Cada día cocino para Tomás: ¿Cuándo será suficiente?

—¿Otra vez lentejas, Lucía? —La voz de Tomás retumba en la cocina, mientras yo, con el delantal aún puesto y las manos oliendo a ajo, intento mantener la calma. Son las ocho de la tarde y llevo desde las seis preparando la cena. Hoy he hecho lentejas porque sé que le gustan, pero también porque no me ha dado tiempo a más. El trabajo en la oficina se ha alargado y el tráfico en la M-30 ha sido infernal.

—Están recién hechas, Tomás —respondo, intentando que mi voz no tiemble. Él se sienta a la mesa, mira el plato y suspira. No dice nada más, pero su silencio pesa más que cualquier palabra. Me siento a su lado, pero apenas pruebo bocado. Mi estómago está cerrado por la ansiedad.

No sé en qué momento mi vida se convirtió en esto: una sucesión de comidas frescas, de carreras al supermercado, de recetas nuevas para que él no se aburra. Recuerdo cuando éramos novios y cocinábamos juntos, riendo, improvisando con lo que había en la nevera. Ahora, si le sugiero calentar la comida de ayer, me mira como si le estuviera proponiendo un crimen.

—¿No podrías haber hecho una tortilla? —pregunta de repente, rompiendo el silencio. Me muerdo la lengua para no contestar mal. Sé que está cansado, que su trabajo en el banco le absorbe, pero ¿y el mío? ¿Y mi cansancio?

Después de cenar, recojo los platos mientras él enciende la tele. Me quedo un momento apoyada en la encimera, mirando mi reflejo en la ventana. Tengo ojeras, el pelo recogido a toda prisa y una camiseta vieja manchada de tomate. ¿Cuándo dejé de ser Lucía para convertirme en «la que cocina»?

Mi madre siempre decía que el amor se demuestra en los pequeños detalles. Pero, ¿y si esos detalles se convierten en una obligación? ¿Y si el amor se va desgastando entre ollas y sartenes?

Al día siguiente, el despertador suena a las seis. Tomás duerme profundamente. Me levanto en silencio y bajo a la cocina. Preparo café, tuesto pan, frío un par de huevos. Cuando él baja, la mesa está lista. Apenas me da los buenos días. Se sienta, come rápido y se va. Yo recojo, me ducho y salgo corriendo al metro para llegar a la oficina. Allí, mis compañeras me preguntan cómo estoy. Siempre sonrío y digo que bien, pero por dentro siento un vacío que crece cada día.

A la hora de la comida, mi amiga Carmen me invita a comer fuera. Dudé, pero acepto. En la terraza de un bar de Lavapiés, entre risas y tapas, me siento viva por primera vez en semanas. Le cuento lo de Tomás, lo de las comidas, lo de mi agotamiento. Carmen me mira con ternura y me dice:

—Lucía, tienes que pensar en ti. No eres su cocinera. Eres su pareja.

Sus palabras me acompañan toda la tarde. Cuando llego a casa, Tomás ya está allí. Me mira, extrañado.

—¿No has hecho la cena?

—Hoy no. He comido fuera con Carmen. ¿Pedimos algo?

Su cara se transforma. Frunce el ceño, se levanta del sofá y empieza a hablar más alto de lo normal.

—¿Y ahora qué? ¿Tengo que comer comida basura porque a ti te da pereza cocinar?

Siento una punzada en el pecho. No es la primera vez que discutimos por esto, pero hoy estoy demasiado cansada para ceder. Me siento en la mesa y le miro a los ojos.

—No es pereza, Tomás. Es agotamiento. Trabajo igual que tú, y además me encargo de la casa y de la comida. ¿No puedes entenderlo?

Él se queda callado. Por un momento, creo que va a disculparse, pero en vez de eso, coge las llaves y sale dando un portazo. Me quedo sola, con el eco de la puerta resonando en el pasillo.

Esa noche no ceno. Me tumbo en la cama y lloro en silencio. Pienso en mi madre, en cómo siempre ponía la mesa para todos, en cómo nunca se quejaba. ¿Era feliz? ¿O también lloraba a escondidas?

Los días siguientes, Tomás y yo apenas hablamos. Él come fuera, yo preparo algo rápido para mí. La tensión se puede cortar con un cuchillo. Un sábado por la mañana, mientras recojo la ropa del tendedero, mi hermana Marta me llama.

—Lucía, ¿qué te pasa? Te noto rara.

Le cuento todo, sin filtros. Ella suspira.

—Tienes que poner límites. Si no lo haces tú, nadie lo hará por ti.

Esa tarde, cuando Tomás vuelve a casa, le espero en la cocina. He preparado una ensalada sencilla. Se sienta, mira el plato y resopla.

—¿Otra vez comida fría?

Esta vez no me callo.

—Tomás, esto es lo que hay. Si quieres otra cosa, puedes cocinar tú. Yo no puedo más.

Él me mira, sorprendido. Por primera vez en mucho tiempo, veo en sus ojos algo parecido al miedo. Miedo a perder la comodidad, miedo a que yo cambie.

—No sabía que te sentías así —dice, bajando la voz.

—Pues ahora lo sabes. No quiero seguir viviendo así. Quiero ser tu compañera, no tu empleada.

El silencio se instala entre nosotros. No sé qué pasará mañana, ni si esto servirá para algo. Pero por primera vez en años, siento que he recuperado un poco de mí misma.

¿De verdad tenemos que sacrificar nuestra felicidad por cumplir expectativas ajenas? ¿Hasta cuándo vamos a seguir callando lo que nos duele?