Cuando la factura de la boda llegó: El precio del amor y la familia
—¿Pero cómo que no podéis ayudar? —grité, sin poder contener el temblor en mi voz, mientras sostenía el móvil con fuerza. Al otro lado, la voz de Carmen, la madre de Lucía, sonaba cansada y llena de culpa.
—Lo siento mucho, Sergio… De verdad que lo intentamos, pero las cosas no han ido bien este año. Tu suegro perdió el trabajo y…
No escuché el resto. Mi cabeza zumbaba. ¿Cómo podía ser? Llevábamos meses planificando la boda de nuestros sueños en Toledo, con la promesa de que los padres de Lucía cubrirían la mitad de los gastos. Habían invitado a toda la familia: tíos de Salamanca, primos de Sevilla, hasta los abuelos de Galicia. Y ahora… nada.
Colgué y me quedé mirando el salón vacío de nuestro piso en Carabanchel. Lucía entró en ese momento, con una sonrisa que se desvaneció al ver mi cara.
—¿Qué ha pasado?
—Tus padres… No pueden ayudarnos. Nada. Ni un euro.
Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Se sentó a mi lado y apoyó la cabeza en mis hombros.
—¿Y ahora qué hacemos, Sergio? Ya hemos dado la señal al restaurante, y los músicos… Y mi madre ha invitado a media España.
El silencio se hizo pesado entre nosotros. Yo pensaba en los ahorros que apenas nos alcanzaban para el alquiler y en las horas extra que llevaba haciendo en la tienda de informática. Lucía había dejado su trabajo temporal hacía dos meses y aún no encontraba nada estable.
Esa noche apenas dormimos. Al día siguiente, Lucía llamó a su madre. Yo escuchaba desde la cocina.
—Mamá, ¿cómo habéis podido hacernos esto? —sollozaba Lucía—. ¡Nos prometisteis que ayudaríais! ¿Y ahora qué les digo a todos los invitados?
—Cariño, lo siento… Tu padre está destrozado. No quiere ni salir de casa desde que le despidieron. Pensábamos que podríamos pedir un préstamo, pero el banco nos lo ha negado…
Lucía colgó y se encerró en el baño. La oí llorar durante horas. Yo sentía rabia, impotencia y miedo. ¿Y si esto nos rompía? ¿Y si no éramos capaces de superar este golpe?
Los días siguientes fueron un torbellino de llamadas incómodas y cuentas imposibles. Hablamos con el restaurante para intentar reducir el menú; nos dijeron que ya era tarde para cancelar sin perder la señal. Los músicos exigían el pago completo o no tocarían. Los invitados seguían confirmando asistencia: 120 personas, la mayoría por parte de Lucía.
Una tarde, mientras revisábamos facturas en la mesa del salón, exploté:
—¡Esto es una locura! ¿Por qué tenemos que cargar nosotros con todo? ¡Si ni siquiera conozco a la mitad de tus primos!
Lucía me miró con rabia y dolor.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que les diga que no vengan? ¡Mi familia lleva meses hablando de esta boda!
—¡Pues sí! ¡Que no vengan! ¡No podemos pagarlo!
Se hizo un silencio helado. Lucía se levantó y salió dando un portazo.
Esa noche dormí solo. Me sentí egoísta, pero también agotado. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué nadie hablaba claro en esta familia?
Al día siguiente, recibí un mensaje de mi madre: “Hijo, si necesitas ayuda, aquí estamos”. Me emocioné al leerlo, pero sabía que mis padres tampoco nadaban en la abundancia. Aun así, fuimos a comer a su casa ese domingo.
—Mira, Sergio —me dijo mi padre mientras servía cocido—, una boda es solo un día. Lo importante es lo que viene después. Si no podéis hacerla como queréis, hacedla a vuestra manera.
Lucía bajó la mirada. Yo apreté su mano bajo la mesa.
Esa noche hablamos largo y tendido. Por primera vez desde que todo estalló, nos sinceramos sin gritos ni reproches.
—¿Y si hacemos algo pequeño? —propuse—. Solo los más cercanos. Podemos casarnos en el ayuntamiento y luego irnos a cenar con los nuestros.
Lucía dudó.
—¿Y mi familia? ¿Y todo lo que han esperado?
—¿Y nosotros? ¿No cuenta lo que queremos?
Lloró otra vez, pero esta vez fue distinto. Era como si por fin soltara un peso enorme.
Al día siguiente llamamos a Carmen y a su padre, Antonio. Les explicamos nuestra decisión: boda sencilla, solo padres y hermanos. Carmen lloró al teléfono; Antonio apenas habló.
Algunos familiares se enfadaron al enterarse; otros nos apoyaron. Hubo comentarios maliciosos en el grupo de WhatsApp familiar: “Con lo que hemos viajado para nada”, “Vaya decepción”. Pero también recibimos mensajes bonitos: “Lo importante es vuestro amor”, “Ánimo, chicos”.
El día de la boda fue sencillo pero precioso. Nos casamos en el ayuntamiento de Toledo; luego cenamos en una taberna pequeña con nuestros padres y hermanos. No hubo orquesta ni fuegos artificiales, pero sí abrazos sinceros y lágrimas de emoción.
Esa noche, tumbados en la cama del hostal barato donde pasamos nuestra primera noche como marido y mujer, Lucía me susurró:
—Gracias por no rendirte conmigo.
Yo le besé la frente y pensé en todo lo que habíamos pasado para llegar hasta ahí.
Ahora, meses después, sigo preguntándome: ¿Por qué pesa tanto el qué dirán en nuestras familias? ¿Cuántas parejas se rompen por culpa de expectativas ajenas? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que vuestro amor tenía precio?