Cuarenta años después: El reencuentro que cambió mi vida

—¿Marina? ¿Eres tú?

El sonido de mi nombre, pronunciado con esa voz grave y familiar, me atravesó como un relámpago. Me giré despacio, como si temiera que el movimiento rompiera el hechizo de la mañana. Allí estaba Luis, con el pelo más blanco y la mirada igual de intensa que hace cuarenta años. El parque del Retiro parecía contener la respiración junto a mí.

—Luis… —Mi voz tembló, y sentí cómo las mejillas se me encendían, igual que cuando tenía diecisiete años y él me esperaba a la salida del instituto.

Él sonrió, y en ese gesto reconocí al chico que me enseñó a bailar pasodobles en las fiestas del barrio de Chamberí. Pero ahora éramos dos desconocidos con demasiada historia a la espalda.

—No puedo creerlo —dijo él, sentándose a mi lado sin pedir permiso—. ¿Sigues alimentando pájaros?

Me encogí de hombros, intentando disimular la emoción.

—Alguien tiene que hacerlo. Además, los gorriones no juzgan.

Luis soltó una carcajada suave. El silencio entre nosotros era denso, lleno de palabras no dichas. Miré mis manos, manchadas de azúcar del bollo, y recordé las cartas que nunca le envié cuando se fue a estudiar a Salamanca. Cartas que aún guardo en una caja azul, junto a la foto en blanco y negro de nuestro primer verano juntos en Benidorm.

—¿Qué ha sido de ti? —preguntó él, bajando la voz—. Siempre pensé que volvería a encontrarte aquí.

No supe qué responder. ¿Cómo resumir cuarenta años en una frase? ¿Cómo explicar el matrimonio con Andrés, los hijos que ya no viven en casa, las tardes vacías llenas de telenovelas y recuerdos?

—La vida —dije al fin—. Ya sabes…

Luis asintió. Vi en sus ojos una sombra de tristeza.

—Yo también he tenido una vida —confesó—. Pero nunca dejé de pensar en ti. Ni siquiera cuando me casé con Teresa.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo?

—¿Por qué te fuiste sin despedirte? —le solté, sin poder evitarlo.

Luis bajó la mirada. El viento movió las hojas secas a nuestro alrededor.

—Era un cobarde —admitió—. Tenía miedo de quedarme aquí y no llegar a nada. Pensé que si me iba, podría volver siendo alguien… para ti.

Me reí amargamente.

—No necesitaba que fueras nadie. Solo quería que estuvieras.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Los gorriones picoteaban los restos del bollo sin preocuparse por nuestros dramas humanos.

—¿Eres feliz, Marina? —preguntó él de repente.

La pregunta me golpeó como una bofetada. ¿Feliz? ¿Qué significa eso a los sesenta años, cuando los hijos se han ido y el marido apenas te mira durante la cena?

—No lo sé —susurré—. A veces creo que sí. Otras veces siento que solo estoy esperando… algo.

Luis asintió lentamente.

—Yo también espero algo —dijo—. Quizá por eso estoy aquí cada mañana desde hace meses, esperando encontrarte.

Me quedé mirándole, buscando en su rostro al chico del pasado y al hombre del presente. Recordé las discusiones con Andrés por tonterías, las noches en vela esperando a que mis hijos volvieran sanos y salvos, la soledad de los domingos por la tarde.

—¿Y ahora qué? —pregunté, casi en un susurro.

Luis sonrió con tristeza.

—Ahora podemos hablar. O callar juntos. O simplemente caminar por el parque como dos viejos amigos que se han reencontrado demasiado tarde.

Sentí ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Me levanté despacio y le ofrecí la mano.

—Vamos a caminar —le dije—. No sé si soy feliz, pero hoy quiero intentarlo.

Caminamos entre los árboles dorados por el otoño madrileño, hablando de todo y de nada: de nuestros hijos, de los padres que ya no están, de los sueños que nunca cumplimos. Luis me contó que su matrimonio fue una sucesión de silencios y rutinas; yo le confesé que a veces siento que mi casa es un museo de recuerdos ajenos.

Nos detuvimos frente al estanque, donde unos niños jugaban con barquitos de papel. Luis me miró con ternura.

—¿Crees que aún tenemos derecho a soñar?

No supe qué responderle. Solo apreté su mano con fuerza.

Cuando el sol empezó a caer, supe que tenía que volver a casa. Andrés estaría viendo el telediario, como cada tarde. Me despedí de Luis con un abrazo largo, lleno de todo lo que no nos dijimos durante cuarenta años.

De camino a casa, sentí una mezcla extraña de culpa y esperanza. ¿Era posible empezar de nuevo cuando ya has vivido tanto? ¿O solo nos queda aprender a convivir con lo que pudo haber sido?

A veces me pregunto si todos llevamos dentro una caja azul llena de cartas sin enviar y sueños por cumplir. ¿Y vosotros? ¿Os habéis reencontrado alguna vez con vuestro primer amor? ¿Qué haríais si tuvierais una segunda oportunidad?