Cuando mi madre eligió su libertad: Crónica de una hija olvidada

—¿Otra vez vas a salir, mamá? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras ella rebuscaba en el bolso las llaves del coche.

—Lucía, cariño, ya te lo he dicho. Tengo cena con Javier y sus amigos. No llegues tarde a casa, ¿vale? —me respondió sin mirarme, como si yo fuera una adolescente y no una mujer de treinta y dos años, madre de dos criaturas que apenas dormían por las noches.

Recuerdo ese instante como si fuera ayer. Mi madre, Carmen, siempre fue el pilar de la familia. Cuando papá se fue con otra mujer hace años, ella sostuvo la casa con sus manos y su carácter indomable. Pero ahora, tras jubilarse y conocer a Javier —un hombre divorciado de su círculo de senderismo—, parecía haber olvidado todo lo que fuimos juntas. Yo acababa de dar a luz a mi segunda hija, Sofía, y mi hijo mayor, Mateo, apenas tenía tres años. Necesitaba ayuda, necesitaba a mi madre. Pero ella estaba demasiado ocupada viviendo la vida que nunca tuvo.

Las tardes se hacían eternas en nuestro piso de Vallecas. El llanto de Sofía se mezclaba con los gritos de Mateo y el eco de mis propios pensamientos: «¿Por qué me siento tan sola? ¿Por qué mi madre ya no está aquí?». Mis amigas intentaban animarme:

—Lucía, tu madre tiene derecho a ser feliz —me decía Laura por WhatsApp—. No puedes cargarle con tus problemas siempre.

Pero yo no quería cargarle nada. Solo quería que me abrazara, que me dijera que todo iba a salir bien. Que me ayudara a bañar a los niños o que me trajera un tupper de lentejas como hacía antes.

Una tarde de domingo, después de una noche sin dormir, llamé a mi madre llorando:

—Mamá, por favor… No puedo más. ¿Puedes venir? Mateo tiene fiebre y Sofía no para de llorar.

Su respuesta fue un suspiro largo:

—Lucía, hoy no puedo. Tengo una excursión con Javier. ¿Por qué no llamas a tu suegra?

Colgué sin decir nada más. Sentí una rabia tan profunda que lancé el móvil contra el sofá. Mi marido, Sergio, intentó consolarme:

—Cariño, tu madre está en otra etapa. No puedes depender siempre de ella.

Pero ¿cómo no depender? Si toda mi vida había girado en torno a ella, si siempre fuimos un equipo… Ahora era como si me hubiera cambiado por una vida nueva, más ligera y sin responsabilidades.

Empecé a evitar sus llamadas y mensajes. Cuando venía a vernos —cada vez menos— yo fingía estar ocupada o cansada. La distancia creció entre nosotras como una grieta imposible de cerrar.

Un día, mientras recogía los juguetes del salón, encontré una foto antigua: mi madre y yo en la playa de Benidorm, riendo bajo el sol. Me derrumbé en el suelo y lloré como una niña pequeña. ¿En qué momento dejamos de ser madre e hija para convertirnos en dos desconocidas?

La situación explotó en Nochebuena. Mi madre llegó tarde a la cena familiar, radiante y feliz del brazo de Javier. Yo apenas podía mirarla.

—¿Qué te pasa, Lucía? —me preguntó en la cocina mientras servía el turrón.

—Nada —respondí seca—. Solo que echo de menos a mi madre.

Ella me miró sorprendida:

—Aquí estoy.

—No —le dije con la voz rota—. Tú ya no estás aquí. Estás en otro sitio, con otra gente… Y yo estoy sola.

Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—Lucía… No sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí. Toda mi vida he vivido para los demás: para tu padre, para ti… Ahora solo quiero un poco de felicidad para mí.

—¿Y yo? ¿Y tus nietos? ¿No merecemos también un poco de ti?

Nos abrazamos entre sollozos en medio del bullicio familiar. No resolvimos nada esa noche, pero al menos nos dijimos lo que llevábamos años callando.

Desde entonces intento entenderla. He aprendido a pedir ayuda a otras personas: a mi suegra, a mis amigas del parque, incluso a los vecinos del bloque. Mi madre sigue con su vida nueva y yo sigo con la mía, pero poco a poco hemos encontrado un punto medio: ella viene algunos domingos a jugar con los niños y yo intento no reprocharle lo que no puede darme.

A veces me pregunto si algún día podré perdonarla del todo o si siempre llevaré dentro esa herida invisible. Pero también sé que las madres son mujeres antes que madres, aunque nos duela aceptarlo.

¿Alguna vez habéis sentido que vuestra madre os ha abandonado emocionalmente? ¿Cómo se aprende a dejar ir sin dejar de querer?