
—¡No llores, Lucía! —susurró Carmen, apretando la mano de su hermana bajo la manta raída que les había dado aquel hombre desconocido.
Yo, Javier, escuchaba desde la cocina, removiendo el cacao caliente con una cuchara de madera. El reloj marcaba las tres de la madrugada y la tormenta seguía golpeando los cristales de mi pequeño piso en Vallecas. No podía dejar de preguntarme qué demonios hacía yo, un padre soltero y algo torpe, con dos niñas empapadas y asustadas en mi sofá.
Todo empezó unas horas antes. Volvía del turno de noche en el hospital cuando vi a las gemelas bajo la marquesina del autobús, abrazadas y tiritando. Nadie más parecía verlas. Madrid puede ser así de cruel: la gente va a lo suyo, sobre todo cuando llueve. Me acerqué despacio, sin querer asustarlas.
—¿Estáis bien? —pregunté, intentando sonar tranquilo.
Lucía me miró con ojos grandes y oscuros. Carmen escondió la cara en su hombro. No dijeron nada, pero sus cuerpos temblaban tanto que no pude simplemente seguir mi camino. Les ofrecí mi chaqueta y les prometí que solo quería ayudar.
Ahora, mientras el aroma del cacao llenaba el piso, me preguntaba si había hecho bien. ¿Y si alguien pensaba mal? ¿Y si las niñas tenían familia buscándolas? Pero cuando vi cómo se acurrucaban juntas, como dos pajarillos asustados, supe que no podía haber hecho otra cosa.
—¿Queréis un poco de cacao? —pregunté desde la puerta del salón.
Carmen asintió tímidamente. Lucía se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y murmuró un «gracias» casi inaudible. Les llevé las tazas y me senté en el suelo, a una distancia prudente.
—¿Cómo os llamáis?
—Yo soy Lucía y ella es Carmen —respondió la mayor, con voz temblorosa.
—¿Dónde vivís? ¿Vuestros padres saben dónde estáis?
Las niñas bajaron la mirada. Carmen empezó a llorar otra vez. Lucía apretó los labios y negó con la cabeza.
—No tenemos a dónde ir —susurró.
Sentí un nudo en el estómago. Recordé mi propia infancia en un barrio donde nadie tenía mucho, pero todos compartían lo poco que había. Mi madre siempre decía: «En esta vida, hijo, lo único que cuenta es no dejar a nadie tirado». Así que respiré hondo y les dije:
—Podéis quedaros aquí esta noche. Mañana veremos qué hacer, ¿vale?
La tormenta amainó al amanecer, pero el olor a ropa mojada seguía impregnando el aire. Las gemelas dormían profundamente en el sofá, envueltas en mantas y sueños inciertos. Yo me senté junto a la ventana, mirando cómo el sol tímido intentaba abrirse paso entre las nubes.
Cuando despertaron, les preparé tostadas con aceite y tomate —como hacía mi abuela— y les conté historias tontas para hacerlas reír. Poco a poco, sus caras se relajaron. Me contaron que su madre se había marchado hacía meses y que su padre… bueno, mejor no hablar de él.
Durante los días siguientes busqué ayuda: llamé a servicios sociales, hablé con vecinos y hasta fui a la parroquia del barrio. Pero nadie parecía tener una solución rápida ni sencilla. Mientras tanto, las niñas se fueron quedando. Aprendimos juntos a convivir: ellas me enseñaron juegos de manos y yo les mostré cómo hacer una tortilla de patatas sin que se pegara.
Mis amigos decían que estaba loco. «Javi, ¿te vas a meter en ese lío?», me preguntaba Paco en el bar. Pero yo solo podía pensar en esas noches de tormenta cuando era niño y alguien me tendía una mano sin pedir nada a cambio.
Con el tiempo, las gemelas empezaron a llamarme «tito Javier». El piso seguía siendo pequeño y modesto, pero ahora olía siempre a cacao, risas y esperanza. A veces pienso que ellas me salvaron tanto como yo a ellas.
¿Quién decide dónde empieza una familia? ¿No será que la familia es simplemente eso: estar cuando más te necesitan?