Cada día, una olla nueva: ¿Hasta cuándo seré invisible?

—¿Otra vez lentejas, Carmen? Ya sabes que no me gusta repetir plato dos días seguidos.

La voz de Antonio retumbó en la cocina como un trueno. Yo, con el delantal aún puesto y las manos húmedas por fregar los platos, sentí cómo se me encogía el estómago. Miré la olla humeante sobre la vitrocerámica y pensé en las horas que había pasado pelando, cortando, removiendo. Todo para que él, mi marido desde hace veintisiete años, torciera el gesto como si le estuviera sirviendo veneno.

—No son las mismas de ayer, Antonio. Hoy les he puesto chorizo y zanahoria, como te gusta —intenté defenderme, aunque mi voz sonó más cansada que firme.

Él bufó y se fue al salón sin decir nada más. Yo me quedé allí, sola, con el eco de su desdén flotando entre las paredes de azulejos blancos. Me apoyé en la encimera y sentí cómo las lágrimas amenazaban con salir. Pero no podía permitírmelo: aún quedaba poner la mesa, recoger la ropa tendida y repasar los deberes de Lucía, nuestra hija pequeña.

Mi vida se resume en eso: una lista interminable de tareas que nadie ve, que nadie agradece. Desde que me casé con Antonio, he vivido atrapada en una rutina que parece no tener fin. Él siempre ha sido exigente con la comida. Nada de sobras, nada recalentado. Cada día un plato diferente, como si yo fuera la cocinera de un restaurante con estrella Michelin. Al principio me hacía gracia; pensaba que era una manía pasajera. Pero los años han pasado y la manía se ha convertido en ley.

Recuerdo cuando éramos novios y salíamos a tapear por el centro de Salamanca. Entonces todo era fácil: risas, cañas, pinchos de tortilla. Pero ahora… ahora siento que me he convertido en un fantasma dentro de mi propia casa. Nadie pregunta cómo estoy. Nadie se interesa por lo que quiero o necesito. Solo esperan que todo esté hecho, que la comida esté lista y caliente a la hora exacta.

A veces pienso en mi madre, en cómo se desvivía por nosotros cuando éramos pequeños. Siempre decía: “Una madre nunca descansa”. Yo no entendía lo que quería decir hasta ahora. Porque yo tampoco descanso. Ni física ni mentalmente. Y lo peor es esa sensación de invisibilidad, de ser solo un engranaje más en la maquinaria familiar.

El otro día, mientras hacía la compra en el Mercadona del barrio, me encontré con Pilar, una vecina del portal de al lado. Ella siempre va arreglada, con el pelo teñido de rubio y las uñas pintadas de rojo. Me preguntó cómo estaba y no supe qué responderle. ¿Cómo iba a decirle que me sentía agotada? ¿Que cada día era igual al anterior? Solo sonreí y le dije que todo bien.

—Tienes mala cara, Carmen —me dijo ella—. ¿No será que te exiges demasiado?

Me reí por compromiso y cambié de tema. Pero sus palabras se me quedaron clavadas como una espina.

Esa noche, mientras preparaba una tortilla de patatas para la cena (porque Antonio había dicho que quería algo “ligero”), Lucía entró en la cocina con su cuaderno bajo el brazo.

—Mamá, ¿me ayudas con mates?

La miré y sentí una punzada de ternura y tristeza a la vez. Mi hija es lo único que me da fuerzas para seguir adelante. Pero incluso con ella siento a veces que no soy suficiente.

—Claro, cariño —le respondí, intentando sonreír—. Dame cinco minutos y voy contigo.

Mientras batía los huevos, pensé en todas las cosas que había dejado atrás: mis estudios de filología, mis amigas de la universidad, mis sueños de viajar por Europa… Todo quedó aparcado cuando nació Lucía y Antonio empezó a trabajar más horas en la gestoría familiar. Al principio pensé que sería temporal, pero los años pasaron y yo fui desapareciendo poco a poco.

A veces me pregunto si Antonio se da cuenta del esfuerzo que hago cada día. Si alguna vez piensa en lo cansada que estoy o en lo mucho que echo de menos tener tiempo para mí misma. Pero nunca hablamos de eso. En nuestra casa los sentimientos son como las sobras: se esconden en el fondo del frigorífico hasta que se pudren.

El domingo pasado fue el cumpleaños de mi suegra y tuvimos comida familiar en su casa del pueblo. Allí estaban todos: mis cuñados, mis sobrinos, incluso la tía Maruja con su bastón y su lengua afilada.

—¡Ay, Carmen! —exclamó Maruja mientras yo servía el arroz—. Qué suerte tiene Antonio contigo. Siempre tan bien atendido.

Todos asintieron y sonrieron como si yo fuera parte del mobiliario. Nadie preguntó si yo estaba cansada o si necesitaba ayuda para servir los platos o recoger la mesa después.

Por la tarde, mientras fregaba los vasos en la cocina de mi suegra (porque siempre me toca a mí), escuché a Antonio hablando con su hermano en el salón:

—Carmen es muy apañada —decía él—. Nunca se queja.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Eso es lo único que soy? ¿Una mujer apañada que nunca se queja?

Esa noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama mientras Antonio roncaba a mi lado sin preocuparse por nada. Pensé en levantarme e irme a dar un paseo por el barrio, pero me dio miedo encontrarme con algún borracho o algún grupo de chavales haciendo botellón en el parque.

A la mañana siguiente decidí hacer algo diferente: preparé una ensalada fría con restos del pollo asado del día anterior y unas patatas cocidas que tenía guardadas. Cuando Antonio llegó a comer y vio el plato sobre la mesa, frunció el ceño.

—¿Esto qué es? —preguntó con desdén.

—Es ensalada campera —le respondí—. Con lo que sobró ayer.

Antonio dejó los cubiertos sobre la mesa y me miró como si le hubiera insultado.

—Ya sabes que no me gusta comer sobras —dijo seco—. ¿Tan difícil es hacer algo nuevo?

Sentí cómo se me encendían las mejillas de rabia contenida.

—¿Y tan difícil es para ti valorar lo que hago cada día? —le solté sin pensarlo.

Se hizo un silencio incómodo. Lucía nos miraba desde el otro extremo de la mesa con los ojos muy abiertos.

Antonio se levantó sin decir nada más y se fue al despacho a trabajar. Yo recogí los platos casi temblando, pero por primera vez sentí una chispa de dignidad encendiéndose dentro de mí.

Esa tarde llamé a Pilar y le pregunté si quería tomar un café conmigo en la plaza Mayor. Hablamos durante horas sobre nuestras vidas, nuestros miedos y nuestras frustraciones. Me sentí escuchada por primera vez en mucho tiempo.

Al volver a casa, decidí sentarme con Lucía a ver una película en vez de ponerme a planchar camisas o preparar la cena del día siguiente. Cuando Antonio entró en el salón y vio que no había nada hecho, puso mala cara pero no dijo nada.

Esa noche dormí mejor que nunca.

Sé que esto no va a cambiar de un día para otro. Sé que aún me queda mucho camino por recorrer para recuperar mi voz y mi espacio dentro de esta familia. Pero al menos he dado el primer paso.

¿Hasta cuándo vamos a permitir ser invisibles dentro de nuestras propias casas? ¿Cuándo llegará el momento de pensar también en nosotras mismas?